Aunque Europa suela pasar de largo en el mapa de los volcanes del mundo, lo cierto es que sí que se trata de un continente volcánico; y si bien en el corazón del continente no hay ejemplos de vulcanismo reciente, existen numerosos volcanes activos tanto en su periferia como en los archipiélagos que rodean la región.
En total, se calcula que en Europa existen unos 175 volcanes activos o durmientes, de los más de 2.500 que salpican el mapa del mundo. Es decir, 175 volcanes –incluyendo los de Asia Menor y Macaronesia– que han entrado en erupción en los últimos 10.000 años, desde final de la última glaciación y el inicio de la era geológica del Holoceno. Estos volcanes pueden llevar días o milenios sin entrar en erupción, pero no se les puede dar por extinguidos, ya que 10.000 años en escala geológica es poco tiempo. Pese a esto, es muy complicado que alguno de estos volcanes durmientes entre en erupción de forma repentina.
La mayor concentración de volcanes de Europa se encuentra en Islandia, donde la placa euroasiática se separa de la norteamericana y el magma fluye con facilidad hacia la superficie. La isla concentra unos 55 volcanes activos, casi un tercio de los de toda Europa. Entre ellos, algunos tan míticos como el Snæfellsjökull, por el que Julio Verne localizó la entrada al centro de la Tierra; o el Eyjafjallajökull, que en 2010 paralizó el tráfico aéreo de gran parte el continente europeo por su nube de cenizas y que también dio a conocer Islandia y empujo al país como potencia turística, facilitando su recuperación económica tras la quiebra del sistema bancario islandés.
La segunda región europea con mayor concentración de volcanes es Italia. Con unos 35 volcanes activos y durmientes, algunos de ellos submarinos, el país cuenta con un 20% de los volcanes existentes en Europa. Aquí, el choque de la placa africana con la euroasiática está atrapando la pequeña placa adriática, obligándola a subducir bajo Europa.
En Italia se encuentra, por ejemplo, el volcán más activo del continente, el Etna, visible desde la populosa Catania. Otros muy conocidos son el volcán de Vulcano, en las islas Eolias, que da nombre al resto de volcanes; el Estrómboli, también en las Eolias, que da nombre a las erupciones estrombolianas; y el Vesubio, que sepultó Pompeya y Herculano y que sigue amenazando Nápoles. La ciudad, la tercera más grande de Italia, se asienta en el cráter de un supervolcán que también engloba la caldera volcánica de los Campos Flégreos y el volcán de Isquia.
Desde Italia los volcanes se extienden por las placas del Egeo y de Anatolia, que, como la adriática, han quedado atrapadas en el choque entre Eurasia y África. En esta zona, el mejor ejemplo de la importancia de los volcanes para la historia europea es Grecia. En el Egeo se localiza el volcán de Santorini, que hacia el 1.600 a.C. entró en erupción destruyendo la isla de Thera y la civilización minóica. Esta erupción marcará los mitos primigenios del continente, y está relacionada con la migración de los pueblos del mar, el mito de la Atlántida, las diez plagas de Egipto y el surgimiento de la civilización griega.
También es un volcán el monte Elbrús, en el Gran Cáucaso, que con sus 5.642 metros de altura es el mayor pico de Europa. En esta región también se encuentra el mítico monte Kazbek, otro volcán, así como el monte Ararat, eje simbólico de la cultura armenia (aunque hoy en día se encuentra en Turquía), y lugar mitológico donde en Arca de Noe encalló tras el diluvio universal.
Por su parte, los archipiélagos macaronésicos de Azores, Madeira y Canarias, geográficamente africanos, aunque políticamente europeos, son archipiélagos íntegramente volcánicos y todos ellos están activos. Azores se encuentra en el lugar donde la placa norteamericana se separa del choque entre la euroasiática y la africana, mientras que Madeira y Canarias son el resultado de fracturas fisurales en el manto provocadas por este choque. En su conjunto, los volcanes de Macaronesia representan hasta el 12% de los volcanes europeos.







