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“Europa tiene que evitar verse atrapada en crisis que no son nuestras”, dijo Emmanuel Macron a su regreso el pasado 9 de abril de la visita oficial a China. El mensaje llegaba horas antes de que Pekín iniciase maniobras militares alrededor de Taiwán en respuesta a la visita de la presidenta taiwanesa a Estados Unidos. En pleno aumento de tensiones entre la Casa Blanca y China, el presidente francés marca distancias con Washington. Algunos congresistas estadounidenses tildaron sus palabras de “traición” a Taiwán, y socios europeos como la República Checa y Polonia mostraron su incomodidad.
Macron recupera la idea de la autonomía estratégica mientras Washington ha ganado poder sobre Europa, especialmente en materia de seguridad. No quiere caer en la narrativa estadounidense de aislar o confrontar a China, ni participar en su estrategia de seguridad para el Indo-Pacífico. Aunque no lo digan de forma tan directa, es una postura que comparten Alemania o España, que también han profundizado sus relaciones con Pekín. No obstante, las divisiones en la Unión Europea y su dependencia de China complican una vía alternativa a la estadounidense.
La relación transatlántica es complicada
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