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El reto de la contaminación en las ciudades

El reto de la contaminación en las ciudades
Fuente: Daniel Lerps

En la actualidad, el 55% de la población mundial vive en zonas urbanas. Los más de 4.000 millones de personas que viven en las ciudades están mucho más expuestos a sustancias tóxicas. Pero las propias urbes son, a su vez, agentes contaminantes que generan residuos a gran escala, vierten sustancias contaminantes en los ríos y contaminan permanentemente el aire. ¿Cómo afrontar estos retos frente a un crecimiento aparentemente irrefrenable de las ciudades?

Tóxicos por tierra, mar y aire

En 50 años la población urbana ha pasado del 36% al 55%; esto se traduce en que más de 4.000 millones de personas viven en asentamientos con un mayor riesgo de contaminación. Aunque las zonas rurales tampoco se libran de la lacra de la contaminación, la presencia de partículas tóxicas en el aire de las ciudades es una de las mayores preocupaciones a escala mundial, pero no se puede olvidar que los elementos contaminantes también están presentes en el agua y, por tanto, en el suelo. Aunque la contaminación afecte especialmente a las ciudades de los países en vías de desarrollo, donde se puede considerar una emergencia de salud pública, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta de que nueve de cada diez personas en el mundo respiran aire contaminado, por lo que las ciudades europeas o norteamericanas tampoco se libran de esta lacra.

Para ampliar: “Mientras las ciudades crecen”, Clara Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

En 2016 la mala calidad del aire afectaba a prácticamente todas las ciudades de más de 100.000 habitantes con pocos ingresos y más de la mitad de las ricas. Lo demuestran hechos como que 14 de las 15 ciudades del mundo con peor calidad del aire se encuentren en India. Esto tiene graves consecuencias para la salud, ya que aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y respiratorias, cáncer de pulmón o accidentes cerebrovasculares. De hecho, se ha convertido en la causa de siete millones de muertes al año y en el mayor peligro para la salud de las personas.

Disminución de la esperanza de vida según distintas causas. Fuente: Statista

Además del aire, las ciudades también contaminan los ríos y el suelo. Las causas de la contaminación del agua van desde los desechos industriales y domésticos hasta el uso de pesticidas en la agricultura, pasando por los derrames de petróleo u otras sustancias tóxicas, la deforestación o el aumento de las temperaturas. La ausencia de un sistema de saneamiento adecuado para tratar los desechos que llegan a las fuentes de agua es una de las causas principales de las enfermedades diarreicas, que según la OMS provocan 1,5 millones de muertes anuales.

Para ampliar:¿Cuáles son las principales causas de la contaminación del agua?”, Oxfam, 2016

Además, la contaminación del agua se traduce en la presencia de elementos tóxicos en el suelo —y viceversa—. Este es un hecho preocupante, sobre todo, en el ámbito de la agricultura, debido a que unos recursos hídricos contaminados junto a una tierra también contaminada resultan en alimentos que pueden ser dañinos para la salud, los cuales se consumen en el campo y las zonas urbanas por igual. Teniendo en cuenta todos estos factores, se puede señalar a los hábitos de los habitantes y a la actividad industrial como los principales causantes de la contaminación de las ciudades.

La deslocalización y la gran migración

Si bien es cierto que en los años 50 y 60 ya hubo una primera oleada de deslocalizaciones, la globalización y el indiscutible predominio de la economía del libre mercado han hecho que, en la actualidad, gran parte de la producción de empresas europeas o norteamericanas, por ejemplo en el caso del textil, se sitúe en países en vías de desarrollo como Bangladés, Sri Lanka, Vietnam o Pakistán, con abundante mano de obra poco cualificada, salarios mínimos irrisorios y una mayor tolerancia en la emisión de residuos.

Para ampliar: “Made in Bangladesh”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2016

La alta demanda de trabajadores, sobre todo a partir de los 90, provocó uno de los mayores éxodos de la Historia de China y que continúa en la actualidad. En 2003 114 millones de trabajadores rurales chinos se habían mudado hacia alguna urbe en busca de oportunidades de trabajo no agrícola y de mejores condiciones de vida; en 2015 esta cifra llegaba a los 225 millones. El ejemplo chino, lejos de ser caso aislado, muestra una dinámica que han seguido especialmente los países de su región —excluyendo los países de ingresos altos—, en los que la población urbana era del 17% en 1960, del 28% en 1990 y en 2017 representaba el 54%. En las megaurbes como Deli o Karachi, las migraciones del campo a la ciudad —animadas, en parte, por la instalación de numerosas fábricas en el marco de la deslocalización de los años 90— plantean muchos retos, entre los que destacan el saneamiento y acceso a agua potable y la mayor contaminación.

