La guerra en Ucrania ha resucitado el G7. El club de las democracias occidentales más ricas parecía acabado después de que en 2020 el entonces presidente estadounidense Donald Trump lo tildase de anticuado. Formado por Estados Unidos, Canadá, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, el grupo nació en 1975 para facilitar la gobernanza económica global, pero ni China ni India son miembros hoy en día, aunque suman el 21,6% del PIB mundial. Esto, unido a la existencia de foros más efectivos, como el G20 o los BRICS, parecía destinar al G7 a la irrelevancia.
Sin embargo, la invasión de Ucrania lo ha dotado de un nuevo sentido: simbolizar la unidad de Occidente contra el revisionismo ruso —y chino—. La cumbre anual que se celebra estos días en Hiroshima deja claro que las prioridades del G7 son defender el orden internacional liberal ante la agresión de Vladímir Putin y fortalecer la cooperación en el Indo-Pacífico para evitar que China haga lo mismo en Taiwán. Si la OTAN revitalizada y un mejor vínculo transatlántico representan el poder militar y económico de Occidente, el G7 simboliza ahora su afinidad ideológica.
De club de ricos a coalición de democracias
El G7 había concedido casi 100.000 millones de euros a Ucrania en ayuda militar, financiera y humanitaria desde enero de 2022, poco antes de la invasión, hasta febrero de 2023. Durante la guerra, el foro ha servido a las democracias occidentales para coordinar sus políticas y adoptar una postura común frente a Rusia. No solo han condenado la invasión y han reivindicado los principios de soberanía e integridad territorial de la Carta de Naciones Unidas, sino que han acordado el mayor paquete de sanciones económicas contra un país. En la cumbre de Hiroshima incluso barajarán prohibir las exportaciones a Rusia casi por completo.
Con estas decisiones, el G7 ha recuperado la importancia que había perdido en los últimos años. Su eficacia ya se puso en duda en 2008, cuando la versión ampliada del G20 se mostró más e...