En más de medio siglo de historia, la actual Unión Europea ha avanzado en la integración de los países que la componen. El proceso de construcción europeo, que comenzó con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951, tuvo un pilar fundamental en las relaciones económicas. En 1957, la formación de la Comunidad Económica Europea (CEE) dio un gran impulso a la integración en ese frente.
A finales de los años setenta, la CEE implantó el Sistema Monetario Europeo para estabilizar las diferentes monedas nacionales. Para ello se concibió una moneda de referencia, ECU por sus siglas en inglés, que sirviera para ajustar los tipos de cambio. Esto empujó a los bancos nacionales hacia una mayor cooperación en las políticas monetarias. Desde que se adoptó el Acta Única Europea en 1986, el mercado interior y la unión económica y monetaria eran solo cuestión de tiempo, hasta el culmen del Tratado de Maastricht, uno de los fundacionales de la Unión, en 1992. La salida de circulación de las monedas nacionales de doce países miembros el 31 de diciembre de 2001 fue la antesala de uno de sus mayores hitos del bloque: el euro.
El nacimiento del proyecto monetario común
La primera vez que en la CEE se había puesto sobre la mesa la unión monetaria fue en 1969, con el Plan Barre. Hubo que esperar dos décadas para que el deseo de establecer una Unión Económica y Monetaria (UEM) entre los miembros adquiriera carta de naturaleza con el Informe Delors. El informe debe su nombre al entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, quien en 1988 se puso al frente de un comité que estudió el camino para emprender el proyecto monetario común. El plan proponía una integración en tres fases que se extenderían durante casi diez años y concluirían con la introducción del euro.
La primera fase fomentaba una mayor cooperación en el seno del Comité de Gobernadores de los bancos centrales y la libre circulación de capitales entre los Estados miembros. En materia económica y monetaria, el Tratado de Maastricht de 1992 adoptó un calendario para constituir la UEM, fijó una serie de criterios económicos para su ingreso y acordó el establecimiento de una moneda única.
Con esa base, la segunda etapa se inauguró con la creación del Instituto Monetario Europeo (IME), una institución transitoria y predecesora del Banco Central Europeo. El IME llevó a cabo los preparativos de la tercera fase, coordinando las políticas monetarias de los bancos centrales nacionales.
Hacia la integración económica y monetaria
Los criterios de convergencia económica de Maastricht fijaban límites a la tasa de inflación, al déficit público, a la deuda pública y al tipo de interés, y exigían la estabilidad de la tasa de cambio. En 1998, el Consejo de la Unión Europea aprobó que once de los doce países interesados cumplían los requisitos para formar parte de la tercera fase: Bélgica, Alemania, España, Francia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Austria, Portugal y Finlandia.
En junio de 1998, el Banco Central Europeo (BCE) reemplazó al IME para administrar las funciones de coordinación de la política monetaria común. El 1 de enero de 1999 el BCE fijó los tipos de conversión entre las diferentes monedas nacionales y la moneda común, el euro. Por ejemplo, un euro equivalía a 166,386 pesetas españolas, a 1,955 marcos alemanes o 6,559 francos franceses. A partir de entonces se introdujo como moneda de curso legal en los once países, pero de momento solo en el ámbito financiero. La adopción del euro ese día marcó el inicio de la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria.
Entre el euro y las monedas nacionales
La zona euro se amplió a doce países con la adhesión de Grecia en 2001. En cambio, el Reino Unido o Dinamarca no tenían intención de ceder su soberanía en política monetaria a la Unión Europea, por lo que negociaron unas cláusulas para mantener sus monedas. Otro caso es el de Suecia, que incumple el tratado de adhesión para no adoptar el euro por el escaso apoyo de la población hacia esta medida.
El 31 de diciembre de 2001, los doce primeros países de la zona euro retiraron de circulación sus antiguas monedas nacionales. Desde ese momento no tendrían “la protección del sistema monetario”, pero se acordó un periodo transitorio en el que seguirían siendo válidas Las monedas nacionales se mantuvieron en curso legal hasta el 28 de febrero de 2002, a partir de cuando el euro se convirtió en la única moneda en los países de la zona.