La mayor campaña de vacunación de la historia en muchos países de la Unión Europea comenzó en plenas vacaciones de Navidad y con una población hastiada tras casi un año de pandemia de coronavirus. Las imágenes de pinchazos en residencias de ancianos y hospitales se repetían, reflejo de un “conmovedor momento de unidad”, según aseguró la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen. Sin embargo, la alegría del primer momento dio paso al escepticismo, la incredulidad y hasta el enfado en muchas capitales. Cuando las dosis dejaron de llegar a los puntos de vacunación, Bruselas se convirtió en apenas unos días en el blanco de todas las críticas.
Los retrasos en el suministro de los viales de las farmacéuticas Pfizer-BioNTech y Moderna, y el anuncio de AstraZeneca de que solo disponía de una cuarta parte de las dosis comprometidas, frenaron casi en seco la vacunación en los países miembros. Como la Comisión Europea se ha encargado de negociar en nombre de los Veintisiete la compra anticipada de las vacunas, que después la Agencia Europea del Medicamento (EMA) tenía que aprobar, enseguida se culpó a Bruselas de los problemas.
El primer objetivo de la estrategia de vacunación de la UE era evitar una guerra entre Gobiernos por conseguir dosis y asegurar el acceso por igual. De esta forma, los países más pequeños y con menor poder de negociación no tendrían dificultades para obtener vacunas ni pagarían un precio más elevado. “Si no fuera por los contratos que ha firmado la Comisión, algunos países todavía no habrían recibido ni una sola dosis”, llegó a decir el portavoz oficial del Ejecutivo comunitario, Eric Mamer.
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