Para China, la distribución de vacunas contra la covid-19 no es solo un gran instrumento para restaurar su dañada imagen internacional, sino también un pretexto idóneo para afianzar su influencia en los países más necesitados. Sin embargo, Pekín se enfrenta a competidores que comenzaron con mejor pie la carrera por inmunizar al mundo: las vacunas occidentales y la rusa Sputnik V llegaron al mercado internacional antes que las chinas y son más eficaces.
Pese a ello, el Gigante Asiático confía en su gran capacidad productiva, comercial y logística para equilibrar la balanza. Con los países más ricos acaparando la gran mayoría de vacunas occidentales, China se está apresurando en ocupar el vacío de dosis en los países con menos recursos, una estrategia con la que se proyecta como el proveedor de vacunas al mundo en desarrollo.
Las ventajas de China: producción y distribución
China quiso liderar la carrera por las vacunas desde el inicio de la pandemia. En verano de 2020, a pesar de no haber completado los ensayos, Pekín ya permitió el uso de sus tres vacunas más avanzadas en miembros de su Ejército, en población de riesgo y en personal sanitario. En agosto registró la vacuna Convidecia o Ad5-nCoV, de la biofarmacéutica CanSino, que se convirtió en la segunda del mundo en ser patentada tras la rusa Sputnik V. Y desde un mes antes, la tercera fase de ensayos de esta vacuna y las de las empresas Sinopharm y Sinovac se extendió a más de una decena de países distintos.
Uno de ellos, Emiratos Árabes Unidos, fue el primero que aprobó el uso general del vial de Sinopharm a mediados de diciembre de 2020 adelantándose a la propia China, que lo hizo el día 30 de ese mes y sin haber finalizado la última fase de ensayos. La empresa china prevé fabricar mil millones de dosis de esta vacuna en 2021. La autorización por parte de China de la segunda vacuna, la CoronaVac de Sinovac, llegó el 6 de febrero de 2021 y Convidecia, la primera vacuna patentada, fue aprobada por el Gobierno el día 26 del mismo mes.
A pesar del ímpetu inicial, las vacunas chinas se atrasaron en la última fase de desarrollo y su autorización comercial ha llegado más tarde que sus principales competidoras a nivel internacional. Además, no están a la vanguardia tecnológica. Las vacunas inactivadas chinas son menos eficaces que las occidentales más punteras, basadas en la tecnología ARN mensajero. El 79,34% de eficacia de la de Sinopharm, el 50,38% de la CoronaVac y el 65,7% de la Convidecia quedan lejos del más del 90% de las occidentales de Pfizer-BioNTech y Moderna y de la Sputnik V.
China no puede ofrecer las mejores vacunas al mundo, pero cuenta con otras bazas. Una de ellas es su gran capacidad productiva y logística, reforzada con la ayuda del sector privado. La empresa Caininiao, brazo logístico del gigante Alibaba, ha construido almacenes para la vacuna tanto en China como en Etiopía y Emiratos Árabes, desde donde podrán ser distribuidas al resto del mundo. Además, Pekín cuenta con la enorme red de servicios e infraestructuras tejida en las últimas décadas para facilitar el comercio internacional, en especial en los países integrados en su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda. Un ejemplo claro es Etiopía, uno de los principales receptores de inversiones chinas en África, que se perfila como el gran centro logístico chino para el continente. Otro gran valor añadido de las vacunas chinas es que no requieren una refrigeración especial, como las occidentales más usadas hasta el momento, lo que facilita su distribución, abarata su coste y las hace idóneas para los países que no tienen recursos para almacenarlas a temperaturas tan bajas.
Por tanto, la menor eficacia de las vacunas se ve compensada con ventajas muy apreciadas en países de ingresos medios y bajos, lo que encaja con el discurso de Pekín. Ya en mayo de 2020, el presidente Xi Jinping prometió que las vacunas chinas serían un “bien público global”, y después que los países africanos estarían entre los primeros beneficiarios. En octubre China se incorporó a Covax, una iniciativa impulsada por la Organización Mundial de la Salud a la que se han sumado las principales potencias —excepto Rusia— para promover el acceso equitativo a las vacunas en el mundo. Con este gesto China pretendía además diferenciarse de Estados Unidos, que no se unió a Covax hasta la llegada al poder de Joe Biden.
La crítica a los países occidentales ha sido frecuente entre diplomáticos y medios de comunicación chinos, que han reprochado el acopio de vacunas de los países más ricos, en contraste con la generosidad de Pekín. Incluso han promovido el escepticismo hacia las vacunas occidentales. Según los medios oficiales, la elección occidental de la tecnología del ARN mensajero responde a la búsqueda de beneficio económico y excelencia científica, más que a criterios sanitarios, al ser un método más arriesgado y agresivo para la población anciana. La técnica de las vacunas chinas, según los medios del país, es más segura por haberse probado en virus similares sobre los que ya tienen experiencia en países de Latinoamérica y África.
China gana terreno en Asia, África y América Latina
Estos mismos medios y diplomáticos aseguran que China no busca beneficios económicos o geopolíticos con sus vacunas, pero lo cierto es que los acuerdos de distribución firmados hasta el momento coinciden con los intereses estratégicos de Pekín. Hasta principios de marzo más de 35 países habían recibido o estaban a la espera de recibir vacunas chinas. Además, el Gobierno asegura haber ofrecido vacunas a un total de 53 países en desarrollo.
