El 11 de septiembre de 1973, la historia de Chile dio un giro. El comandante en jefe del Ejército, Augusto Pinochet, apoyado por Estados Unidos, daba un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, elegido en las urnas al frente de una coalición de izquierdas tres años antes. La dictadura lanzó una represión sistemática contra los opositores, abriendo un nuevo horizonte cultural en el que no había lugar a la disidencia. Los artistas se vieron obligados a exiliarse.
El relato que mejor ejemplifica cuál sería el futuro cultural de Chile fue la ejecución de Víctor Jara, crítico con la derecha latifundista que apoyaba a Pinochet y próximo a la candidatura de Allende. El cantautor fue detenido el día del golpe y trasladado al Estadio Chile, que ahora lleva su nombre y es un símbolo de la dictadura por su uso como campo de concentración. El coliseo deportivo que había visto a Jara ganar el Festival de la Nueva Canción Chilena unos años antes se convirtió en su lugar de ejecución: fue acribillado con 44 balazos tras un juicio sumario y varios días de tortura.
No fueron pocos los que, para escapar de aquel destino, buscaron refugio en Francia, México o España. Ahora muchas de las voces que se han volcado para dar visibilidad internacional a los cambios de la política chilena de los últimos tiempos son “hijos” e “hijas” de esos exiliados. Personalidades de las artes escénicas, marcadas por la dictadura, que han dado forma a una diáspora política compuesta, entre otros, por el actor Pedro Pascal o las cantantes Mon Laferte, Natalia Lafourcade o Ana Tijoux.
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