El sueño de elevarse del suelo y volar como un pájaro es casi tan antiguo como la historia de la humanidad. En la mitología griega, Ícaro y su padre Dédalo vuelan con unas alas fabricadas a base de plumas y cera. El artista renacentista Leonardo da Vinci también proyectó ese sueño en sus diseños de máquinas voladoras. Pero habría que esperar hasta comienzos del siglo XX para que se hiciera realidad, cuando los hermanos Wright realizaron el primer vuelo a motor en un avión. Unos años más tarde, el ingeniero español Juan de la Cierva revolucionó el incipiente mundo de la aviación con su nuevo invento: el autogiro.
Aficionado a la aviación
Juan de la Cierva y Codorníu nació en Murcia en 1895 en una familia acomodada. Su padre fue gobernador civil de Madrid y ocupó varias carteras ministeriales durante el reinado de Alfonso XIII (1902-1931). Desde su infancia, De la Cierva se interesó por la aviación. En 1910 presenció el primer vuelo realizado en Madrid y, solo dos años después, construyó junto a dos amigos un avión biplano, que pese a su fragilidad se mantuvo unos minutos en el aire.
Su gran afición por el mundo de la aviación le llevó a ingresar en la Escuela de Ingeniería de Caminos. En 1919 acabó los estudios y, siguiendo la estela de su padre, fue elegido diputado en las Cortes. Ese mismo año, el biplano trimotor que había diseñado sufrió un accidente por entrar en pérdida, es decir, disminuyó la sustentación al reducir su velocidad y perdió estabilidad. El accidente impresionó al joven ingeniero, que desde ese momento volcó sus esfuerzos en mejorar la seguridad del vuelo, por lo que ideó una forma diferente de volar.
El autogiro: entre el avión y el helicóptero
El principal desafío al que Juan de la Cierva debía hacer frente era, por tanto, evitar que la aeronave entrara en pérdida. Para ello ideó una máquina voladora que, en lugar de alas fijas, tuviera unas palas giratorias en continuo movimiento que lo sostuvieran en el aire. Era un híbrido entre un aeroplano y un helicóptero.
Ese híbrido, el autogiro, contaba con una pequeña hélice delantera con un motor que lo hacía despegar. Sin embargo, ya en vuelo, las palas giratorias se desconectaban del motor y giraban por efecto del viento. Esto le permitía mantenerse en el aire, aterrizar en vertical y, en caso de que el motor fallase, servir de paracaídas.
De la Cierva registró la patente del autogiro en 1920, cuando cobró forma el primer prototipo, el C-1. No obstante, no consiguió volar, como tampoco lo harían los dos modelos siguientes. Aun así, el ingeniero no cejó en su empeño, hasta que el aviador militar Alejandro Gómez Spencer logró despegar y hacer volar el autogiro C-4 por primera vez el 9 de enero de 1923.
El autogiro alrededor del mundo
Tras el éxito inicial, los años veinte fueron la edad dorada del autogiro. De la Cierva continuó mejorándolo gracias a la financiación de Aviación Militar, y en 1924 se efectuó el primer viaje, que cubrió la distancia entre los aeródromos de Getafe y Cuatro Vientos en ocho minutos. El invento llamó la atención no solo de la prensa o del rey Alfonso XIII, quien acudiría a una demostración pública e incluso volaría en uno, sino también de financieros y fuerzas armadas extranjeras. Con la ayuda de capital foráneo, ya que en España no consiguió grandes inversiones, De la Cierva difundió y fabricó su autogiro en otros países.
En ocasiones, el ingeniero e inventor compatibilizaba esa faceta con la de piloto. En 1928, por ejemplo, cruzó el canal de la Mancha al mando de su autogiro. El éxito de su máquina voladora también le llevó a Estados Unidos: allí aterrizó su autogiro nada menos que en el jardín de la Casa Blanca, donde lo recibió presidente Herbert Hoover. Ya convertido en una celebridad, en 1932 fue condecorado con la Gran Medalla de Oro, la máxima distinción de la Federación Aeronáutica Internacional. Hacia el final de su vida, sin embargo, De la Cierva fue asesor en la adquisición del avión Dragon Rapide. Esta aeronave fue clave en los primeros compases del golpe de Estado de 1936, pues transportó a Francisco Franco desde Gran Canaria al protectorado español de Marruecos.
El 9 de diciembre de 1936, con apenas 41 años y la guerra civil ya iniciada, De la Cierva murió por aquello que había motivado la invención del autogiro: un fallo en la seguridad del avión en el que viajaba. La aeronave, que conectaba Londres con Ámsterdam, se estrelló al realizar las maniobras de despegue y el ingeniero falleció junto al resto de la tripulación. El autogiro, por su parte, se vería eclipsado por el auge de los helicópteros modernos.






