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Primer acto: un hombre muere a tiros en febrero en la localidad alicantina de Villajoyosa. Segundo acto: se sospecha que dos individuos le dispararon seis veces y después lo atropellaron en un vehículo que la Guardia Civil encontraría quemado a veinte kilómetros del pueblo. Tercer acto: resulta que la víctima, Maxim Kuzminov, había desertado del Ejército ruso. Aunque no se han mostrado pruebas, la inteligencia española sospecha que el Kremlin está detrás de estos hechos.
Lo ocurrido con Kuzminov confirmaría la advertencia del Informe Anual de 2023 del Departamento de Seguridad Nacional: los espías rusos tienen cada vez más actividad en España. El espionaje había caído con la expulsión de numerosos diplomáticos rusos tras el inicio de la invasión a Ucrania. Sin embargo, ha vuelto a estar en el foco ante las advertencias de los servicios de inteligencia y seguridad, la confirmación de la injerencia rusa en Cataluña y la polarización política con motivo de la guerra.
Polarización, empresarios rusos e interés geopolítico
Situadas en puntas opuestas de Europa, puede parecer extraño que Rusia tenga intereses en España, pero estamos en su punto de mira. La causa principal es el papel de España en la OTAN o la Unión Europea, con intereses contrarios a los rusos. Moscú ha pretendido explotar las debilidades españolas para debilitar ambas organizaciones, ya que le restaría capacidad de actuación a uno de sus miembros principales.
Una debilidad de España es la polarización política. Aunque la invasión de Ucrania ha moderado los planteamientos, partidos opuestos como Podemos y Vox han tenido posturas cercanas a las de Rusia. Unidas Podemos ha votado contra el envío de armas a Ucrania y contra las sanciones a Moscú, y líderes como Pablo Iglesias han difundido bulos que favorecen la narrativa rusa. Asimismo, el partido equipara la invasión de Ucrania con la adhesión de los países de Europa del Este a la OTAN.
Por su parte, Vox ha tenido una relación ambigua con Rusia. Por un lado, lobbies ultraconservadores asociados al partido como Hazte Oír y el internacional CitizenGo tienen miembros vinculados a oligarcas que son cercanos a Vladímir Putin. Sin embargo, ya en el primer aniversario de la invasión, la La Gaceta de la Iberosfera, de la Fundación Disenso (de Vox), borró un editorial que defendía que España debía dejar de apoyar a Ucrania y entenderse con Rusia. Un reflejo de las diferencias internas al respecto.
Al mismo tiempo, el Kremlin aprovecha a la comunidad rusa en España para proteger sus intereses. España es el segundo país de la Unión Europea con más ciudadanos rusos, después de Alemania, y esta comunidad incluye a empresarios relacionados con el crimen organizado. Pese a las numerosas investigaciones judiciales, las autoridades españolas han reportado que la falta de colaboración rusa ha hecho imposible hacer efectivas las condenas, incluidas la de algunos criminales que habían confesado sus crímenes.
Rusia también tiene intereses geopolíticos en España. El país es uno de los puntos de entrada y salida del Mediterráneo, siendo punto habitual de avituallamiento y paso de la Armada rusa, hasta el veto por la invasión a Ucrania. Además, las costas españolas acumulan cables submarinos que, se sospecha, Rusia habría tratado de mapear con sus barcos. Por supuesto, el Kremlin también busca reducir el apoyo a Ucrania, lo que podría explicar el incendio de un local propiedad de ucranianos en mayo en Fuenlabrada.
Pesca y espionaje: buques soviéticos en Canarias
Ese tipo de actividad rusa en España no es nueva. Pese al apoyo soviético con espías y soldados al Gobierno republicano en la Guerra Civil, España tuvo relaciones con la URSS durante la dictadura de Franco. En 1967 llegaron a un acuerdo de cooperación marítima, y en 1971 se constituyó en Barcelona la empresa hispanosoviética Sovhispán, para mejorar el abastecimiento a barcos soviéticos, especialmente cerca de las Canarias. Esta actividad contribuyó a la economía de las islas, e incluso se establecieron vuelos con Moscú para facilitar el relevo de tripulaciones soviéticas.
