Han pasado cerca de dos meses desde el fiasco de la segunda cumbre entre el líder de Corea del Norte y el presidente estadounidense. Llegar a un acuerdo sustancial era complicado: EE. UU. no tenía intención alguna de relajar las sanciones económicas que azotan a Corea del Norte antes de que el país asiático avanzara en el proceso de desnuclearización, entendido por Washington como el desmantelamiento de todas sus instalaciones, deshacerse de sus cabezas nucleares y renunciar a los progresos de su programa balístico y nuclear.
Un acercamiento de posturas entre los poderosos Estados Unidos y el pequeño y aislado país peninsular es algo importante para el devenir económico de Corea del Norte y su recuperación y transformación en algo que haga viable su continuidad histórica. Sin embargo, que sea importante no lo hace esencial. En medio de la compleja amalgama de alianzas y enemistades, resuena de nuevo ese proverbio tan utilizado en relaciones internacionales: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
La elección de Donald Trump auguraba una mejora de las relaciones entre la Rusia de Vladímir Putin y los nuevos Estados Unidos del presidente republicano. La “trama rusa”, que unía dialécticamente la controvertida elección del presidente con una posible injerencia extranjera orquestada en el Kremlin, puso freno a cualquier intento de acercamiento brusco debido a la sospecha pública. Declaraciones como las de noviembre de 2017 en las que Trump afirmaba que creía a Putin cuando decía que no había intentado interferir en las elecciones estadounidenses puede que hayan tenido algo que ver.
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