¿Qué fue el Jueves Negro?

La burbuja especulativa formada durante los felices años veinte en Estados Unidos explotó el 24 de octubre de 1929. La Bolsa de Nueva York se hundió y dio paso a la Gran Depresión, una crisis económica que se extendió por el mundo debido a la dependencia del dinero estadounidense
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¿Qué fue el Jueves Negro?
Una multitud frente a la Bolsa de Nueva York ante el crac del 29. Fuente: Gobierno de Estados Unidos (Wikimedia Commons)

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El Jueves Negro fue el día en que empezó a desplomarse la Bolsa de Nueva York, dando inicio al crac del 29 y a la Gran Depresión. Sus causas venían de años antes. Mientras que la Primera Guerra Mundial había provocado una crisis económica en Europa, convirtió a Estados Unidos en la potencia principal. Su crecimiento se basó en producir más a menor coste gracias a una industria modernizada, lo que le permitió abastecer a las potencias europeas durante la guerra. Para garantizar sus exportaciones, Estados Unidos impulsó en 1924 el Plan Dawes, que buscaba asegurar la estabilidad financiera internacional mediante créditos a los países europeos. Con ello, estos países podrían afrontar las reparaciones y la reconstrucción. Comenzó así un crecimiento económico que generó confianza excesiva en el sistema capitalista.

Estados Unidos expandía su influencia y su modo de vida consumista durante los felices años veinte, pero el optimismo distorsionaba la realidad e impedía ver la fragilidad del sistema financiero. La facilidad con la que se concedían préstamos mantenía el nivel de consumo e inversión en acciones cuyo valor no dejaba de crecer, lo que se interpretaba como un crecimiento económico extraordinario. Sin embargo, el 24 de octubre de 1929 la burbuja especulativa explotó al hundirse la Bolsa de Nueva York, el mayor mercado de valores del mundo. El crac del 29 dio inicio a la peor crisis económica del siglo XX: la Gran Depresión.

Un bienestar ficticio antes del crac

Mientras continuaba el crecimiento industrial estadounidense, sectores importantes como la agricultura y la construcción comenzaron a estancarse. La oferta de productos superaba el consumo, así que se trató de incrementar el poder adquisitivo de la población mediante créditos, creando un bienestar ficticio. Además, las empresas potenciaron otros caminos para obtener beneficios, como los préstamos o la venta de acciones, que aumentaron su valor.

Sin embargo, las ventas seguían alejadas de los niveles de producción, de forma que las industrias no alcanzaban los beneficios esperados para mantener el empleo. Los despidos posteriores sólo consiguieron reducir aún más el consumo. Ante las pérdidas de las empresas, se acabó la confianza en los inflados valores del mercado y los inversores comenzaron a vender sus acciones. El pánico se extendió y el Jueves Negro se alcanzaron los trece millones de órdenes de ventas de acciones. La intervención de los grandes bancos frenó la caída unos días, pero eso no impidió que los ciudadanos retiraran sus ahorros de los bancos, hasta que sus depósitos se agotaron y quebraron. El 29 de octubre, el llamado Martes Negro, la Bolsa se hundió aún más, y no paró de caer hasta 1932, perdiendo el 80% de su valor.

Del Jueves Negro a la crisis internacional

El motor de la economía mundial se desmoronaba. Estados Unidos estuvo cuatro años con indicadores negativos, aunque sus efectos se sintieron el resto de la década. El PIB descendió un 27% y el desempleo rozó el 25% en los siguientes tres años, así que el país decidió abandonar la cooperación económica para centrarse en sí mismo. Fue el fin de la estabilidad financiera internacional, que dependía de los créditos estadounidenses. La Gran Depresión se expandió como un virus y la pobreza aumentó en todo el mundo.

Este “sálvese quien pueda” condujo a la Ley Hawley-Smoot de 1930, que impuso aranceles para proteger los productos estadounidenses. Aliados como Japón o los países de Hispanoamérica, que exportaban sobre todo a Estados Unidos, se vieron afectados en especial por la caída de los precios de las materias primas. El resto de potencias, además, imitaron la medida, lo que dificultó el comercio internacional e intensificó la depresión.

En Europa, los desequilibrios financieros y los impagos de las deudas despertaron las tensiones de la posguerra. Asimismo, el proteccionismo conllevó un ambiente de insolidaridad y la vuelta al nacionalismo. Unido al descontento social por la crisis, en los años treinta se creó el clima perfecto para la expansión de los radicalismos, que desembocarían en el surgimiento de movimientos fascistas de Italia, Alemania, España y otros países. La vuelta a la cooperación internacional parecía ya imposible y se evidenciaba el fracaso de la Sociedad de Naciones, incapaz de evitar la Segunda Guerra Mundial en 1939.

La recuperación llegó con el ‘New Deal’

En vez de ayudar a superar la crisis, el proteccionismo la había agudizado. Cuando el demócrata Franklin D. Roosevelt llegó a la presidencia de Estados Unidos en 1933, decidió apostar por las ideas del economista John Maynard Keynes, que proponía la intervención del Estado mediante el gasto público para estimular la demanda y la inversión. Roosevelt plasmó el keynesianismo en el New Deal, su plan para transformar la política económica y social estadounidense que acabaría extendiéndose por Occidente. Reguló los precios y los salarios, subvencionó sectores como la agricultura y la construcción, y estableció impuestos progresivos para sufragar un sistema de seguridad social. A mitad de la década había conseguido paliar los efectos de la depresión y recuperar el ambiente de optimismo.

Cristina Bermejo

Aranda de Duero, 1999. Graduada en Sociología, Relaciones Internacionales, y Experta en Desarrollo. Interesada en conflictos sociales, derechos humanos y migraciones, así como en temas de género y cultura.