Han pasado cerca de dos meses desde el fiasco de la segunda cumbre entre el líder de Corea del Norte y el presidente estadounidense. Llegar a un acuerdo sustancial era complicado: EE. UU. no tenía intención alguna de relajar las sanciones económicas que azotan a Corea del Norte antes de que el país asiático avanzara en el proceso de desnuclearización, entendido por Washington como el desmantelamiento de todas sus instalaciones, deshacerse de sus cabezas nucleares y renunciar a los progresos de su programa balístico y nuclear.
Un acercamiento de posturas entre los poderosos Estados Unidos y el pequeño y aislado país peninsular es algo importante para el devenir económico de Corea del Norte y su recuperación y transformación en algo que haga viable su continuidad histórica. Sin embargo, que sea importante no lo hace esencial. En medio de la compleja amalgama de alianzas y enemistades, resuena de nuevo ese proverbio tan utilizado en relaciones internacionales: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
La elección de Donald Trump auguraba una mejora de las relaciones entre la Rusia de Vladímir Putin y los nuevos Estados Unidos del presidente republicano. La “trama rusa”, que unía dialécticamente la controvertida elección del presidente con una posible injerencia extranjera orquestada en el Kremlin, puso freno a cualquier intento de acercamiento brusco debido a la sospecha pública. Declaraciones como las de noviembre de 2017 en las que Trump afirmaba que creía a Putin cuando decía que no había intentado interferir en las elecciones estadounidenses puede que hayan tenido algo que ver.
Para ampliar: “Especial sobre la trama rusa”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018
A pesar de que las relaciones entre Moscú y Washington prometían mejorar bajo el mandato del polémico presidente estadunidense, la esperanza ha sido en vano. Abrumada por las acusaciones de colaboración con el Kremlin para llegar a la Casa Blanca, la línea política estadounidense ha tenido que seguir guiada por la inercia estratégica y responder a las actuaciones de Moscú en Occidente y otros lugares estratégicos para EE. UU., como Oriente Próximo. El envenenamiento de un exespía ruso y su hija en Reino Unido obligó a Trump a expulsar a 60 diplomáticos rusos de su territorio durante la primavera de 2018 y Washington se ha retirado a principios de 2019 del Tratado de Misiles de Alcance Medio y Corto alegando incumplimiento ruso.
Ante esta “nueva Guerra Fría”, sería lógico aplicar el proverbio mencionado. Para Corea del Norte, un apretón de manos en Vladivostok —ciudad cercana a su frontera y a China y sede de la flota pacífica rusa— solo podía suponer victorias. El 17 de abril de 2019 Corea volvió a probar un misil que, para alivio del Pentágono, no era ni un nuevo ensayo nuclear ni intercontinental; se trataba de un misil táctico de corto alcance diseñado para un despliegue militar rápido, normalmente en términos defensivos.
Aun así, no hay que perder de vista el significado de ello. A Corea del Norte se le está acabando la paciencia para apostar por la vía diplomática por los canales lógicos —convencer a EE. UU. para que este convenza al mundo de un descongelamiento diplomático y comercial de las relaciones—, y ante esto solo le quedan dos alternativas: buscar nuevos aliados o aumentar la tensión para presionar hacia una tercera cumbre, idea que ya se está barajando en Washington, aunque los estadounidenses aún mantienen la exigencia de la desnuclearización “completa” antes de rebajar las sanciones.
Rusia es el país asiático más grande territorialmente y uno de los dos grandes poderosos militarmente en el área del Pacífico junto a la República Popular de China, con la que tanto Rusia como Corea del Norte tienen frontera —Rusia también comparte 17 kilómetros con la península coreana—. Aunque es socio estratégico de China, Moscú sigue teniendo sus rencillas con Pekín y mira históricamente con desdén a un Occidente del cual ha tratado, infructuosamente, de formar parte.
La inacción china en los últimos meses en la cuestión nuclear norcoreana debido en parte a las tensiones comerciales con Estados Unidos hacen que a Pionyang le haya merecido la pena arriesgarse a rebajar su dependencia de China, país a donde van abrumadoramente sus exportaciones y de donde importa masivamente productos de todo tipo. Además, no hay que olvidar que la Federación Rusia es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo cual le confiere poder de veto en el órgano que, entre otras cosas, vota las sanciones a Corea del Norte.

Para Rusia, la reunión ayudaría a seguir ampliando su influencia en Asia, el continente que parece que China ha hecho suyo. Además, verse con Kim envía un mensaje claro a Washington: que es un actor mundial y que la desnuclearización de Corea del Norte concierne a más de un actor. La reunión podría revivir el Diálogo de los Seis, en el que la desnuclearización y la paz se negociarían entre estos tres países, EE. UU., Corea del Sur y Japón. Este esquema, que surgió tras la retirada de Pionyang del Tratado de No Proliferación en 2003, duró hasta la segunda prueba nuclear norcoreana, en 2009. Desde entonces, Rusia ha perdido peso en el conflicto coreano.
Más allá de las consideraciones geopolíticas, se encuentran las grandes oportunidades económicas. La cumbre se ha saldado con la promesa de mejorar las relaciones bilaterales, lo que podría terminar en alguna manera de cooperación económica. Corea del Norte es un país rico en materias primas, sobre todo recursos minerales como hierro u oro, con un valor calculado de 10 billones de dólares estadounidenses. Además, Moscú podría tener un rol importante en ayudar a paliar las necesidades energéticas de Pionyang con proyectos ya propuestos, pero aún no comenzados, como un gasoducto transcoreano, vías ferroviarias o la modernización de infraestructuras críticas como instalaciones industriales que datan de la era soviética.
En definitiva, esta primera cumbre entre Kim y Putin puede que no sea la última. La mejora de las relaciones entre los dos países se encuentra cargada de oportunidades para una Rusia en competición con Estados Unidos, pero que necesita reafirmarse en Asia, y una Corea del Norte dispuesta a encontrar una vía para salir del aislamiento internacional en el que ha entrado por las continuas denuncias de la sociedad internacional, materializadas en sanciones económicas que estrangulan su economía y que hasta ahora Washington parecía controlar plenamente.







