El Mundial de fútbol fue solo el último ejemplo de su poder. Es un país pequeño, pero con una ubicación estratégica. Gozar de las terceras mayores reservas de gas en el mundo le hacen un objetivo apetecible para vecinos poderosos y, a menudo, agresivos. ¿Sus claves para sobrevivir y aprovecharlo? Convertirse en un socio indispensable de grandes potencias y darse a conocer en el mundo para moldear la opinión pública a su favor, una salvaguardia ante problemas en la región.
Catar pasó de mediar conflictos en África y Oriente Próximo a quedar aislada en el Golfo, pero consiguió abrirse paso para llevarse bien tanto con quienes lo habían bloqueado como con sus rivales. Por el camino se aseguró la protección de Estados Unidos como socio en materia de seguridad, mientras le vende gas natural licuado (GNL) a China y surge como reemplazo del gas ruso para Europa. La política exterior de Catar, ahora arropada por el Mundial y cuestionada por el escándalo de presuntos sobornos en el Parlamento Europeo, no se entiende sin esos equilibrios.
Los equilibrios de Catar en Oriente Próximo
Catar mantiene relaciones amistosas con Irán y sus rivales de las monarquías del Golfo. También con Egipto y Turquía, enfrentados en la última década. Pero hasta hace poco no era así, por la crisis diplomática que vivió el país entre 2017 y 2021. En 2011, Catar había abandonado su tradicional política de neutralidad y mediación, y adoptó una postura intervencionista y favorable a las revueltas árabes, el islam político y los Hermanos Musulmanes. Después de años de tensiones, Arabia Saudí, Emiratos, Bahréin y Egipto suspendieron relaciones con Doha, acusándole de financiar grupos terroristas, cooperar con Irán e interferir en sus políticas internas. Prohibieron a los aviones y barcos registrados en Catar utilizar su espacio aéreo y rutas marítimas, y Arabia cerró el cruce terrestre que enlaza al pequeño país con la península arábiga.
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