No ha sido un año fácil. El mundo arrastra tensiones sociales y políticas desde antes de la covid-19, falta gobernabilidad y liderazgo, los desplazamientos forzados se multiplican, las crisis humanitarias se hacen crónicas, la pobreza y la desigualdad aumentan y, como colofón, se han disparado los precios del gas, la luz y el petróleo. Más desapercibidos, los alimentos también han alcanzado precios récord durante la pandemia, y ese aumento podría acelerar aún más problemas.
Los sistemas alimentarios sustentan la seguridad de la economía mundial y, de paso, la seguridad humana en muchos países. Es por eso que el hambre ha impulsado descontentos sociales como los que llevaron a la Revolución francesa, a las de 1848 o, más recientes, las revueltas árabes en 2011. Ahora, de nuevo los precios llevan más de un año al alza por todo el mundo, con los países solo saliendo o aún en la crisis de la pandemia.
El índice de precios de los alimentos se ha disparado un 40%
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), publica cada mes un índice de precios de los alimentos, que muestra si sube o baja el precio de la canasta básica. Esta incluye cinco productos: cereales, semillas oleaginosas, lácteos, carne y azúcar. Los precios de estos productos se han disparado un 40% desde junio de 2020 hasta septiembre de 2021, alcanzando los niveles históricos de 2008 y 2011, con un alza constante a excepción de junio y julio de 2021. El gran debate de los últimos meses es si estos precios serán transitorios o si se prevén más duraderos y, como consecuencia, problemáticos.
Varios factores explican esta escalada histórica en tiempos de pandemia. Entre ellos, el clima, que ha afectado a determinados cultivos; el cierre de fronteras y la interrupción del comercio internacional; un transporte marítimo más caro, y una mayor demanda de países como China, que han acaparado alimento por miedo a la escasez. Si este camino persiste y se agrava el acceso a determinados productos, la seguridad alimentaria quedaría en entredicho sobre todo en países importadores, aumentando sus riesgos políticos y sociales.
Ya pasó en 2011
Ya por 2007 y 2008 el mundo vio un encarecimiento de los alimentos básicos que duraría hasta 2014, lo que provocó una crisis alimentaria mundial, en especial en las regiones más vulnerables, y aceleró malestares sociales. Además de la restricción en la oferta, entonces el cóctel se sirvió con el aumento de la demanda de China.
Muchas de las protestas de 2007-2008 y 2010-2011 estuvieron ligadas, entre otros, al alza de precios de productos básicos como los cereales. En México, por ejemplo, el costo de la canasta básica se disparó y llevó al Gobierno a congelar muchos precios ante el aumento de la conflictividad social. El alza también acentuó la crisis en Zimbabue, Zambia o Malaui, y provocó protestas y disturbios en Costa de Marfil, Sudáfrica, Bangladés, Bolivia o Pakistán. En el norte de África, la subida de los precios de los alimentos catalizó las revueltas de Egipto y Túnez.
Las razones que motivaron esa escalada fueron desde el aumento de la demanda de biocombustibles y, por tanto, de su materia prima agrícola, hasta el precio del petróleo, el encarecimiento de los fertilizantes o del transporte, la especulación de los mercados o una caída de las reservas de alimentos. Además, influyeron el cambio climático y los desastres naturales. Si cerca de cuarenta países experimentaron desde disturbios sociales hasta caídas de Gobiernos en los años siguientes, ahora la situación en mitad de una crisis sanitaria con fuertes consecuencias sociales, económicas y políticas también puede desembocar en inestabilidad política y social.
Comida más cara y personas vulnerables
La subida de los precios de los alimentos desde el año 2020 ha coincidido con una mayor inseguridad alimentaria en el mundo. Desde 2016 y sobre todo con la pandemia, esa inseguridad se siente más en Latinoamérica, Asia, África y Oriente Próximo. La desigualdad y la pobreza han aumentado, y también se reflejan en la alimentación y subalimentación: en la actualidad hay más de 45 países que necesitan ayuda externa para recibir estos productos.
Los datos de organismos internacionales, regionales y nacionales de los últimos meses alertan de cómo la desnutrición se ha disparado en muchos países, así como del retroceso de una alimentación saludable y equilibrada. El informe de la FAO de julio de 2021 sobre el estado de la alimentación en el mundo muestra que un 12% de la población padeció inseguridad alimentaria grave en 2020, lo que representa 928 millones de personas, 148 millones más que en 2019. De ellas, en 2020 padecieron hambre entre 720 y 811 millones de personas, 118 millones más que en 2019 si se toma el punto medio de 768 millones. Asimismo, se estima que en 2020 el 22% (149,2 millones) de niños menores de cinco años sufrió retraso del crecimiento y el 6,7% (45,4 millones) sufrió emaciación —poco peso en relación a la estatura—, mientras que el 5,7% (38,9 millones) tuvo sobrepeso.
La inseguridad alimentaria moderada se ha agravado en la región africana de los Grandes Lagos, Zimbabue, Zambia, Mozambique, Madagascar, Líbano, Haití, Sudán del Sur, Yemen, Siria, Venezuela, Guatemala, Honduras o Mali. El 60% de la población en Siria, el 55% en Sudán del Sur, el 45% en Zimbabue, el 42% en Afganistán o el 40% en Haití sufren inseguridad alimentaria aguda. Por si fuera poco, según el último informe de la Food Security Information Network, al menos 155 millones de personas experimentaron inseguridad alimentaria aguda en niveles de crisis o peores en 55 países en 2020, y las previsiones para 2021 son peores ante la falta de acción internacional.
Los Gobiernos, a prueba
El aumento del precio de los alimentos, y por tanto una creciente dificultad de acceder a ellos, está claramente relacionado con una mayor probabilidad de conflictividad social. La comida puede acelerar tensiones existentes, además de crear otras nuevas, en especial en contextos locales inestables. Sin embargo, de una década hacia acá el monitoreo de los precios de los alimentos en el mundo ha mejorado con análisis de datos en tiempo real que permiten reaccionar antes. Por ejemplo, la FAO permite saber en qué países se ha disparado algún precio de la canasta básica.
La gobernanza, por contra, genera más dudas. ¿Una subida exagerada del precio del maíz puede tener algún impacto social en Centroamérica o México? ¿Los casos de Sudán, Sudán del Sur o Nigeria, en el punto de mira de la FAO, pueden dar pie a tensiones sociales? Si los sistemas de alerta temprana ya están avisando de la escalada de precios de los alimentos en una zona tan convulsa como el Sahel, donde es difícil acceder a productos saludables, ¿qué medidas preventivas pueden tomarse?
La pandemia ya ha generado preocupación internacional respecto al acceso a alimentos. El aviso sobre una crisis en países en desarrollo está sobre la mesa no solo por la escalada de precios o por el acceso y la calidad, sino también porque es probable que algunos países respondan a la escasez acaparando alimento o con medidas proteccionistas, y por la actual fragilidad de las cadenas de suministro mundiales. En este punto de la crisis, a las protestas y tensiones sociales parece solo faltarles el detonante de que la gente no tenga acceso a determinados alimentos.