China también se perfila como el principal suministrador de viales en su región. Varios países del sudeste asiático, como Tailandia o Indonesia, ya están administrando las primeras de las millones de dosis que han solicitado a Pekín. No obstante, la distribución de las vacunas en la zona está avivando la rivalidad entre China e India, productor de la vacuna de Oxford AstraZeneca y de otras vacunas propias como la Covaxin, cuyo uso de emergencia ya ha aprobado. Este país es el mayor fabricante de vacunas del mundo y ha enviado millones de dosis a países asiáticos, aspirando a ser un suministrador clave en el continente y en el resto del mundo.
En África, China ya ha cerrado acuerdos para la distribución de la vacuna de Sinopharm con Marruecos, Egipto, Senegal y Zimbabue, pero se espera que sean muchos más países los que acaben recibiendo la vacuna. Pekín está ofreciéndosela a potencias regionales como Argelia, Nigeria o Kenia, donde otros proveedores ya se han adelantado. Además, ha prometido la donación de vacunas a varios países más pobres, como la República del Congo o Guinea Ecuatorial, gestos aparentemente altruistas con los que Pekín refuerza su poder en el continente.
Aunque la vacuna de la estadounidense Pfizer sigue siendo la predominante en Latinoamérica, la distribución de vacunas chinas avanza a un gran ritmo también en esta región. Ante el retraso en la entrega del proveedor estadounidense, México fue el primer país extranjero en aprobar el uso de emergencia de la vacuna de CanSino, que solo requiere una dosis en lugar de dos, y también aprobó la Coronavac. El Gobierno mexicano ya ha empezado a recibir ambas y espera la entrega de 45 millones de dosis entre las dos vacunas. Por su parte, Brasil participó en los ensayos de la CoronaVac y está produciendo para su población millones de dosis de esta vacuna. Además, espera que China les entregue 120 millones más, unos acuerdos que han acallado las críticas del presidente Bolsonaro, que había rechazado la vacuna china.
Aparte de Brasil, China ya ha entregado dos de los sesenta millones de dosis de CoronaVac pedidas por Chile —el que más ha vacunado en la región hasta el momento— y las primeras de las dos millones y medio prometidas a Colombia. Uruguay también empezó a inmunizar a su población con esta vacuna, la primera en llegar al país. En cuanto a Sinopharm, Perú, participante en sus ensayos, comenzó a vacunar a su población en febrero con las primeras 300.000 dosis. Argentina y Bolivia también han empezado a recibir el millón y el medio millón acordadas respectivamente.
En el vecindario de la Unión Europea, las vacunas rusas y chinas adquieren cada vez más protagonismo en países que prefieren no esperar el lento reparto de las occidentales. Un ejemplo es Turquía, que comenzó en enero a vacunar a su población con CoronaVac, de la que ya ha recibido más de diez de los cincuenta millones de dosis acordados. El Gobierno turco participó en los ensayos clínicos e incluso anunció que la vacuna china tenía un 91,25% de eficacia, una cifra rebajada luego al 50,4% tras los ensayos realizados en Brasil. Hasta el presidente Erdoğan posó ante las cámaras recibiendo la vacuna. Estas muestras de apoyo de Turquía coinciden con la cada vez mayor influencia china en este país y con el silencio de Ankara ante la represión del Gobierno chino sobre los uigures, minoría túrquica de la región china de Xinjiang.
Un caso similar es Serbia, cuya temprana adquisición de la Sputnik V y de la vacuna de Sinopharm ha contribuido a que sea el país europeo que a más porcentaje de población ha vacunado hasta el momento tras el Reino Unido. Todo lo contrario que Ucrania, que apenas ha empezado a vacunar. Enemistado con Rusia, el Gobierno de Kiev vetó la Sputnik V, pero ni las dosis que se esperan de la Unión Europea ni las de Covax terminan de llegar. Un escenario propicio para que China se comprometiese al suministro casi dos millones de dosis de Sinovac en las próximas semanas. Donde ya han llegado las primeras vacunas chinas es a Hungría, primer país de la Unión Europea que las recibe. Chequia será pronto el segundo. Ambos han optado por la Sinopharm, mientras que Polonia no acaba de decidirse por la vacuna china por la falta de datos.
Exportar antes que inmunizar a su propia población
Se le reprocha a China la falta de transparencia sobre la elaboración, la seguridad y la eficacia de las vacunas, que obtuvieron resultados muy dispares en los distintos países donde se probaron. Estas críticas contribuyen a la desconfianza de buena parte de la población mundial en las vacunas chinas, algo que podría entorpecer su adopción. Sin embargo, la buena marcha que está adquiriendo la distribución china en las últimas semanas mitiga la lentitud inicial y fortalece la imagen de Pekín, que está repartiendo millones de vacunas por el mundo cuando apenas ha vacunado al 3% de su propia población, unos cuarenta millones de personas.
Esta estrategia permite al Gobierno chino diferenciarse de Occidente, pero está condicionada a que China pueda cumplir sus ambiciosos acuerdos internacionales y a la su situación epidemiológica interna. Si la situación empeorase en el país, el Gobierno chino podría verse obligado a prestar más atención a las necesidades de su población en detrimento de sus compromisos internacionales, un escenario que tratará de evitar para presentarse como el país que puso remedio a la pandemia, en lugar del que la inició.