Población urbana en el mundo. Fuente: Statista

El crecimiento exponencial de la población en las ciudades ha desbordado los Gobiernos de los países en vías de desarrollo. La ausencia de una planificación urbana que tome en consideración infraestructuras de saneamiento como el alcantarillado o la construcción de viviendas adecuadas hace que el suelo y el agua se contaminen por los desechos domésticos. Por otro lado, costumbres como las contaminantes cocinas de carbón —a las que está expuesta más del 80% de la población en países como Birmania, Bangladés o República Democrática del Congo— dentro de los hogares perduran cuando los recursos económicos de las familias son limitados. Por último, puede señalarse como factor contaminante el uso de los vehículos privados, que en ciudades de millones de habitantes hace que el aire sea irrespirable. Este también es un problema para las ciudades de países desarrollados, como Buenos Aires, París o Madrid.

La industria en casa: un regalo envenenado

La actividad industrial es otro de los causantes de la contaminación en el mundo, que incluye desde las emisiones a la atmósfera hasta los vertidos en el suelo o en aguas superficiales. La deslocalización de estas industrias hacia países en desarrollo ha sido una de las principales causas que han llevado a convertir sus ciudades en lugares peligrosos donde vivir debido a la contaminación —que no entiende de fronteras— causada por la actividad directa e indirecta de estas fábricas.

Kampur, en India, es la ciudad con el aire más contaminado del mundo, y también tiene una de las industrias de tratado de pieles más importante —y contaminante— del mundo. Además de una industria muy potente, la quema de carbón y las emisiones de los vehículos son las principales causas de estos niveles de contaminación. El director de uno de los hospitales de la ciudad alerta de que cada semana se encuentran con un nuevo caso de cáncer de pulmón cuando años atrás sucedía cada tres meses; la mitad de los pacientes diagnosticados de cáncer de pulmón en Nueva Deli no son fumadores. Frente a estos datos y sin un plan de acción claro, aunque el Gobierno indio esté considerando la posibilidad de invertir 104 millones de dólares para mejorar la calidad del aire en ciudades como Kampur, las previsiones son poco favorables.

Para ampliar: “With world’s worst air, Kanpur struggles to track pollution”, Neha Dasgupta en Reuters, 2018

Kampur, la ciudad con el aire más contaminado del mundo. Fuente: Hindustan Times

Pero la industria no solo contamina el aire. En Hazaribag, un barrio de Daca (Bangladés), se concentra el 90% de la industria del tinte de pieles de todo el país. Las fábricas vierten toneladas de residuos tóxicos en el río Buriganga, la principal fuente de agua para la capital. El cromo y otros elementos tóxicos están en el agua que beben sus habitantes, en el suelo que riega sus huertos y en la comida que ingieren los animales que posteriormente se comen. El río Citarum, en la zona de Bandung (Indonesia), tiene un agua tan negra y densa que parece petróleo debido a las industrias que se trasladaron en su ribera a finales de los años 70, y en la provincia de Hunan (China) la industria está causando niveles tan altos de contaminación del suelo, los cultivos y los alimentos que ponen el peligro la vida de sus habitantes.

Para ampliar: Toxic planet: a global health crisis, Jordan Roth y otros, 2018

Estas son las consecuencias de la actividad industrial en el suelo, aire y agua, pero la deslocalización de las fábricas —que se concentran en zonas urbanas con fácil acceso a medios de transporte y de telecomunicación y con más mano de obra— también supuso transformaciones demográficas que, a su vez, aumentan los niveles de contaminación. Así, se puede establecer una relación entre deslocalización, crecimiento demográfico urbano y contaminación del aire, agua y suelo.

Costes infinitos

La contaminación tiene infinitos costes. Las aguas del río Citarum, utilizadas para la irrigación de los campos de arroz, han contaminado casi mil hectáreas de cultivos y han causado unas pérdidas de alrededor de 866 millones de dólares en las dos últimas décadas. La contaminación del suelo en algunas provincias chinas supone unas pérdidas de más de 3.200 millones de dólares debido a que se producen 12 millones de toneladas anuales de grano altamente contaminado. Acabar con la contaminación de la tierra en China costaría 1,6 billones de dólares.

En los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos solo el coste de la contaminación del aire se calcula en unos 1.100 euros por persona y se espera que alcance el 2% del PIB europeo para 2060. La Comisión Europea situaba en 2010 los costes externos en salud por la contaminación del aire entre los 330.000 y los 940.000 millones de euros; solo los derivados de la actividad industrial sumaban en 2014 entre 59.000 y 189.000 millones de euros. Según el Banco Mundial, los costes laborales derivados de este tipo de contaminación alcanza los 225.000 millones de euros.

