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Cómo los Países Bajos han llegado a ser el segundo exportador mundial de piña y aguacate

Cómo los Países Bajos han llegado a ser el segundo exportador mundial de piña y aguacate
Fuente: elaboración propia.

Más allá de los tulipanes y su estabilidad económica, los neerlandeses se sienten profundamente orgullosos de su puntero sector agrícola. No es para menos: contra todo pronóstico, son los reyes de la exportación de alimentos en el mundo, solo por detrás de los Estados Unidos. Pero sus cifras están dopadas. Tanto que un tercio de las exportaciones de alimentos de los Países Bajos son, en realidad, bienes producidos en otros países. Es la consecuencia del efecto Róterdam.

Cacao, patata, piña, aguacate, tomate o pollo. Con la segunda mayor densidad de población de la Unión Europea y una extensión 237 veces menor que la de Estados Unidos, los Países Bajos figuran entre los principales exportadores de un sinfín de alimentos. No en vano, los neerlandeses son los segundos mayores exportadores de productos agrícolas y los primeros de verduras frescas del mundo en términos de valor, solo por detrás de Estados Unidos, y por delante de otras potencias comerciales como Alemania, Brasil o China.

¿Cómo lo han conseguido? Tecnología, innovación, logística y un enclave estratégico son las principales respuestas. Los Países Bajos son punteros en la aplicación de la tecnología a las técnicas de cultivo, pero su ubicación también los convierte en la entrada marítima más importante de Europa, lo que infla y distorsiona sus cifras comerciales. En 2018, los bienes agrícolas aportaron a la economía neerlandesa un beneficio de 42.000 millones de euros, el 4,6% de su producto interior bruto, unos resultados impensables para un país tan pequeño. Pero tiene truco: el 60% de los bienes que entran en los Países Bajos vuelven a salir poco después.

La agricultura del futuro

“El doble de comida usando la mitad de recursos”. Ese fue el objetivo que el Gobierno y los agricultores neerlandeses se marcaron en el año 2000. Dos décadas después, sus agricultores han conseguido reducir en un 90% la dependencia del agua para cultivos claves y un 60% el uso de antibióticos. También han eliminado casi al completo el uso de pesticidas en invernaderos. Si para producir un kilo de tomates en Estados Unidos hacen falta 127 litros de agua y en China 284 litros, en Países Bajos únicamente son necesarios nueve litros.

Los Países Bajos son el segundo mayor exportador de alimentos del mundo, solo por detrás de Estados Unidos, con 111.629 millones de dólares generados en 2018.

Su país es muy pequeño, pero los neerlandeses aprovechan el espacio a la perfección: más de la mitad del área terrestre se usa para la agricultura y la horticultura. Sin embargo, es complicado visualizar desde el exterior, al aire libre, la magnitud del negocio de los alimentos en el país. La verdadera revolución agrícola está teniendo lugar a puerta cerrada, en miles de invernaderos que llegan incluso a superar los 700.000 metros cuadrados de extensión, con robots que recogen los frutos y donde todos los detalles son medidos y controlados mediante ordenadores.

Uno de esos detalles es la temperatura ambiental, lo que, junto con el control exhaustivo de  la humedad y la luz en los invernaderos, conduce a los Países Bajos a competir año tras año por liderar la venta mundial de tomates, una fruta que necesita temperaturas suaves. Sus únicos competidores son México y, en menor medida, España, países donde el tomate es cultivado con mucha más facilidad. De hecho, las frutas y verduras son los productos alimentarios neerlandeses más populares en los mercados extranjeros, acumulando el 13% de todas las exportaciones de 2017, por delante de los productos cárnicos (12%), las plantas ornamentales (10%) y los lácteos y los huevos (10%).

Es la agricultura del futuro, la agricultura inteligente. Una revolución hacia el cultivo intensivo sostenible que está teniendo lugar en miles de granjas familiares. Doblar la producción reduciendo a la mitad el consumo de recursos parecía una utopía, pero los neerlandeses parecen estar consiguiéndolo a base de innovación. Ese gran paso hacia el futuro habría sido imposible sin la labor del Food Valley.

Food Valley, la versión agrícola de Sillicon Valley

El Food Valley es un clúster de las mejores empresas, instituciones y Gobiernos del mundo en materia de investigación agroalimentaria, una especie de think tank multidisciplinar que nutre de conocimiento a los granjeros del país. Su nombre es una alusión a Sillicon Valley, la zona de California que agrupa a los gigantes estadounidenses de la tecnología. El Food Valley, al igual que el Sillicon Valley con la Universidad de Stanford, tiene su propia universidad que combina academia y emprendimiento: la Wageningen University & Research (WUR).

La WUR, además de generar un conocimiento de incalculable valor para las granjas neerlandesas, exporta sus programas de innovación a otros países. Actualmente desarrolla miles de proyectos en más de 140 países, desde la plantación de arroz con una reducida huella de agua en India hasta la inseminación artificial de plantas en Kenia.

No es de extrañar: la Wageningen University & Research es considerada la institución de investigación agrícola más importante del mundo, sobre todo en el desarrollo de nuevas semillas. La creación de organismos más productivos y más resistentes a las plagas, los llamados transgénicos, es un debate polémico en el sector, pero los Países Bajos ya se han colocado a la vanguardia mundial. No solo posee a la mejor institución en esta materia, sino que también lidera la venta mundial de semillas con unos ingresos de 2.040 millones de dólares en 2017, por delante de Estados Unidos y Francia.

