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La Superliga ha fracasado, pero la pelea por el negocio del fútbol solo acaba de empezar

La Superliga ha fracasado, pero la pelea por el negocio del fútbol solo acaba de empezar
Fuente: Pixabay

El anuncio de una Superliga con los clubes más poderosos de Europa ha escenificado la gran brecha en el fútbol internacional. Los equipos buscan alternativas para aumentar sus ingresos, mientras instituciones deportivas, Gobiernos y aficionados se oponen a nuevas fórmulas de competición. Aunque el proyecto ha fracasado por ahora, el conflicto por dominar el deporte más seguido del mundo va a continuar.

La jornada de fútbol se desarrollaba con normalidad la tarde del domingo 18 de abril cuando la noticia comenzó a circular por las redacciones de toda Europa. Un día después se anunciaba oficialmente la creación de la Superliga, una competición entre los veinte mejores clubes de Europa. Entre ellos, los doce equipos fundadores: seis ingleses —Manchester City, Manchester United, Liverpool, Tottenham, Arsenal y Chelsea—, tres españoles —Real Madrid, Barcelona y Atlético de Madrid— y tres italianos —A. C. Milan, Juventus, Inter de Milán—, a los que se unirían otros de Alemania y Francia.

El anuncio sacudió el mundo del deporte y saltó al debate político. Las principales instituciones del fútbol internacional pronto rechazaron el proyecto. La FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) y la UEFA (Unión de Federaciones Europeas de Fútbol), junto a las federaciones y ligas de Europa, condenaron el anuncio de la nueva Superliga y advirtieron a sus participantes de que podrían ser sancionados. A ello se sumó la presión política y el rechazo de los aficionados, cubierta ampliamente por los principales medios de comunicación internacionales. Bajo esas complicadas circunstancias, la Superliga se convirtió en una idea irrealizable, pero el conflicto por el dominio del fútbol no se ha cerrado, pues hay muchos intereses contrapuestos en torno a cómo rentabilizar este espectáculo deportivo. 

La Superliga, un partido perdido en 48 horas

Los impulsores de Superliga cometieron varios errores en el anuncio que condenaron el proyecto nada más nacer. Se la presentó como una solución a los graves problemas económicos de los equipos, pero el fútbol no son solo números, sino también un fenómeno social capaz de concitar infinidad de sentimientos. Se infravaloró la oposición de los aficionados, más aún en un momento de crisis y pandemia, cuando el deporte es una alternativa a la dura realidad. Además, el torneo se planteó al margen de las instituciones internacionales de fútbol, organizaciones con más recursos e influencia política que algunos Estados. La Superliga tampoco tuvo en cuenta a los futbolistas, que en su mayoría se posicionaron en contra, ya que consideran que el proyecto no respeta el espíritu de competición. Y, por si fuera poco, el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, se erigió en el portavoz y cara visible del proyecto, como si fuera una idea individual y no colectiva, lo que aumentó el rechazo general.

El proyecto de una Superliga lleva años planteándose en los círculos de poder del fútbol europeo como una nueva vía para aumentar la rentabilidad del producto. De hecho, la competición estaba respaldada por el banco de inversiones estadounidense JP Morgan, que la financia con más de 3.250 millones de euros. Sin embargo, los impulsores no esperaban una oposición tan dura. La FIFA y la UEFA amenazaron a los jugadores con ser excluidos de sus selecciones si participaban en la nueva competición. La polémica también se trasladó al ámbito político, con los Gobiernos de Reino Unido, Francia o España criticando la propuesta y la Comisión Europea afirmando que va en contra de los valores europeos. 

Ante esta presión, la noche del 20 de abril los seis equipos ingleses anunciaron que se retiraban de la competición. El cambio de postura se precipitó por las presiones del primer ministro británico, Boris Johnson y, sobre todo, por el rechazo de los aficionados. Los seguidores del Chelsea se concentraron frente a su estadio exigiendo a la directiva que abandonará el plan. El propietario del Liverpool publicó un video pidiendo disculpas a los aficionados. Al día siguiente, los tres clubes italianos y el Atlético de Madrid también renunciaron, derrumbándose la polémica competición en solo dos días. Con todo, estos clubes solo se han retirado del proyecto por ahora y no han roto su contrato vinculante, lo que les habría costado pagar una indemnización, por lo que podrían recuperar la propuesta de la Superliga en el futuro. Mientras, la lucha por el control del fútbol sigue abierta. 

La lucha por el negocio

Ligas y torneos paralizados durante varios meses. Partidos que se disputan sin público en las gradas. La pandemia ha puesto de relieve las debilidades del gigante mercado del fútbol, que hace tiempo dejó de ser un mero deporte. Los derechos de televisión de las competiciones europeas generan aproximadamente 7.900 millones de euros. El fútbol representa en España cerca del 1,37% del PIB y 185.000 empleos, en Italia mueve 3.700 millones de euros y en el Reino Unido supone otros 8.700 millones y más de 100.000 empleos.

