La muerte del afroestadounidense George Floyd a manos de la policía el 25 de mayo de 2020 desencadenó una ola histórica de protestas contra la desigualdad, el racismo institucionalizado y la violencia policial en Estados Unidos. Las protestas raciales no son nuevas en un país en el que la policía mata a más de un millar de personas al año, especialmente afroestadounidenses. Sin embargo, a diferencia de otras protestas raciales anteriores, estas se han dado en un momento especialmente delicado.
Estados Unidos ha sido duramente sacudido por la pandemia de coronavirus, que ha golpeado especialmente a la población negra e indígena. Y en el horizonte, el país afronta una transición demográfica en la que las minorías van a ganar cada vez más importancia. Además, bajo la Administración Trump se ha retrocedido en avances sociales, y entre los votantes más progresistas no hay grandes esperanzas de que haya cambios importantes gane quien gane en las elecciones de noviembre. Todo ello ha llevado a la movilización de un amplio sector de la población, revitalizando el movimiento antirracista Black Lives Matter y sumando a una proporción nunca vista de blancos anglosajones.

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