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“Vamos a estar con usted, presidente: todo el tiempo que haga falta”. Joe Biden le prometió su apoyo a Volodímir Zelenski cuando visitó Kiev el pasado 20 de febrero por el aniversario de la invasión rusa de Ucrania. Días más tarde lo reiteró con el canciller alemán Olaf Scholz en la Casa Blanca, donde insistió en que ambos países ayudarían a los ucranianos “al unísono”. Pero a pesar de las palabras de Biden, la ayuda estadounidense puede tener un límite. Más allá de sortear una escalada militar o de lograr que Ucrania gane la guerra, el interés principal de Washington es evitar que se alargue.
Puede parecer contraintuitivo, ya que Estados Unidos ha sido el mayor aliado de Ucrania. Para enero de este año había dedicado más de 70.000 millones de euros en ayuda humanitaria, financiera y, sobre todo, militar. A esto se suma el paquete de ayuda militar de quinientos millones de dólares que Biden anunció en su visita. Sin embargo, Washington se mantiene entre el optimismo que trata de infundir a sus socios, y con el que se muestra como un país comprometido, y el realismo en privado. Sortear esa brecha no será sencillo.
Una guerra larga es más difícil de mantener
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