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La aventura latina del Dáesh

La aventura latina del Dáesh
Bandera del supuesto Estado Islámico. Fuente: Wikimedia

Dáesh está buscando nuevas regiones donde recuperar su actividad. América Latina lleva años siendo un punto estratégico para las actividades ilícitas de diversos grupos terroristas islámicos, y el autodenominado Estado Islámico ha puesto sus ojos en el subcontinente, pero ¿cuál será su estrategia para la región?

Hace unas semanas se publicaba una noticia que afirmaba que el autodenominado Estado Islámico había puesto los ojos en América Latina. Según diferentes medios, el director adjunto del Departamento de Nuevos Desafíos y Amenazas del Ministerio de Exteriores de Rusia, Dmitri Feoktístov, había afirmado en la 18.ª sesión del Comité Interamericano contra el Terrorismo que el grupo yihadista planeaba establecer campos de entrenamiento en la región.

No pasó mucho tiempo hasta que los más alarmistas se hicieron eco y empezaron a desarrollar sus teorías sobre la posibilidad de que el Dáesh estableciera campos de entrenamiento en el continente americano. Semanas después, el Ministerio Público Federal brasileño hacía públicos los datos de la operación Atila, llevada a cabo durante 2016-2017 para desactivar una célula presuntamente vinculada al Dáesh que pretendía atentar en el país. Viendo la marabunta de argumentos y elucubraciones, se hace más necesario que nunca arrojar algo de luz sobre el papel que el terrorismo islámico juega en América Latina.

América Latina no es un nuevo objetivo para grupos islamistas. De hecho, lleva más de 40 años siendo el centro operativo de uno de los grupos islamistas chiíes más relevantes del mundo: durante décadas, Hezbolá ha tejido una red a lo largo y ancho del continente. Sirviéndose de la inestabilidad regional y la complicidad de los Gobiernos, ha conseguido afianzar su posición y llegar a penetrar en los estratos más relevantes de países como Venezuela, Argentina o Paraguay…

Otro caso paradigmático de islamismo radical latinoamericano que sin duda llama la atención es el de Trinidad y Tobago. El pequeño archipiélago es el único territorio en el hemisferio occidental en el que ha triunfado un golpe de Estado islámico. En 1990 el grupo de radicales suníes Jamaat al Muslimeen —‘asamblea de musulmanes’— atacó el Parlamento trinitense y tomó al primer ministro como rehén. Durante seis días, estuvo al frente del país —o, al menos, tenía bajo su poder a los políticos encargados de dirigirlo—; tras los enfrentamientos, se terminó con la insurrección y se encarceló a los miembros del grupo. Sin embargo, años después serían liberados tras una amnistía general.

Trinidad y Tobago se ha convertido en los últimos años, sin quererlo, en el mayor exportador de yihadistas de América Latina a Siria e Irak. El caso trinitense es importante para entender por qué el Dáesh nunca va a poder penetrar en Latinoamérica como lo ha hecho en otras regiones del mundo y por qué, no obstante, sí puede convertirse en una amenaza para algunos Estados de la región. En América Latina no encontramos una comunidad islámica como la de lugares como Filipinas o Kenia; Trinidad y Tobago es la excepción que confirma la regla. La comunidad islámica trinitense sí se asemeja a la de países en los que el Dáesh ha conseguido asentarse: una minoría que vive marginada y que tiene un pasado de resistencia que la ideología del Dáesh ha sabido utilizar para movilizar a decenas de hombres y mujeres. Sin embargo, en el resto de los Estados latinoamericanos cuesta encontrar una comunidad islámica susceptible de ser utilizada por el grupo yihadista, aunque puede servirse de otros elementos para ganar seguidores en la región.

Una de las cosas que podemos aprender sobre el ejemplo trinitense es la facilidad que tiene la ideología de estos grupos islamistas para expandirse. Jamaat al Muslimeen surgió en los años 80 como un pseudo grupo criminal que se presentaba como un vigilante frente a la criminalidad y la corrupción imperantes. Maquillado con los valores de la comunidad islámica y potenciado por la pobreza y marginación que sufrían los musulmanes del país, fue ganando adeptos. La facilidad para conseguir formación y financiación extranjera —en especial de Libia— hizo que el grupo ganara músculo con facilidad y terminara apostando por la insurgencia armada. Ya no queda nada de Jamaat; el grupo se ha dividido en otros con ideologías más radicales. Estos han bebido del discurso del Dáesh y muchos se han unido al supuesto califato. Como pasó en Trinidad, la pobreza y la criminalidad son tierras fértiles en las que este tipo de grupos saben que pueden plantar su semilla. Pese a que el grupo original está casi desaparecido, la ideología ha perdurado lo suficiente como para que el extremismo vuelva a resucitar.

Si bien es cierto que, al contrario de lo que algunos han augurado, no nos vamos a encontrar con el surgimiento de grupos afiliados al Dáesh como los que estamos acostumbrados a ver en regiones como el Sahel o el sudeste asiático, sí que pueden penetrar en algunos lugares. Las ideas de estos grupos tienen facilidad para adaptarse al contexto del oyente. Así, no sería difícil encontrarnos con individuos o pequeños grupos que utilicen las ideas del Dáesh para justificar su actividad. En Brasil encontramos dos ejemplos recientes que visibilizan la actividad del terrorismo islámico en la región. En 2016, semanas antes de los Juegos Olímpicos, eran detenidas diez personas tras haber jurado lealtad al Dáesh, consideradas por el juez como “una célula absolutamente amateur. El reciente anuncio del arresto de otras once personas presuntamente vinculadas al Dáesh ha vuelto a poner a Brasil en el mapa de la actividad del grupo terrorista en la región.

Es fácil que América Latina sirva como puente entre las regiones más fértiles para la ideología del Dáesh en cuanto a religión se refiere. Un respiro entre África y Oriente Próximo-Asia que sea utilizado para establecer redes de contrabando y campos de entrenamiento. Una actividad más criminal que yihadista que facilite un ingreso económico y una formación al grupo en su proceso de descentralización. Las conexiones con grupos criminales de la región ponen de manifiesto que la aventura latinoamericana del Dáesh tiene más relación con los ingresos económicos y la formación de sus hombres que con la difusión de la yihad.

Sea como fuere, no debemos olvidar la Historia de Trinidad y Tobago y el papel que la coyuntura económica y social y la falta de previsión jugaron —y siguen jugando— en la radicalización de la comunidad islámica. Se hace necesario para los países de la región reforzar las políticas antiterroristas y tomar conciencia de que estos grupos se sirven de la pobreza, la corrupción y la criminalidad para crecer, elementos que, desafortunadamente, siguen muy presente en América Latina.