Los españoles se ha convertido en los últimos años en una de las sociedades más longevas del mundo, pero también en una de las que registran tasas de natalidad más bajas. La conjunción de estos dos fenómenos demográficos está elevando la edad media y provocando un envejecimiento de la pirámide poblacional, especialmente acusado en las zonas rurales del noroeste del país.
Y es que la geografía de la población se ha convertido en un asunto prioritario en España, donde la pérdida acelerada de habitantes en las áreas rurales ha dado forma a un arquetipo de paisaje conocido como ‘la España vaciada’. Un bodegón donde los problemas son demográficos pero también políticos: las bajísimas tasas de natalidad se retroalimentan con la falta de oportunidades laborales, la migración forzada de la población joven o la supresión de servicios públicos esenciales como la educación o la sanidad.
Las consecuencias de esta crisis poblacional, como el abandono del campo, la pérdida de patrimonio o el aislamiento de la población de más edad, también llevan tiempo formando parte de la agenda política del país, donde existe algunas de las zonas más densamente pobladas de Europa —las grandes ciudades de la costa— y al mismo tiempo regiones donde la densidad es menor que la de Laponia finlandesa.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística, desde 1975 la edad media de la población de España ha aumentado más de diez años, pasando de los 33 que se registraban hace casi medio siglo a los 44,18 con los que se cerró 2023. Una tendencia habitual en el mundo occidental, donde las altas tasas de natalidad del periodo de posguerra —el conocido como babyboom— han ido descendiendo hasta situarse en la barrera del reemplazo generacional.
En España, esta dinámica ha sido especialmente drástica en la mayoría de las provincias del noroeste del país, donde la edad media se sitúa muy por encima del promedio del país. En Ourense, Lugo y Zamora la edad media supera los 50 años, mientras que en otras como Palencia, Asturias, León o Salamanca se mueve entre los 48 y 49 años.
Galicia, Castilla y León o la propia Asturias son ejemplos paradigmáticos de lo que sucede en la España vaciada: muchas de sus provincias, y en especial sus zonas rurales, sufren la hiperconcentración económica que se registra en Madrid, Barcelona y las ciudades de la costa. La falta de dinamismo empuja a muchos jóvenes a migrar a núcleos urbanos, disparando la edad media y reduciendo las tasas de natalidad en las zonas rurales.
Por su parte, las provincias del sur y del centro del país son, junto con las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, las que tienen la población más joven del país. También son algunas de las que acumulan mayores índices de población migrante, más joven y en edad de trabajar. Junto a esto, la macrocefalia provocada por la capitalidad madrileña está generando una dinámica similar a la de París, con provincias adyacentes como Guadalajara o Toledo (42,8) ganando mucha población joven vinculada al mercado laboral y la economía de la capital.
Aunque durante los últimos años se ha registrado un fuerte aumento de la esperanza de vida debido a la mejoría de los servicios de salud y protección social, vivir más años no siempre significa vivirlos en buenas condiciones. En España, las personas que se jubilan disponen de unos 16 años de vida sana antes de que su salud comience a deteriorarse. Sin embargo, pocos problemas asociados a los cambios en la pirámide poblacional son tan acuciantes como la soledad, una de las grandes epidemias silenciosas de la actualidad. En España, se estima que la soledad no deseada afecta a cerca de 3 millones de personas mayores.







