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Hace unas semanas se publicaba una noticia que afirmaba que el autodenominado Estado Islámico había puesto los ojos en América Latina. Según diferentes medios, el director adjunto del Departamento de Nuevos Desafíos y Amenazas del Ministerio de Exteriores de Rusia, Dmitri Feoktístov, había afirmado en la 18.ª sesión del Comité Interamericano contra el Terrorismo que el grupo yihadista planeaba establecer campos de entrenamiento en la región.
No pasó mucho tiempo hasta que los más alarmistas se hicieron eco y empezaron a desarrollar sus teorías sobre la posibilidad de que el Dáesh estableciera campos de entrenamiento en el continente americano. Semanas después, el Ministerio Público Federal brasileño hacía públicos los datos de la operación Atila, llevada a cabo durante 2016-2017 para desactivar una célula presuntamente vinculada al Dáesh que pretendía atentar en el país. Viendo la marabunta de argumentos y elucubraciones, se hace más necesario que nunca arrojar algo de luz sobre el papel que el terrorismo islámico juega en América Latina.
América Latina no es un nuevo objetivo para grupos islamistas. De hecho, lleva más de 40 años siendo el centro operativo de uno de los grupos islamistas chiíes más relevantes del mundo: durante décadas, Hezbolá ha tejido una red a lo largo y ancho del continente. Sirviéndose de la inestabilidad regional y la complicidad de los Gobiernos, ha conseguido afianzar su posición y llegar a penetrar en los estratos más relevantes de países como Venezuela, Argentina o Paraguay…
Otro caso paradigmático de islamismo radical latinoamericano que sin duda llama la atención es el de Trinidad y Tobago. El pequeño archipiélago es el único territorio en el hemisferio occidental en el que ha triunfado un golpe de Estado islámico. En 1990 el grupo de radicales suníes Jamaat al Muslimeen —‘asamblea de musulmanes’— atacó el Parlamento trinitense y tomó al primer ministro como rehén. Durante seis días, estuvo al frente del país —o, al menos, tenía bajo ...
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