La trampa del efecto Róterdam

La eficiencia del sector agrícola neerlandés es evidente, pero su buen hacer no es lo único que explica el excepcional rendimiento del país en las exportaciones de comida. Miles de invernaderos con tecnología punta no bastan para igualar la producción de las gigantescas explotaciones de Brasil o China. ¿Qué sucede entonces? La clave está en Róterdam, y más concretamente en su puerto comercial, el más grande de Europa.

Si el Reino Unido, por ejemplo, quiere importar plátanos desde República Dominicana, probablemente lo hará a través de Róterdam, pues será más barato y rápido. En eso consiste el efecto Róterdam: su gran puerto absorbe gran parte del tráfico marítimo del Viejo Continente ―más de 469 millones de toneladas en 2019―, incluidas aquellas mercancías que tienen como destino un país distinto a los Países Bajos. Ello provoca distorsiones en el cálculo del volumen del comercio neerlandés.

El ejemplo de los plátanos es el más sencillo. Es lo que se considera comercio de tránsito, mercancías que entran y salen del país sin llegar a pertenecer a ningún residente. Sin embargo, de acuerdo con las normas de la Unión Europea, los bienes que llegan a cualquier Estado miembro desde un tercer país se consideran importaciones de dicho Estado. De la misma forma, aquellos que lo abandonan cuentan como exportaciones, independientemente del lugar de producción. Así, el efecto Róterdam tiene un impacto directo en las cifras de comercio comunitarias.

Más de la mitad de los bienes que entran en los Países Bajos vuelve a salir sin sufrir modificaciones sustanciales, ya sea como productos en tránsito o reexportaciones.

Pero el efecto Róterdam ―también llamado Róterdam-Amberes, en alusión al gran puerto de la cercana ciudad belga― puede ser más complicado aún. Un residente neerlandés puede adquirir productos para acto seguido venderlos a otro país sin apenas transformar la mercancía, lo que se conoce como “reexportación”. Incluso puede procesar los productos importados, alterar su código arancelario y convertirlos así en bienes nacionales. El primer caso sería, por ejemplo, la compra y la posterior venta de fruta tropical sin ningún tipo de procesamiento ―a lo sumo el empaquetado―; el segundo, leche importada por una empresa nacional para extraerle la lactosa y volver a venderla.

El 79% de la fruta exportada por los Países Bajos se produce en otro país

La conversión de bienes importados en productos nacionales es muy difícil de rastrear, pero con la reexportación, a pesar de las diferencias en su delimitación, es algo más fácil. Según cifras de la Agencia Central de Estadística de los Países Bajos de 2018, casi un tercio (27,9%) del total de las exportaciones neerlandesas de comida fueron en realidad reexportaciones. En el caso de las frutas, el 79%. La reexportación de alimentos infla considerablemente las cifras comerciales de los Países Bajos, pero su valor añadido es tan escaso, catorce céntimos por euro invertido, que apenas aporta beneficios a la economía del país. 

De hecho, en 2019 los productos agrícolas nacionales supusieron el 92% de todos los beneficios de exportación. Los productos más rentables fueron las plantas ornamentales y las flores, con 5.800 millones de euros de beneficio en 2019. A continuación en la lista siguen los productos lácteos y los huevos (4.300 millones), la carne (4.000 millones) y las verduras (3.500 millones), todos ellos sectores en los que la producción interna es más importante. Pese a esta clara distorsión, los análisis del extraordinario rendimiento de las exportaciones alimentarias de los Países Bajos suelen obviar el efecto Róterdam.

Sin embargo, la importancia del puerto de Róterdam sí ha saltado al debate sobre el brexit. En medio de una tormentosa negociación por un acuerdo de salida de la Unión Europa, los británicos favorables al brexit se apoyan en el efecto Róterdam para cuestionar su dependencia comercial de la Unión Europea. A su juicio, gran parte del flujo de importaciones y exportaciones entre el Reino Unido y los Países Bajos tiene como destino u origen un país extracomunitario, por lo que un Reino Unido fuera de la UE podría seguir operando sin grandes problemas. Los datos al respecto no solo son escasos y no sustentan dicha afirmación, sino que además la Autoridad de Estadísticas del Reino Unido concluyó que el efecto Róterdam puede tener un impacto, como máximo, de apenas un 2% sobre las cifras comerciales británicas.

Con todo, los Países Bajos continúan explotando su papel de segundo mayor exportador de alimentos del mundo. Sus cifras comerciales le permiten ejercer una influencia privilegiada en el proceso de toma de decisiones de la Unión Europea, como ya demostró en las negociaciones por el fondo de recuperación frente a la crisis del coronavirus. De hecho, los neerlandeses siempre quisieron formar parte de una unión transatlántica basada en el comercio y el liberalismo económico, y no de una UE cada vez más integrada políticamente. No obstante, son los principales beneficiados del mercado único europeo: en su papel de centro neurálgico del comercio comunitario, el 32% de su empleo se atribuye a las exportaciones. Más que un líder agrícola, los Países Bajos son los mejores comerciales del mundo.