Madrid y Moscú normalizaron relaciones en 1977, y dos años después entraron buques de pesca en Canarias. En las islas llegó a administrarse la mitad del comercio pesquero de la URSS, con cientos de buques y miles de marineros. Pero claramente tanta presencia no se limitaba a la pesca. También hacían escala transatlánticos que conectaban Cuba con la URSS, y barcos científicos y de comunicaciones sobre los que se sospechaba que realizaban labores de espionaje. De hecho, la normalización de 1977 aumentó esas operaciones: tan sólo un mes después, un delegado comercial soviético fue expulsado tras haber sido descubierto intentando obtener información sobre armamento e industria pesada.
Durante esos años, España expulsó tanto a empleados de Sovhispan y de la aerolínea Aeroflot como del servicio diplomático soviético. Entre los objetivos de estos espías estaba conseguir información sensible relativa a la seguridad de España, tratando de infiltrarse en sus fuerzas armadas o servicios de inteligencia. Por otro lado, exagentes españoles han confirmado la presencia de operativos soviéticos como agitadores en huelgas y manifestaciones, como la de los astilleros en Cádiz en los años ochenta.
El caso Cataluña
Pero si hablamos de espionaje ruso en España, el caso con más revuelo ha sido el de Cataluña. El conflicto territorial ha sido el favorito de Rusia para explotar la polarización política española. Una investigación de El Confidencial y El Periódico confirmó en febrero la presencia de al menos siete espías del GRU, la inteligencia militar rusa, durante los años más tensos del proceso independentista. Se ha relacionado a estos espías con la Unidad 29155, una sección del GRU especializada en sabotajes y asesinatos en el extranjero.
Según la investigación, el primer miembro de la Unidad 29155 llegó en 2014, año de la consulta independentista del Gobierno de Artur Mas y de la anexión rusa de Crimea. Se trata de un teniente coronel que usó la identidad falsa de un director de cine y lo repitió en 2016. Hasta 2019 entraron al menos otros seis agentes. La investigación judicial sobre la presencia de agentes rusos se había cerrado ante la falta de pruebas, pero se reabrió en marzo y se ha vinculado con el caso Volho, que investiga el desvío de fondos públicos para organizar altercados como parte del procés y que encontró contactos entre líderes independentistas y Moscú. El juez que lleva este caso recibió en abril un falso paquete bomba.
También ha habido otro tipo de relaciones. El exalcalde de Lloret de Mar por CiU, Xavier Crespo, estuvo a punto de ser secretario de Seguridad de la Generalitat con Artur Mas, hasta que el Ministerio del Interior advirtió que tenía relaciones con la mafia rusa. Por su parte, Josep Lluís Alay, exdirector de la Oficina del expresidente catalán Carles Puigdemont, contactó en Moscú con dos agentes de los servicios secretos rusos buscando aliados a la causa independentista. Uno de los agentes es hijo de un asesor de Putin y antiguo ideólogo del Kremlin.
Más allá de España
Frente a la expulsión de diplomáticos, Rusia ha extendido sus operaciones contra España fuera del propio país. En enero, la revista rusa exiliada The Insider reveló que la eurodiputada letona Tatjana Zdanoka, muy vinculada con España, llevaba años al servicio del Kremlin. La eurodiputada apoyó resoluciones en el Parlamento Europeo favorables a la independencia de Cataluña, donde participó en varias manifestaciones. Zdanoka también formó parte de una misión para investigar los crímenes sin resolver de ETA y presidió la misión que redactó un informe sobre la degradación ambiental del Mar Menor. La propia Eurocámara ha rechazado los contactos entre el independentismo y Moscú, y ha solicitado una investigación.
La actividad rusa en España ha tenido muchas formas, cada vez más lejanas al cliché de la Guerra Fría. El aumento de las tensiones, sean internas o geopolíticas, ha acarreado un retorno de los espías a nivel internacional. España no se ha quedado al margen: el informe del Departamento de Seguridad Nacional, publicado en marzo, advertía tanto de la actividad en terreno como de campañas de desinformación. A ello se suma el CNI, que advirtió de la creciente presencia rusa y del repunte de su actividad desde la guerra en Ucrania. Con las tensiones internacionales aumentando, también lo hará el trabajo de los espías.







