El mundo se había olvidado de la guerra de Siria. Tras trece años y más de medio millón de muertos, parecía un conflicto congelado. Pero ningún bando había conseguido imponerse: aunque hasta este fin de semana el régimen de Asad controlaba todas las ciudades importantes del país, casi la mitad de la población sigue viviendo en las zonas rebeldes o kurdas. El conflicto no había terminado: más bien, los rebeldes han usado este tiempo para ganar fuerzas y volver al ataque.
La increíble ofensiva relámpago que ha tomado Alepo en menos de tres días es el resultado de una combinación de drones, brigadas de élite y, sobre todo, años de adiestramiento. Está protagonizada por la alianza Al Fatá al Mubin (‘La Gran Conquista’), que engloba a los dos principales coaliciones rebeldes del país: el Frente Nacional para la Liberación (FNL), impulsado por Turquía, y Hayat Tahrir al Sham (HTS), de carácter islamista y que en el pasado mantuvo vínculos con Al Qaeda.
El ataque demuestra que los rebeldes han sabido leer la coyuntura internacional: Rusia, Irán y Hezbolá, principales apoyos de Asad, están debilitados tras los conflictos contra Ucrania e Israel, respectivamente. Además, la ofensiva coincide con la victoria electoral de Donald Trump, que ya expresó en campaña su voluntad de retirar las tropas estadounidenses en Siria, que apoyan a los kurdos. Con esta maniobra, los rebeldes se garantizarán estar en el centro de las negociaciones si finalmente Trump da ese paso.
Los rebeldes han crecido en la sombra con ayuda de Turquía
Los rebeldes llevan años preparándose para este ataque, ante la inacción de las grandes potencias. Tanto Estados Unidos como Rusia hace tiempo que prestan poca atención a Siria. Para ambos, su presencia en el país ha estado dictada por intereses específicos y limitados. Para Washington la prioridad ha sido la lucha contra Dáesh, con lo que han perdido interés tras la liberación de Raqa en 2017 y la derrota territorial del grupo yihadista...