Nicolae Ceaușescu fue el último dictador comunista de Europa. Fue fusilado junto a su mujer Elena en el día de Navidad de 1989, tras tres días encerrado en un cuartel y un juicio sumario. Hasta el último momento, Ceaușescu estaba convencido de que su pueblo le quería. Cuando empezaron las manifestaciones en su contra él estaba fuera del país. Podría haberse quedado en el extranjero, pero decidió no hacerlo. Fue el mayor error de su vida.
La revolución accidental de Timisoara
Timisoara es la ciudad más multicultural y occidental de Rumanía, y la primera que se liberó del régimen de Ceaușescu. Cada año, el Memorial de la Revolución de la ciudad rinde homenaje a los ciudadanos caídos en la revuelta, que sería la mecha que incendiaría a todo el país.
El cura László Tőkés, perteneciente a la minoría magiar —húngaros de nacionalidad rumana—, era muy popular en Timisoara. Por su popularidad, Tőkés estaba mal visto por los servicios secretos rumanos, que trataron de alejarle de la ciudad en repetidas ocasiones. El 10 de diciembre de 1989 le dieron el último aviso para largarse, pero Tőkés siguió desobedeciendo. Hacía más de un mes que había caído el muro de Berlín, y toda Europa del Este se había liberado.
El 15 de diciembre de 1989, el cura movilizó a cientos de parroquianos en contra de su expulsión forzada de la ciudad. Tőkés, hoy un hombre de más de setenta años, lo cuenta así a EOM: “A veces Goliat gana contra David. Luchábamos por los derechos de la reforma eclesiástica bajo el Estado ateo, por la libertad de expresión y religión. La lucha pasó a ser cívica. Sentí una gran responsabilidad: no quería hacer la revolución, sentía miedo por la represión a mi comunidad magiar”.
Ceaușescu era “un estalinista de línea dura inspirado en el culto a la personalidad de Mao”
Al principio solo protestaban los magiares, pero la noche del 15 salieron también a la calle los ortodoxos rumanos, que son mayoría en el país. Al día siguiente las calles de Timisoara se llenaron y la Securitate detuvo a unas mil personas. El 17, el Ejército mató a 73 personas e hirió a otras trescientas, según datos oficiales. En realidad no está claro cuánta gente murió, pues se sospecha que se intentó ocultar la muerte de manifestantes y se destruyeron pruebas. El día 19, la ciudad se declaró en huelga general. El día 20, Ceaușescu ordenó disparar contra la población, pero los militares no acataron la orden y la ciudad fue liberada.
Rado Gino, historiador y director del Memorial de Timisoara, también magiar, define a Ceaușescu como “un estalinista de línea dura inspirado en el culto a la personalidad de Mao”. De origen campesino y prácticamente analfabeto, comunista desde su juventud, el dictador sentía fascinación por los fascistas rumanos que le habían precedido. Además de comunista, era nacionalista y tenía un interés particular en gustar en el extranjero, a pesar de que durante su régimen los rumanos tenían prohibido salir del país. Gino cree que hasta el final de sus días, Ceaușescu quiso ganar el Nobel de la paz.
Las últimas horas de Ceaușescu
Tras conocer lo sucedido en Timisoara, Ceaușescu volvió al país el 21 de diciembre desde Irán, donde estaba de viaje oficial. Su intención era dar un discurso en Bucarest, la capital, ante los obreros de las fábricas, que estaban obligados a acudir, pero el público abucheó al dictador cuando este empezó a hablar. Ceaușescu pudo acabar su discurso, pero al mediodía del 22, él y su esposa Elena, acorralados en el edificio del Comité Central del Partido Comunista, huyeron de Bucarest en helicóptero.
Durante su huída, Ceaușescu llamó uno por uno a los jefes regionales de la Securitate para preguntarles si le seguían apoyando. Todos le dijeron que sí, pero ya le habían abandonado.
La huída fue accidentada. Los Ceaușescu pretendían llegar a Targoviste, donde supuestamente debían reunirse con militares leales. Pero el piloto del helicóptero recibió orden del Ejército de detenerse a medio camino y aterrizar, y los dos agentes de la Securitate que acompañaban al matrimonio tuvieron que detener hasta dos coches particulares distintos para llegar a la ciudad.
Todo fue en vano: la tarde del 22 de diciembre, horas después de salir de Bucarest, unos milicianos secuestraron a la pareja, a la que encerraron en una habitación sin ventanas del cuartel general de Targoviste. Entretanto, se producían enfrentamientos armados en las calles entre militares, revolucionarios armados y “terroristas” supuestamente favorables a Ceaușescu.
El juicio se celebró unos días después, el 25 de diciembre, ante un Tribunal Militar Extraordinario. Pero no fue un juicio real, sino uno al estilo que el mismo dictador había impuesto: un sistema judicial estalinista en el que la culpabilidad se establecía a priori. Se les acusó de genocidio, acción armada contra el pueblo, socavamiento de la economía nacional e intento de huir al extranjero. El proceso duró menos de dos horas: la condena, e incluso el lugar de ejecución, estaban fijados de antemano.
Los Ceaușescu fueron fusilados esa misma tarde. De cara al paredón, Elena afirmó: “Luchamos juntos y moriremos juntos”. A su lado, Nicolae gritó: “¡Muerte a los traidores!”. Cuando le dispararon, Ceaușescu estaba cantando La Internacional. Sus cuerpos fueron enterrados en el cementerio Ghencea de Bucarest con nombres falsos. Esa misma noche, día de Navidad, los rumanos vieron por la televisión fragmentos del juicio-farsa y la ejecución del dictador.
¿Revolución o golpe de Estado interno?
