Venezuela es el país con las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, pero en 2021 apenas exportó el 1,1% de todo el crudo comercializado a escala global según datos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Tres años antes, en 2018, esa cuota era casi tres veces mayor, y en 2014 llegó a quintuplicarla. La falta de inversiones, la crisis institucional de 2019 y sobre todo el embargo que impuso ese mismo año Donald Trump a Petróleos de Venezuela (PdVSA, la empresa estatal del país) con la esperanza de derrocar a Nicolás Maduro han sido los detonantes de la gran implosión que ha vivido la industria petrolera venezolana en apenas tres años.
Pese a esto, la guerra de Ucrania se ha convertido en un salvavidas para el régimen chavista —en la última década el PIB del país se ha desplomado un 70%— y está a punto de abrir de nuevo las puertas de los mercados internacionales al crudo venezolano. La razón es que Estados Unidos y Europa están tratando de diversificar su suministro de petróleo para sustituir el flujo de Rusia y ahí el país latinoamericano, hogar del 20% de las reservas mundiales de este combustible, puede jugar un papel fundamental.
De hecho, el Gobierno de Joe Biden autorizó a mediados de noviembre de 2022 a la petrolera estadounidense Chevron a retomar parcialmente la extracción de crudo en Venezuela, una decisión que en la práctica supone una flexibilización del embargo petrolero establecido en 2019. Por aquel entonces Estados Unidos importaba el 40% de todo el petróleo venezolano, más denso de lo normal y por lo tanto con mayores necesidades de refinamiento. Y como el país carecía de la infraestructura necesaria para procesarlo a gran escala, dependía de las instalaciones estadounidenses del golfo de México para poder exportarlo.
El embargo dificultó enormemente la exportación de petróleo desde Venezuela, que tuvo que echar mano de intermediarios mexicanos, redes opacas y paraísos fiscales para hacer llegar su crudo a una cart...