MacArthur Park, en el corazón de Los Ángeles, es conocido por concentrar personas sin hogar, vendedores ambulantes y consumo y tráfico de drogas. Pero durante el Mundial de fútbol se ha transformado: la alcaldesa Karen Bass mandó instalar una pantalla gigante para retransmitir los partidos, junto con food trucks y actividades para toda la familia. Este cambio ha despertado esperanzas de revitalizar el barrio, así como preguntas incómodas entre los vecinos sobre la seguridad, el estado de las calles y el alcance real de las mejoras una vez acabe el Mundial en la segunda ciudad más grande y poblada de Estados Unidos.
Los Ángeles condensa muchos problemas de las metrópolis estadounidenses: coste de vida elevado, crisis de la vivienda y del fentanilo, sinhogarismo, dependencia del coche y un mal transporte público. A ello se suman el miedo y el malestar por las políticas migratorias de Donald Trump, la presencia del ICE en las calles y los choques diplomáticos. Sin ir más lejos, la selección de Irán jugó dos partidos en Los Ángeles, ante la mayor comunidad de la diáspora, pero trasladó su base de entrenamiento de Arizona a México.
La presión en Estados Unidos por un Mundial exitoso es mayor en Los Ángeles. La ciudad lleva años buscando reinventarse ante la crisis de Hollywood como meca del cine: ha encadenado la pandemia, la doble huelga de guionistas y actores, y la amenaza de la inteligencia artificial a la producción y la distribución. Por esa razón, y aprovechando sus logros deportivos, Los Ángeles ha pasado a proclamarse “la capital mundial del deporte”. El Mundial servirá de ensayo para los Juegos Olímpicos de 2028, que le convertirán en la tercera ciudad en celebrarlos tres veces, junto con Londres y París. El objetivo es repetir el éxito de 1984, que generó un superávit récord de 223 millones de dólares. Pero aunque la infraestructura y la experiencia le dan una buena ventaja, la oportunidad difícilmente se traducirá en mejoras profundas.
Una ciudad y un país ca...
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