El “búmeran imperial”, o cómo Israel puede romperse por dentro después de acabar con Gaza

Los ataques de Hamás y la ofensiva sobre Gaza han difuminado muchas divisiones en la sociedad israelí que siguen ahí. Cuando haya una paz o se consume el genocidio, los militares y extremistas podrían redirigir la violencia contra los suyos. Ya sucedió en los fascismos de Italia y Alemania, o el propio Israel.
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El “búmeran imperial”, o cómo Israel puede romperse por dentro después de acabar con Gaza
Bandera de Israel. Fuente: Momo (Flickr)

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La israelí es una sociedad muy dividida, que, como han hecho muchas otras en la historia, busca el pegamento de su unión en un enemigo común. El enemigo es Hamás, Palestina, los árabes. La violencia en su contra es fundacional: la Nakba de 1947 y 1948 mató y exilió a miles de palestinos de las ciudades del antiguo mandato británico. Sin embargo, en los últimos años se ha recrudecido hasta extremos inauditos.
Frente a ese enemigo se desdibujan las diferencias entre los ciudadanos del Estado judío. Pero estas nunca han dejado de ser notables: las diferencias políticas que existen en cualquier sociedad (izquierda y derecha) están complicadas aquí por el elemento religioso (laicos y teócratas) y por una peculiar diversidad étnica que el nacionalismo sionista aspira a refundir, aunque sólo lo ha logrado a medias.
Un país dividido en el fondo
Cuando el Estado de Israel nació en 1948, su fundador y primer primer ministro, David Ben Gurión, dijo que se había convertido a un “polvo humano, que cualquier viento extraño, existente o imaginario, manejaba a su antojo entre las olas de la historia, en un pueblo capaz de poner en acción su voluntad nacional [… y] de convertirse en un factor importante en la liza internacional”. El pueblo judío, en la literalidad de la frase del padre fundador, existía antes de 1948. Existía un polvo que había que amalgamar, unos puntos que unir, como en el pasatiempo infantil. Ben Gurión no dijo, pero casi, aquello tan célebre, de Massimo d’Azeglio tras la unificación de Italia: que, hecha Italia, ahora había que hacer a los italianos. 
Los israelíes habían ido haciéndose durante los sesenta años anteriores, los de la fundación y desarrollo del sionismo; pero la idea de un pueblo judío indistinto, único, tardó en dejar de ser contraintuitiva. Durante siglos, los judíos se habían pensado como varios pueblos, al menos dos: el sefardí y el askenazí. No comparten lengua, liturgias, costumbres ni color de piel. Y en un Israel cuyo establishment ha...

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Pablo Batalla Cueto

Gijón, 1987. Licenciado en Historia, corrector de estilo, traductor y ensayista. Autor de cinco ensayos, el último de ellos Yo podría haber sido Fidel Castro (2024). Colabora con medios como Público, La Marea, Jot Down o Nortes y coordina la revista cultural digital El Cuaderno.