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Europa en 2020

Europa en 2020

La nueva década traerá un camino plagado de retos y dificultades para Europa. El primero será hacer frente al enquistado problema del brexit, que podría finalmente consumarse en 2020. Otra tendencia a tener en cuenta será la creciente importancia de Francia, que buscará afianzar su liderazgo aprovechando la debilidad de Alemania. Todo ello bajo el mandato de la nueva Comisión Europea y con un Parlamento Europeo renovado.

El Viejo Continente empezará 2020 arrastrando los problemas del año anterior. Nada más empezar el año, todos los europeos tendrán los ojos puestos en el 31 de enero, fecha prevista para que el Reino Unido abandone de una vez por todas la Unión Europea. La abultada victoria del Partido Conservador de Boris Johnson indica que el proceso seguirá su curso, a falta de ratificar el acuerdo de salida firmado con la UE en el nuevo Parlamento británico. ¿Significa eso que se dejará de hablar del brexit? No, ni mucho menos.

Aunque los británicos formalicen su ruptura con la Unión antes de que finalice enero, aún quedarán muchas aristas que pulir. Reino Unido conservará su estatus dentro del mercado interno comunitario de forma transitoria al menos hasta el 31 de diciembre de 2020, periodo destinado a negociar la relación futura entre las dos partes. Los negociadores deberán darse prisa si quieren redactar y firmar tratados comerciales que preserven las relaciones del Reino Unido con Europa, un socio comercial al que destina más del 50% de sus exportaciones. Y las negociaciones prometen no ser sencillas.

Sobre la mesa se barajan dos modelos: el noruego y el canadiense. El modelo noruego mantendría al país en el mercado comunitario, obligándolo, en consecuencia, a acatar las regulaciones de Bruselas. Esta una opción supondría que el Reino Unido quedaría anclado a la política adoptada por la Unión Europea, por lo que no es una opción muy atractiva para los conservadores británicos. Por el contrario, el modelo canadiense ofrece un acceso al mercado europeo mucho más limitado y requiere muchos más trámites burocráticos. Dada la relevancia de la UE como socio comercial, esta opción tampoco ofrece perspectivas muy halagüeñas para la economía británica, aunque sería más digerible para el Gobierno de Johnson. En la elección de uno u otro influirá también el acuerdo comercial que Reino Unido negocie con Estados Unidos, pues estrechar lazos con EE. UU. supondría alejarse de la Unión Europea y viceversa, en particular por los requisitos sanitarios y de seguridad más estrictos que tiene la segunda.

Para ampliar: “El resultado en Reino Unido despeja las dudas: los británicos quieren salir de la UE”, Blas Moreno en eldiario.es, 2019

Pero el brexit no es el único reto que tendrá que enfrentar el continente. La fractura que ya se preveía el año pasado entre Francia y Alemania se hará más profunda, añadiendo una fuente de incertidumbre para la Unión Europea. Alemania, sumida en una situación convulsa debido a la inestabilidad de la coalición en el Gobierno federal, mantendrá un perfil bajo en la acción exterior, lo que permitirá a Francia tomar la delantera. 

La debilidad de Alemania es clara: tras el abandono de Merkel de la dirección de su partido, la CDU, la formación se ha dividido entre aquellos que apoyan a la sucesora preferida por la canciller, Annegret Kramp-Karrenbauer, y los que tienen dudas respecto a ella. Además, la reciente elección de los nuevos líderes socialdemócratas, Saskia Esken y Norbert Walter-Borjans, complica la andadura de la coalición de Gobierno, tal y como sugieren las críticas que ambos han proferido contra la alianza con los conservadores. 

Frente a las dudas alemanas, la Francia de Macron hace gala de fuerza e iniciativa. Macron ha buscado establecerse como líder indiscutible de la política europea, y también mundial, a pesar de que en Francia la contestación popular a sus políticas aumenta. El presidente podrá medir los apoyos con los que cuenta en los comicios municipales de marzo, cuando el partido creado por el propio Macron, En Marcha, tratará de asentarse localmente. Ganar la alcaldía de París, por ejemplo, podría ser un triunfo tanto político como simbólico que reforzaría al jefe del Estado.

La ambiciosa política exterior de Macron continuará en 2020, tratando de mediar en procesos políticos internacionales de gran envergadura, como el de Ucrania. Ahora bien, su voluntad de erigirse como actor relevante en política global podría jugar en contra de sus alianzas consolidadas, como demuestran sus críticas a la OTAN o su voluntad de acercarse a Rusia. Otros socios de la Alianza ya se han mostrado preocupados o enfurecidos por las declaraciones del francés. En el marco de la UE tampoco ha sentado bien el veto francés a las incorporaciones de Albania y Macedonia del Norte a la Unión, que apenas contó con apoyo de otros miembros. Así, Macron deberá andarse con ojo si no quiere perder el apoyo de sus socios actuales por ir a buscar otros nuevos.

Para ampliar: “El eje franco-alemán, en horas bajas”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2019

Otro aspecto fundamental de 2020 promete ser la llegada al poder de la nueva Comisión Europea, presidida por la alemana Ursula Von der Leyen. La flamante presidenta se ha marcado como objetivo elevar a la Unión Europea a la categoría de actor geoestratégico a nivel internacional, lo que la acerca a la visión mantenida por Macron, que pretende renovar la UE aumentando la integración de sus miembros en la esfera político-defensiva. Ahora bien, ni el veto a la ampliación de la Unión ni las críticas a la OTAN de Macron han sido acogidos con entusiasmo por la Comisión. Para Von der Leyen, a las dificultades que pueda presentar el afán de protagonismo de Francia se une la ya mencionada debilidad alemana.

