26 de enero de 1564

26 de enero de 1564: el Concilio de Trento establece una distinción entre catolicismo y protestantismo

La Reforma a raíz de las tesis de Martín Lutero llevó a las autoridades de la Iglesia a reunirse. Celebrado de 1545 y 1563, el Concilio de Trento fijó las líneas entre el Vaticano y esas ramas emergentes en el cristianismo.
26 de enero de 1564: el Concilio de Trento establece una distinción entre catolicismo y protestantismo
'Congregación general del Concilio de Trento en la basílica de Santa María la Mayor' (1633), por Elia Naurizio, expuesto en el Palazzo Pretorio. Fuente: Wikimedia Commons

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Cuando el monje alemán Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de una iglesia en la ciudad de Wittenberg, la Reforma protestante empezó a andar. Era 1517 y en ellas criticaba los excesos y la corrupción de la Iglesia, como la venta de indulgencias, es decir, el perdón sacerdotal ante un pecado. Lutero argumentaba que las personas encontrarían la salvación solo a través de la Biblia y defendía limitar el papel mediador de la Iglesia. Con la imprenta, la Reforma se expandió por Europa y nacieron nuevas formas de entender y practicar la fe: el protestantismo y sus distintas ramas, la luterana, calvinista o anglicana.

Los protestantes no reconocían al papa y rechazaban la jerarquía eclesiástica. Tampoco creían en la Virgen ni en los santos, redujeron los siete sacramentos al bautismo y la eucaristía, y simplificaron la liturgia, que celebraban en las lenguas vernáculas en vez de en latín. Este cisma dentro de la cristiandad llamó a las autoridades eclesiásticas a actuar. El papa Paulo III convocó entonces un concilio en 1537 y 1538, pero las disputas políticas retrasaron su apertura hasta 1545, cuando comenzó la reunión en la ciudad italiana de Trento. 

Una Contrarreforma por fases

El Concilio de Trento se celebró en veinticinco sesiones a lo largo de dieciocho años, ya que se suspendió en distintas ocasiones. Esto provocó que lo supervisaran tres papas diferentes y que los representantes eclesiásticos de distintos reinos fueran variando, tanto de personas como en número, de 34 religiosos en la primera sesión a 225 en la más grande. En el fondo se enfrentaron dos posiciones: llegar a un acuerdo con los protestantes para asegurar una reunificación, como defendía el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V, y defender el dogma católico y la supremacía papal.

La primera fase (1545-1547) del Concilio de Trento la convocó Paulo III y la delegación española tuvo un papel destacado. Se llegaron a celebrar diez sesiones antes de suspenderse por el riesgo de una epidemia de peste, en las que se discutieron asuntos doctrinales que los protestantes cuestionaban, y se estableció la Vulgata latina como la traducción aceptada de la Biblia. La segunda fase (1551-1552) solo tuvo seis sesiones. Fue convocada por el papa Julio III y contó los príncipes alemanes protestantes y delegados luteranos, pero los desacuerdos obligaron a suspenderla. La última (1562-1563), organizada por el papa Pío IV, evidenció la división entre católicos y protestantes y se centró en las reformas que la Iglesia católica necesitaba. 

El Concilio finalmente terminó el 4 de diciembre de 1563, con la lectura de los decretos acordados y el acuerdo de hacerlos obligatorios. Semanas después se imprimieron y fueron presentados al papa Pío IV, quien los confirmó el 26 de enero de 1564 a través de la bula Benedictus Deus. Así se oficializaron y se adoptaron en los territorios católicos, en ese entonces Portugal, Venecia, los Estados italianos, España, Polonia, los cantones católicos de Suiza y el Sacro Imperio Romano Germánico, aunque en este siguió creciendo el protestantismo. Francia, por su parte, solo reconoció la parte relativa al dogma religioso. 

Decisiones e impacto del Concilio de Trento

Aunque se impusieron los defensores del canon católico, el Concilio de Trento impulsó no pocas reformas. Por un lado, diferenció el dogma y la liturgia católica de la protestante. Aunque la Iglesia católica entendía que las Sagradas Escrituras eran la base de la fe, confirmó la importancia de la tradición católica y su papel institucional como intérprete. Al contrario que Lutero, defendía que la fe por sí sola no bastaba para alcanzar la salvación. Estableció que los sacramentos eran siete y no solo el bautismo y la eucaristía, como defendían los protestantes, y que Cristo estaba presente en este último, es decir, que el pan y el vino se convierten en su cuerpo y su sangre al consagrarse.

También afirmó el culto a los santos, a las reliquias y a la Virgen, y la existencia del purgatorio. Además, promovió el uso de recursos sensoriales, como la música o la decoración de las iglesias, para atraer a los fieles a una misa que, sin embargo, se mantuvo en latín. Por otro lado, se reformó la institución eclesiástica para luchar contra la corrupción: la educación del clero pasó a ser obligatoria, se prohibieron la acumulación de cargos y los nombramientos entre parientes, se reafirmó la castidad y los vendedores de indulgencias fueron destituidos.

El Concilio de Trento instauró así la Contrarreforma, por la que la Iglesia católica se renovó y diferenció del protestantismo. Ese cisma provocaría guerras de religión en los siglos posteriores que, a su vez, remodelaron el mapa religioso y político de Europa. Mientras tanto, se fortalecieron el papado, las órdenes religiosas evangelizadoras y el control artístico y literario, y surgieron movimientos artísticos como el Barroco.

Alba Leiva

Madrid, 1997. Redactora en El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la Universidad Carlos III. Me interesa la política internacional, la geopolítica de los recursos, las nuevas tecnologías y la cultura.

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