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En los últimos diez años Honduras se ha convertido en un punto de conexión para las rutas centroamericanas del narcotráfico que llegan de Colombia y Venezuela rumbo a Estados Unidos. Desde hace décadas, avionetas colombianas aterrizan en pistas hondureñas para reabastecerse de combustible y desembarcar la droga que transportan a la frontera con Guatemala, donde la recogen socios locales y mexicanos que la llevan a Estados Unidos. Pero el país ya no destaca sólo como lugar de tránsito y almacenamiento de la droga regional, sino también como productor, transformando la hoja de coca en clorhidrato de cocaína.
Seis de cada diez hondureños consideran que los narcotraficantes tienen mucha o alguna influencia en el lugar donde viven. Desde el golpe de Estado en junio de 2009 que las élites y el Ejército orquestaron contra el entonces presidente Manuel Zelaya, el país pasa por una crisis política, social y económica que ha perpetuado la pobreza, la descomposición institucional, la corrupción y la violencia. Honduras es una autocracia electoral según el Bertelsmann Report Index en 2020, y en el índice de paz global de 2020 figura como uno de los países más violentos del planeta que no está en guerra, en la posición 119 de 163. En el índice de percepción de corrupción de 2020 de Transparencia Internacional está en la posición 157 de 180.
Las alegaciones de que el país es un narco-Estado han ido a más desde que el presidente Juan Orlando Hernández tomó posesión en 2014. En 2021, las autoridades hondureñas han incautado trece toneladas de droga y han destruido diez pistas de aterrizaje clandestinas, que se presume eran utilizadas por narcotraficantes. Sin embargo, la dimensión de la penetración del narcotráfico en el poder estatal se ha hecho más evidente desde que el exlíder del cártel hondureño Los Cachiros, Devis Rivera Maradiaga, empezó a acusar al presidente y su núcleo familiar, además del Gobierno y círculo cercano de su predecesor, Porfirio Lobo Sosa, de tene...
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