Treinta y cinco años después de la revolución de 1989, el fin de Ceaușescu sigue sin estar claro. La Securitate, los servicios secretos de la Rumanía comunista, lo atribuyó a una intervención extranjera, pero muchos rumanos lo explican como un golpe de Estado encubierto: los miembros del propio Partido Comunista querían acabar con él por su radicalismo y su personalismo exacerbado.
De hecho, quien sería sucesor de Ceaușescu tras las primeras elecciones democráticas, Ion Iliescu, ya había intentado quitarle el puesto cinco años antes. Además, Ceaușescu se había alejado de la URSS durante su mandato, e Iliescu era amigo del premier soviético Mijaíl Gorbachov. Poco antes de ser fusilado, Ceaușescu exclamó que la revolución se trataba de un golpe de Estado de los hombres de Iliescu con ayuda de la URSS.
Lo cierto es que el dictador fue fusilado por militares organizados por el Frente de Salvamento Nacional (FSN), un grupo de políticos comunistas opositores liderados por Iliescu. El FSN de Iliescu ganaría las primeras elecciones con más del 80% de los votos y luego se convertiría en el Partido Socialdemócrata, todavía hegemónico en Rumanía.
Iliescu, que hoy tiene 94 años, fue acusado en 2019 por la Fiscalía rumana de crímenes contra la humanidad, por sembrar el caos y ocasionar 862 muertos en los días posteriores a la muerte de Ceaușescu. A pesar de la acusación formal de unos crímenes que no prescriben, el llamado “dosier de la revolución” se ha cerrado en varias ocasiones para proteger a Iliescu, el padre de la transición rumana.
El día que fusilaron a Ceaușescu, Veronica mató a un cerdo. Era Navidad
La tercera teoría sobre el fin del dictador es la revolución espontánea del pueblo, que derribó el régimen de dos décadas de Ceaușescu y cuarenta años de comunismo. En 1989, los regímenes comunistas de Europa del Este cayeron como un dominó. Pero en Rumanía no existía una resistencia civil organizada a la dictadura. Y a diferencia de otros países como Checoslovaquia, que tuvieron revoluciones de “terciopelo” sin mayores incidentes, la transición rumana fue la única de la región que acabó con la ejecución del dictador y miles de muertos en las calles.
El peligro de la nostalgia
El día que fusilaron a Ceaușescu, Veronica mató a un cerdo. Era Navidad, y ella había regresado a su pueblo. Sabía que iba a pasar algo, y prefirió marcharse de Bucarest para reunirse con su familia. “Cuando regresé a la capital, en la tele hablaban de la muerte del dictador. ¿Quién lo mató? Illiescu y su tropa. Eso pienso yo. Tenía que caer, estábamos hartos de él. Con él no teníamos nada. Ahora tenemos de todo, pero tampoco podemos permitírnoslo”.
Cristina Cileacu tenía sólo trece años cuando cayó el dictador. Hoy es periodista en el medio Digi24, pero entonces se encontraba en casa de su abuela en el este del país, que entonces hacía frontera con la URSS, en la actual Ucrania. Esa noche ella y todos sus primos se quedaron viendo la tele junto a sus vecinos. “Gritábamos ‘Libertad, libertad’, pero yo sólo era una niña y no lo entendía. Lo comprendí más tarde. Aquel era un régimen de estilo norcoreano: en invierno éramos felices si en los estantes había plátanos y naranjas, porque no había nada más”. Cileacu es europeísta, y rechaza la idea de un chovinismo rumano alejado de la Unión Europea y la OTAN.
En cambio, Narcis, un taxista de sesenta años, está convencido de que la revuelta fue un golpe encubierto, a pesar de que él mismo salió a la calle. Recuerda aquellos días en Bucarest: “En la tele transmitieron la huida de Ceaușescu en helicóptero, yo estaba con mi madre y mi hermana en el comedor. Les dije ‘¡Me voy a la guerra!’. Mi madre y mi hermana lloraban, pero me fui igualmente. Las calles estaban llenas. Se oían gritos de ‘¡Terrorista, terrorista!’, pero no sabía a quién se dirijían. Yo quería que cayera Ceaușescu, pero ahora lo haría resucitar: es mejor ser pobre que ser esclavo”.
Narcis se cuenta entre los cada vez más abundantes nostálgicos del comunismo en el país: en 2023 eran casi al 50% de la población, y el porcentaje no ha dejado de subir en los últimos diez años. Algunos de ellos se reúnen en el cementerio Ghencea cada 25 de diciembre y 26 de enero, la fecha de nacimiento de Ceaușescu, para homenajear al dictador. La incongruencia entre los testigos del apresurado entierro en 1989 y los certificados de defunción oficial despertaron mucha controversia en el país hasta que finalmente en 2010 se exhumaron los cuerpos y se confirmó que los despojos de la pareja estaban allí.
El auge de la extrema derecha rumana, muy vinculada con el cristianismo ortodoxo, la influencia rusa y el antieuropeísmo, está en parte relacionada con esta nostalgia sobre todo entre la diáspora y los rumanos más pobres, los perdedores del capitalismo. La inflación, la corrupción y la situación geopolítica de Rumania, disputada entre la esfera de influencia rusa y la OTAN, convierten al país en un blanco fácil de la manipulación.
El ejemplo más reciente son las recientes elecciones presidenciales, celebradas en noviembre de 2024 y anuladas, en las que las urnas favorecieron por sorpresa a Călin Georgescu, un candidato de ultraderecha promovido por Rusia mediante una campaña de TikTok. Es el legado final de Ceaușescu, treinta y cinco años después de aquel día de Navidad de 1989.





