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El nacimiento de una máquina endiosada fuera de nuestro control o el nuevo hype de Silicon Valley tras los fracasos del metaverso y las criptomonedas. Entre esos extremos se mueven las reacciones al vertiginoso desarrollo de la inteligencia artificial (IA), empujadas por la irrupción de ChatGPT en 2022. El chatbot de la empresa OpenAI superó los cien millones de usuarios activos en apenas dos meses. Tik Tok tardó nueve. ChatGPT emplea un gran modelo de lenguaje, un sistema de inteligencia artificial generativa entrenado con enormes cantidades de datos para procesar y generar texto coherente.
Las grandes tecnológicas estadounidenses están a la vanguardia en la investigación de estos modelos. Compiten por acelerar su desarrollo y controlar un mercado que promete cambiarlo todo. OpenAI ya vende su chatbot a aplicaciones como Duolingo o Snapchat a 0,002 dólares por cada 750 palabras generadas. Estados Unidos no ha restringido la rápida comercialización de esta potente y poco verificada tecnología, pues considera que la competición corporativa es su mejor baza para desarrollarla antes que China, que va al ritmo de su propia regulación.
Inteligencia artificial bajo el modelo chino
China ha implementado normas estrictas para las empresas que ofrezcan aplicaciones de inteligencia artificial generativa. Si Google, Facebook o Twitter llevan años restringidos en el país, ChatGPT no iba a ser la excepción. La regulación también afecta a los desarrolladores nacionales, que deben pasar auditorías de seguridad y son responsables de los contenidos generados por IA. Según las reglas publicadas en abril, estos “reflejarán los valores socialistas fundamentales y no contendrán contenidos que subviertan el poder del Estado, derroquen el sistema socialista, inciten a la secesión [ni] socaven la unidad nacional”.
China va rezagada respecto a Estados Unidos, pero progresa rápido. Al menos veinte empresas y centros de investigación están trabajando en tecnologías similares a ChatGPT, entre ellas Baidu, Alibaba y la Academia IA de Pekín. La industria china cuenta con experiencia en otros campos de la IA, como los drones, la robótica industrial o la conducción autónoma, y con una gran presencia en la literatura científica. Pero tiene dos grandes problemas: la huida de talentos, muchos hacia Estados Unidos, y su dependencia de hardware avanzado de empresas occidentales, una vulnerabilidad que Washington ha atacado con fuerza.
No poder acceder a los chips más avanzados mantendrá a China por detrás en el corto y medio plazo. Las sanciones anunciadas por Joe Biden en octubre impiden a la empresa estadounidense Nvidia venderle sus últimos procesadores A100 y H100 a clientes chinos. Nvidia es el principal proveedor de aceleradores IA, el soporte hardware de cualquier aplicación de IA generativa. El modelo de ChatGPT, por ejemplo, fue entrenado con 10.000 procesadores A100. Las restricciones se aplican a muchas otras empresas esenciales de la industria con sede fuera de Estados Unidos, lo que dificulta que las empresas chinas consigan diseñar y fabricar procesadores igual de avanzados.
Estados Unidos y después el resto
Estados Unidos se ha beneficiado del talento extranjero que atrae. En la década pasada, un 42% de los doctores en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas graduados en el país habían nacido fuera. Entre esas personas, la mitad hizo sus estudios de grado en China e India, y el 90% aún vive en Estados Unidos en su etapa postdoctoral. De hecho, cerca de uno de cada cinco de los principales desarrolladores de GPT-4, la última versión del modelo de OpenAI, hicieron el grado en China. Microsoft, el principal inversor y colaborador de OpenAI, tiene allí uno de sus principales centros de investigación, el MSRA, de donde han salido grandes científicos de IA mientras impulsaba la industria local.
Las grandes tecnológicas estadounidenses consiguen cuatro veces la financiación china. Tienen acceso a una enorme potencia computacional, llevan años adquiriendo startups del sector y dominan su desarrollo. Amazon y Meta producen cada una más investigaciones que la Universidad de Stanford, uno de los mejores centros de ciencia computacional del mundo. Google, pionera de la IA generativa, fue precavida al no lanzar su propio chatbot, Bard, sin antes abordar sus riesgos. Pero desde que Microsoft desafió su negocio principal al integrar GPT en el motor de búsqueda Bing las dos corporaciones se han lanzado a una carrera por comercializar esta tecnología.
Mientras que Pekín se adelantó a su manera a las consecuencias indeseadas de estas aplicaciones, Washington apenas ha puesto exigencias a las tecnológicas para desarrollarlas y comercializarlas. Numerosas figuras de la industria han pedido frenar los lanzamientos, incluido el “padrino de la IA”, Geoffrey Hinton. Hinton es uno de los principales investigadores de las redes neuronales artificiales, modelos matemáticos claves para la IA, y renunció a Google preocupado por los pocos recursos dedicados a prevenir las peores consecuencias de las IA generativas. Le preocupa que se conviertan en un instrumento para la desinformación y alerta de que modelos más potentes pueden adquirir capacidades inimaginables. Pero entre los ejecutivos y en Washington preocupa que una moratoria dé oxígeno a China en la carrera.
El riesgo de una nueva tecnología descontrolada
La IA generativa es una de las tecnologías más poderosas de las últimas décadas. Desplegarla en una competición desregulada para favorecer la innovación es delicado, como demostraron las redes sociales. Facebook se lanzó en 2004 para recordar cumpleaños, mantener el contacto con antiguos compañeros y conectar con gente nueva. Twitter después aspiraba a democratizar el acceso a la información. Sin embargo, fenómenos como la desinformación, la economía de la atención y las teorías conspirativas terminaron derivando en el movimiento antivacunas o el asalto al Capitolio en Estados Unidos.
El tecnólogo Tristan Harris defiende que las redes sociales fueron nuestro primer contacto con la IA, trazando un paralelismo con la llegada de una vida extraterrestre a la Tierra. A todas horas, un algoritmo en un servidor lejano decide cuál es la próxima publicación, vídeo o foto que nos mantendrá enganchados. En ese primer contacto sin una regulación temprana, estas aplicaciones han puesto el mundo patas arriba y provocado daños colaterales que se podrían haber evitado.
ChatGPT es el segundo contacto con la IA y su desarrollo exponencial continuará en los próximos meses. La principal limitación es su alto coste energético, pero está cerca de resolverse gracias al nuevo paradigma de computación en memoria. Además, OpenAI ya está reuniendo datos sobre cómo usamos su aplicación para reentrenar sus próximos modelos. Sin reglas claras sobre qué datos pueden usarse o auditorías que deben cumplir antes de lanzarse, nos exponemos a un panorama incierto que ya ha empezado con imágenes y vídeos falsos. ¿Y si las campañas de desinformación masiva empiezan a usar argumentos increíblemente asertivos? ¿Estamos listos para que WhatsApp nos sugiera respuestas personalizadas en cualquier conversación? ¿Y si dejamos de poder distinguir una voz conocida por teléfono?
Tras pagar las consecuencias imprevistas de la irrupción de las plataformas digitales, los Estados llevan años enfrentados para regularlas. Ahora la IA generativa va a incrementar la productividad, revolucionar la educación y avanzar descubrimientos científicos. Estas herramientas y sus versiones de código abierto ofrecen un enorme potencial, pero los Estados tienen el reto de evitar las peores consecuencias de sus aplicaciones. Para ello, es esencial regularla antes de que se masifiquen.







