Software de diseño, salas blancas, maquinaria avanzada, fotomáscaras, obleas de silicio, agua, y metales y gases que cubren casi toda la tabla periódica. Sobre estos recursos se sostiene la industria microelectrónica, repartida principalmente entre Estados Unidos, Europa, China, Corea del Sur, Japón y Taiwán. Los países asiáticos han concentrado los procesos de fabricación de chips en las últimas décadas. Pero tras los cuellos de botella derivados de la pandemia y las tensiones en el Pacífico, Occidente pretende recuperar posiciones.
Europa es el eslabón débil de la competición, y eso que ha pasado poco tiempo desde que marcas como Nokia, Ericsson o Philips eran muy populares. Más allá de Irlanda, donde operan las estadounidenses Apple, Qualcomm o AMD, la industria microelectrónica europea recibe poca atención. Hay pocas fábricas de semiconductores y ningún gigante del diseño, lo que provoca un déficit anual de 20.000 millones de euros. Pero Europa tiene numerosas fortalezas en este sector. Con la Ley de Chips, la Unión aspira a recuperar capacidades de producción y reconocimiento en una industria crucial de la carrera tecnológica.
El eje tecnológico franco-alemán
Silicon Valley es un mito estadounidense sin comparación en Europa. Esta zona en el norte de California funciona como una denominación de origen de la tecnología electrónica, pero a veces recibe méritos de otros. Por ejemplo, aunque los primeros pasos de la industria suelen asociarse sólo a Silicon Valley, Francia patentó el primer transistor en 1948. Sin embargo, ni su Gobierno ni su industria lo aprovecharon. La tecnología nuclear era la ciencia de moda tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y Francia relegó la tecnología microelectrónica a la nuclear a través del centro público CEA. Ahora es uno de los institutos de investigación en energías más importantes del mundo.
Su menos exitosa división de microelectrónica, el CEA-Leti, articuló la industria tecnológica francesa en torno a Grenoble, cerca d...