Eurovisión nació con la idea de unir a Europa a través de la música, pero en los últimos años se ha convertido en escenario de la batalla política y reputacional que rodea a Israel. Las participaciones israelíes en Malmö 2024 y Basilea 2025 estuvieron marcadas por abucheos, protestas masivas y fuertes medidas de seguridad. La tensión ha llegado a su punto máximo para la edición de este año en Viena, donde España, Irlanda, Eslovenia, Países Bajos e Islandia no participarán en protesta por la presencia israelí.
Eurovisión nunca fue sólo un evento musical para Israel. Durante décadas, el certamen funcionó como una herramienta de soft power o poder blando para proyectar la imagen de una sociedad moderna, diversa y occidentalizada, como confirmó ayer una investigación del New York Times. La hasbará —la estrategia de diplomacia, relaciones públicas y propaganda israelí— consideró el festival un escaparate estratégico, impulsando campañas digitales y la movilización del televoto para apoyar a sus candidaturas.
Paradójicamente, el mismo festival que ayudó a Israel a mejorar su imagen internacional se ha convertido en el símbolo de su deterioro y del colapso de una estrategia construida durante décadas. En ese tiempo, Israel ha tratado de proyectarse a través de la cultura, la tecnología, el turismo o eventos internacionales capaces de eclipsar parcialmente el conflicto palestino. Sin embargo, su ofensiva en la Franja de Gaza tras el 7 de octubre de 2023 ha acelerado una crisis reputacional incontenible. Protestas, boicots y acusaciones de pinkwashing reflejan el desgaste de un modelo de imagen internacional cada vez menos eficaz.
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