Además de al brexit y al desequilibrio en el eje franco-alemán, la nueva Comisión se enfrenta a la negociación del presupuesto plurianual para los próximos cinco años, la sombra de una nueva desaceleración económica o la difícil relación con Estados Unidos. La tensión entre Bruselas y Washington podría aumentar si los países europeos siguen contando con tecnología china para el desarrollo de sus redes 5G. Las tasas a las grandes empresas tecnológicas impuestas por Francia, Italia o Austria, que afectarán de lleno a firmas estadounidenses como Google, tampoco facilitan la relación transatlántica y podrían incluso provocar una guerra comercial entre EE. UU. y la UE

Otra de las medidas estrella de Von der Leyen es el pacto europeo para la transición ecológica, el llamado “Green New Deal europeo”. Los países del este de Europa son quienes más reticentes son a este pacto, cuya redacción recae sobre el comisario Timmermans, un viejo conocido del Grupo de Visegrado que ya les supuso más de un quebradero de cabeza como comisario para la defensa del Estado de derecho en la anterior Comisión. Así, es probable que el aspecto climático se convierta en un frente más entre Bruselas y los países de Visegrado. Por otro lado, está por ver si la agenda ecologista de la Comisión realmente cumple sus propósitos: el comisario encargado de medioambiente es el lituano Virginijus Sinkevičius, que apenas tiene tres años de experiencia en la política y, a pesar de ser miembro del partido verde europeo, se aleja de los postulados del resto de integrantes del ala ecologista escorándose hacia la derecha.

La inestabilidad política generalizada en Europa se ve azuzada por el todavía imparable ascenso de la extrema derecha. En Francia, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen no ha perdido fuelle, y pretende demostrarlo en las elecciones municipales de marzo. A pesar de haber perdido el Gobierno en verano, la Liga se ve cada vez más fuerte de cara a las ocho elecciones regionales por las que pasará Italia en 2020. La mayor parte de las regiones en liza están en manos del socialdemócrata Partido Demócrata, socio de Gobierno del M5S, y varias derrotas podrían hacerles replantearse la coalición. Si el inestable Gobierno italiano cayera de nuevo, Salvini podría salir muy bien parado en unas hipotéticas elecciones anticipadas. En Alemania, Alternativa por Alemania tampoco ha dejado de crecer, lo que ha llevado a que conquistara en octubre la segunda posición en las elecciones del lander de Turingia, superando a los conservadores de Merkel. En todos estos países, la extrema derecha está optando por una nueva estrategia: conquistar las administraciones regionales y que sean las bases las que los aúpen al poder, en lugar de empezar por tomar el control a nivel nacional y después consolidarse en los niveles subestatales.

La ultraderecha ya gobierna en países como Hungría o Polonia, que se enfrenta en primavera a unas elecciones presidenciales que previsiblemente confirmarán el apoyo de los polacos por la opción nacionalista. Otros, como Eslovaquia, corren el riesgo de que llegue al Ejecutivo un partido radical de derechas en las próximas elecciones legislativas en febrero de 2020. En caso de que así fuera, el Grupo de Visegrado podría enrocarse aún más en su posición contraria a muchas de las nuevas iniciativas europeas. También en los países occidentales la ultraderecha ha llegado a instituciones nacionales, como en Suecia, donde es la tercera fuerza del parlamento; o en Países Bajos, donde ha alcanzado la mayoría en el Senado. Añadido a esto, la inestabilidad o el bloqueo que caracteriza a muchos de los Gobiernos europeos actuales supone una debilidad: desde el ya mencionado alemán al español, pasando por el neerlandés, el sueco o el finlandés, cuyo primer ministro dimitió a principios de diciembre, forzando la conformación de un nuevo Gobierno de forma urgente. 

Para ampliar: “El Grupo de Visegrado: siete siglos de historia, tres décadas de unión”, Katia Ovchinnikova en El Orden Mundial, 2019

Esa debilidad se pondrá de manifiesto si llega la hora de hacer frente a uno de los mayores problemas que podrían sacudir a Europa: la migración. La presión migratoria podría acentuarse si la mala relación con Turquía hace que el Gobierno de Erdoğan decida abrir las fronteras para que los migrantes lleguen a Europa. Los discursos xenófobos de la ultraderecha ralentizarán los intentos de la Comisión de reformar el sistema europeo de gestión y reparto de los refugiados, el Pacto de Dublín. Por el contrario, las propuestas para hacer frente a esta nueva crisis se han centrado en los mecanismos de devolución, probablemente uno de los pocos puntos en que se pueda llegar a un consenso con los Gobiernos xenófobos en materia de migración.

Europa hace frente a un escenario difícil, lastrado por la incertidumbre y la inestabilidad del brexit, la iniciativa unilateral francesa y el aumento de la presencia de la extrema derecha, que contribuye al ya de por sí debilitado panorama político del continente. 2020 promete ser un año lleno de retos que abordar, que pueden marcar el curso del proyecto europeo. Cómo se haga frente a la fragmentación de la Unión Europea, la migración o la falta de liderazgo marcará sin duda el horizonte político del continente, para bien o para mal.

Para ampliar: “Europa en 2019”, Alex Maroño en El Orden Mundial, 2018