No obstante, el balompié ya sufría síntomas de agotamiento antes del coronavirus. Por un lado, una profunda crisis de legitimidad de sus instituciones, marcadas por la falta de transparencia y casos de corrupción, que implican a los últimos presidentes de la FIFA y la UEFA. Por otro, las audiencias han dejado de crecer en muchos países. Sobre todo, se percibe una importante brecha generacional con el público más joven, ya que solo el 41% sigue los deportes por televisión o medios tradicionales. Finalmente, numerosos clubes están en una situación económica delicada, que hace más complicado mantener los salarios de los futbolistas y asumir fichajes millonarios.

La falta de consenso sobre el modelo de negocio del futuro y quién lo dominará ha agravado la división en la élite del fútbol europeo en este contexto de crisis. El mismo día en que se presentó la Superliga, la UEFA anunció un cambio drástico en su máxima competición de clubes, la Champions League, de cara a 2024. El nuevo formato, financiado por el fondo de capital riesgo Centricus con 6.000 millones de euros, pasa de 32 a 36 equipos, con más partidos y con parte del torneo disputándose como una liga regular antes de la fase final. Son dos propuestas opuestas y representan el enfrentamiento entre las principales instituciones del fútbol y los equipos más poderosos del Viejo Continente.

FIFA, UEFA y demás instituciones defienden un modelo de competición abierto, donde estos organismos sigan teniendo el control de los recursos y determinen la distribución de los beneficios. Además, proponen aumentar el calendario futbolístico con nuevos torneos y competiciones más largas que garanticen la participación de un mayor número de equipos. De esta forma, se podría ganar el interés de nuevos seguidores y aumentar los ingresos, aunque hubiera que repartirlos entre más participantes.

Los grandes clubes europeos consideran que ese modelo es insostenible. Su apuesta son las competiciones cerradas, semejantes al modelo estadounidense de ligas de baloncesto, béisbol o fútbol americano, con un número concreto de equipos. Creen que enfrentar a los equipos más poderosos atraerá audiencia, hará los torneos más competitivos e imprevisibles y, además, les permitirá acceder directamente a los ingresos que ellos generan. En definitiva, la discusión no es sobre los valores del deporte, sino sobre cómo preservar el negocio que genera este espectáculo de masas.

La americanización del fútbol

El fracaso de la Superliga no significa que haya acabado la inestabilidad en el fútbol internacional. Llega un período de cambios profundos al fútbol de élite, cuyas dificultades no son ajenas a otros deportes. El Comité Olímpico Internacional, por ejemplo, está intentando cambiar el formato de los Juegos Olímpicos, incorporando nuevas disciplinas como el breakdance, surf o el skate que traigan una imagen más moderna y transversal. La NBA, la liga estadounidense de baloncesto, también lleva varios años buscando convertirse en un producto global. Una de las grandes preocupaciones de todos los deportes clásicos es llegar a los más jóvenes, los futuros consumidores del entretenimiento, quienes parecen decantarse cada vez más por otro tipo de opciones como los deportes electrónicos, o e-sports, un sector que mueve ya más de 1.000 millones de euros

Además, las luchas de poder han tapado otro tipo de reivindicaciones. Entrenadores y jugadores protestan por el excesivo número de partidos, lo que repercute en el estado físico de los deportistas. Los aficionados de las principales ligas europeas se quejan por los horarios de los partidos, diseñados para atraer audiencias en Asia, así como por los precios de las entradas y de las plataformas que retransmiten los encuentros. Por no hablar de las camisetas oficiales, que pueden llegar a costar entre noventa y cien dólares. 

El negocio del fútbol ya no intenta adaptarse a la naturaleza del deporte, sino que es el mercado el que está moldeando el deporte. Existen dos tendencias contrapuestas. Por un lado, el modelo alemán pone a los aficionados en el centro: cuida la competición con estrictos límites presupuestarios a los clubes y obligando a que el control de las entidades quede en manos de sus socios. Por otro, el patrón estadounidense permite que multinacionales o fondos de inversión se hagan con los equipos, convirtiéndolos en una entidad mercantil, como ocurre con las grandes franquicias del deporte de Estados Unidos. Este modelo se ha impuesto en el Reino Unido, Francia o Italia. En algunos casos los clubes son incluso propiedad de empresas estatales, como el Manchester City, que pertenece al grupo inversor de Emiratos Árabes Unidos, o el Paris Saint-Germain, propiedad de Qatar Investment Authority, una empresa de la familia real catarí.

No está claro si estos dos modelos podrán convivir o si acabará imponiéndose la americanización. En cualquier caso, el fútbol es toda una institución social pero también una enorme industria económica de alcance mundial. Ya no es un espectáculo acotado a los países con mayor tradición, sino un fenómeno global del que participan intereses diversos, y esta tendencia está pasando factura a la popularidad del deporte.