Para ampliar: “China’s dirty secret: the boom poisoned its soil and crops”, He Guangwei, 2014

Más allá de los costes económicos, existen las consecuencias para la salud de las personas. La Revolución verde de los años 60 extendió el uso de fertilizantes y pesticidas en el sector agrícola indio. La productividad aumentó durante años, pero también lo hizo la toxicidad del agua y la tierra, lo que hace frecuentes los nacimientos con problemas físicos y mentales, sobre todo en regiones como Punyab (India), donde el uso de químicos en la agricultura perdura desde hace más de 50 años. Por otro lado, la industrializada provincia china de Hunan genera el 58,7% de las emisiones de mercurio de todo el país y es una de las áreas más contaminadas por la presencia de partículas tóxicas de metales en el aire y en torno a la ribera del río Xiang, con efectos nocivos visibles. Con todo, se calcula que la contaminación del aire es la causa de siete millones de muertes al año en el mundo.

Para ampliar: “The poisoning of Punjab”, Sean Gallagher, 2014

Un hombre utiliza pesticidas en Punyab. Fuente: Pulitzer Center

La contaminación sale cara y mitigarla, aunque supondría importantes beneficios a largo plazo, también. En la Unión Europea los medios de transporte por carretera emiten el 13% de las partículas contaminantes del aire. Frente a este reto, las grandes ciudades toman medidas como el programa Madrid Central, la “tasa de congestión” de Londres, la limitación de velocidad berlinesa o el aumento de los carriles bici en Barcelona o Valencia. Todas estas iniciativas tienen importantes costes que van desde la oposición de la ciudadanía y del sector automovilístico hasta las inversiones necesarias para cambiar radicalmente los planes de movilidad.

Por otro lado, en los países en vías de desarrollo se impulsan medidas para controlar la contaminación producida por la actividad industrial, aunque en muchos casos no avanzan. El Gobierno de Bangladés anunció hace 14 años que cedería unos terrenos en una zona industrial con planta de tratamiento de residuos para que las fábricas de Hazaribag se pudieran trasladar, pero la mayoría siguen donde estaban. El problema es que en economías como la bangladesí, enormemente dependiente de la industria del tratado de la piel, pocas veces funciona exigir condiciones a las fábricas, contratadas por grandes multinacionales y que dan empleo a millones de personas.

Para una de las principales empresas del sector textil de Bandung, Kahatex, con miles de empleados, el coste de tratar los residuos que vierte al río Citarum se calcula en 451.000 dólares mensuales, por lo que, si el Gobierno establece requisitos medioambientales, esta empresa y muchas otras considerarán insostenible mantener su producción en la zona. Pero, sin el compromiso del sector privado —incluidas las fábricas familiares—, las donaciones que pueda hacer el Banco Asiático de Desarrollo a Indonesia para limpiar el río —500 millones de dólares desde 2008— serán dinero perdido.

Las ciudades, líderes del cambio

La inexistencia de una planificación urbanística adecuada en ciudades con un acelerado crecimiento poblacional, como Calcuta, han hecho que haya viviendas al lado de fábricas o de vertederos. Las consecuencias para sus habitantes, que consumen el agua contaminada por los residuos que expulsa la industria, van desde las enfermedades respiratorias hasta el cáncer e incluso la muerte. Por otro lado, la ausencia de planes de movilidad hace del vehículo privado el principal medio de transporte. Se calcula que entre el 70% y el 80% de las partículas contaminantes que hay en el aire de esta gran ciudad india provienen de los automóviles. Este es un patrón que se reproduce en muchas otras ciudades del mundo.

Para ampliar: “India: Choke point Kolkata”, Sean Gallagher, 2013

Frente a un reto mundial como este, es fundamental el compromiso de todos los actores implicados, y las agendas internacionales se presentan como una buena estrategia. Con la nueva Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible, las ciudades se han posicionado como actores para el cambio. De hecho, el undécimo objetivo de desarrollo sostenible, junto con la Nueva Agenda Urbana, ofrece la oportunidad de abordar desde las ciudades los retos del siglo XXI, como la contaminación.

Objetivos de desarrollo sostenible. Fuente: UNV

Su influencia es indiscutible y algunas ciudades son capaces de actuar independientemente de los poderes estatales en la toma de algunas decisiones aliándose entre ellas. Esto es lo que sucedió cuando Donald Trump anunció que Estados Unidos abandonaría el Acuerdo de París sobre cambio climático, aprobado en 2015: más de 250 ciudades estadounidenses se comprometieron a poner en marcha medidas para frenar el cambio climático. Como afirmó el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg, el problema del cambio climático —y, consecuentemente, de la contaminación— “está en las ciudades y la solución será en las ciudades”.

Para ampliar: “Las ciudades inteligentes o cómo gobernar el futuro”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

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