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“La energía renovable es la energía de la libertad”, dijo el ministro alemán de Finanzas tras la invasión rusa de Ucrania. La frase resume la estrategia europea para navegar la transición energética. Antes de la guerra Bruselas ya trabajaba en diversificar sus fuentes de energía a través de su programa del Pacto Verde. Forzada a abandonar rápidamente los hidrocarburos rusos, la Unión Europea ha reducido los plazos y disparado la importancia de las renovables a costa de caer en un colonialismo verde en África.
La UE confía en la energía solar, eólica y el hidrógeno verde para reforzar su autonomía estratégica y alcanzar la neutralidad climática en 2050. Los Veintisiete pretenden que las energías limpias representen el 40% del mix energético en 2030, por encima del objetivo original del 32%. Parece una meta asequible, pero el potencial renovable de la Unión no es suficiente, así que las eléctricas se están deslocalizando. Desplazan la producción energética y la extracción de recursos al Sahel y el norte de África, donde se encuentran algunos de los países más soleados, y más pobres, del mundo.
Adiós, hidrocarburos rusos; hola, renovables africanas
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