La banca española se va de viaje: la mitad de sus beneficios ya son extranjeros

El 51% de las ganancias procede de países como México, Brasil o Portugal

Por Álvaro Merino

2 octubre, 2025

La banca española es cada vez más internacional. Aunque sus sedes y marcas siguen ancladas en Madrid o Bilbao, la mitad de sus beneficios se generan ya fuera de España, en países como México, Brasil, Portugal o Estados Unidos, según el análisis de las cuentas de 2024 de los diez principales grupos del país. En un año de beneficios récord, las ganancias en el extranjero alcanzaron concretamente el 51% del total después de impuestos, una inversión geográfica que obedece a la desconocida revolución que la banca española ha llevado a cabo tras la crisis financiera de 2008.

Hasta el estallido de la burbuja inmobiliaria, bancos como BBVA, Santander o La Caixa miraban hacia dentro: el grueso de su negocio consistía en prestar dinero a las familias y empresas españolas, especialmente a través de hipotecas y créditos ligados al ladrillo. Más aún en el caso de las 45 cajas de ahorro que llegaron a operar en España, con un fuerte arraigo territorial.

Casi dos décadas después y un intenso proceso de concentración empresarial que ha reducido el número de operadores a prácticamente diez, los beneficios en España de la banca española que cotiza en bolsa —CaixaBank, BBVA, Santander, Sabadell, Bankinter y Unicaja hasta 2021— han caído un 30% con respecto a 2007. Lo mismo ha pasado con el número de trabajadores y oficinas: se han destruido 125.000 empleos —un 45%— y se han cerrado 28.000 sucursales —62%—, según datos del Banco de España.

Pero ¿cómo se conjuga ese repliegue con los beneficios históricos actuales? La respuesta está en el extranjero. Casi al mismo tiempo que fueron reduciendo su presencia en España, los bancos españoles extendieron sus redes por Europa y América. La consecuencia es que, a día de hoy, BBVA hace por ejemplo más dinero en México que en España.

La expansión de la banca española por el mundo comenzó en realidad en los noventa. La liberalización del sector financiero y la entrada en la Unión Europea abrieron las puertas de los mercados internacionales a los bancos españoles, que comenzaron a adquirir entidades en Europa y América Latina para dar servicio a empresas nacionales que operaban en el extranjero. Es el caso de BBVA con el Banco Francés (Argentina) en 1996 o Bancomer (México) en el 2000, o el de Santander con el Banco Português do Atlântico en 1995.

Con el cambio de siglo, esta estrategia inicialmente defensiva dio paso a una política más agresiva de expansión internacional. El objetivo ya no era acompañar a clientes españoles en el extranjero, sino consolidar posiciones en países emergentes en América Latina con una competencia limitada y un jugoso público objetivo aún sin cuenta bancaria. El gran golpe encima de la mesa llegó con la compra por parte del Banco Santander en 2004 de Abbey National, una de las principales firmas del Reino Unido. En lugar de construir una infraestructura prácticamente desde cero, el Santander apostó por uno de los mercados más desarrollados del mundo y de un día para otro se coló en la élite financiera británica.

Del euríbor al G20

Pero fue tras el shock de la crisis financiera cuando la banca española dejó realmente de ver su negocio en el exterior como un complemento. La banca regó de crédito hipotecario a particulares y promotores, a menudo sin exigir demasiadas garantías a cambio, contribuyendo por el camino a inflar los precios de la vivienda y atando su destino al del sector inmobiliario. Y como la fiesta acabó en drama, los peces gordos del mercado bancario español se lanzaron a compensar el derrumbe financiero nacional con compras en el extranjero.

De esta forma, la congelación súbita de la demanda y la acumulación de activos tóxicos en España dieron el pistoletazo de salida a una nueva carrera internacional en la que la prioridad ahora era diversificar la cartera de clientes. Así fue como BBVA desembarcó en Turquía o Estados Unidos, Santander en Polonia o Escandinavia o Sabadell en Reino Unido. Mientras, Bruselas y el Gobierno español les ayudaban en casa saneando las cuentas de los bancos y cajas de ahorro más pequeños, alentando las fusiones y liberando capital para la campaña internacional de sus caballos ganadores.

Las fusiones de los tres grandes bancos españoles tras la crisis financiera

La internacionalización le ha permitido a la banca española amortiguar el frenazo del crédito privado en España tras la implosión inmobiliaria y reducir riesgos al duplicar el grado de diversificación de su negocio desde 2015. Esa apuesta se ha convertido de hecho en su principal motor de crecimiento, y sin ella los tres últimos años consecutivos de beneficios récord habrían sido imposibles.

Su consolidación como gigantes internacionales no solo ha inflado sus carteras, sino que también ha convertido a los bancos españoles en actores geopolíticos de primer orden. También en interlocutores ineludibles en la gestión económica de los Gobiernos de España, México —donde el Bancomer, del BBVA, gestiona cerca del 25% del mercado bancario— o Brasil —donde el Santander es el tercer banco privado del país—.

La expansión de la banca española tras el shock inmobiliario

Santander y BBVA forman parte de hecho del selecto grupo de los cincuenta bancos más grandes del mundo y como tal participan en los foros del G20, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Central Europeo, ya sea a través de sus propios líderes o de lobbies que cuentan con su representación. Eso significa que influyen directamente en el diseño de las reglas del juego financiero global. En la última cumbre de Davos, sin ir más lejos, Donald Trump elogió por su "fantástico trabajo" a Ana Botín, presidenta del Banco Santander.

Adiós, Chile; hola, Sabadell

Pero esa estrategia de expansión desbocada ya es historia. En lugar de internarse en nuevos mercados, la banca española está ahora en una fase de repliegue. El objetivo no es volver a casa, sino abandonar países poco rentables o con una presencia limitada de firmas españolas para centrarse en aquellos destinos en los que ya se parte de una posición de dominio o al menos influyente.

En esa dinámica se enmarca la venta de BBVA de su filial estadounidense en 2020, la mayor operación realizada por el banco —ingresó 9.700 millones de euros, casi la mitad de su valor en bolsa del momento—. A cambio, la empresa vasca se abrió a oportunidades de crecimiento en los países en los que ya es líder, como México, Turquía, Perú, Colombia o la propia España, como demostró la OPA sobre el Sabadell en 2024.

La desinversión de BBVA también afectó a su negocio en Chile, de la misma forma que el Santander decidió desprenderse de activos en Polonia o Puerto Rico. A pesar de ello, la presencia internacional de la banca española no ha disminuido. Al contrario: en 2024 marcó un nuevo récord al superar por primera vez el 57% de sus activos, según datos del Banco de Pagos de Basilea.

El negocio de la banca española en el extranjero

Ya sea en Ciudad de México, Bogotá, Nueva York, Londres o Lisboa, la banca española está más internacionalizada que nunca. Y si Santander y BBVA forman parte de la élite financiera global, no es por su negocio en España, sino por la ambiciosa estrategia de expansión que desplegaron tras la crisis financiera y que les ha convertido en auténticos gigantes transnacionales. O como se les denomina en la jerga bancaria, en entidades "too big to fail", aquellas de importancia sistémica cuya quiebra pondría en peligro al conglomerado financiero global.

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