El primer ministro de Armenia, Nikol Pashinián, denunció en redes sociales el pasado 25 de febrero un intento de golpe de Estado militar. Con esa alerta se desató un capítulo crucial en la crisis política que vive Armenia desde el acuerdo de alto el fuego con Azerbaiyán en noviembre, que finalizó la segunda guerra por el Alto Karabaj, territorio en disputa entre los dos países.
La oposición llevaba meses movilizándose contra Pashinián en medio del descontento generalizado por la capitulación en el conflicto con Azerbaiyán. Buena parte del Ejército se ha sumado a las críticas al primer ministro. Pashinián, entretanto, tiene el apoyo de la Asamblea Nacional, en la que su coalición, Mi Paso, tiene una mayoría cómoda, y de la Alcaldía de Ereván, donde vive más de un tercio de la población del país.
De líder popular al ocaso político en dos años
Pashinián llegó al poder en mayo de 2018 tras liderar las protestas populares que desembocaron en la denominada Revolución de Terciopelo por su carácter pacífico. Entre abril y mayo de ese año se produjeron protestas contra el entonces presidente Serzh Sargsián, quien se acercaba al final de su segundo mandato y pretendía ser investido primer ministro. El fuerte discurso anticorrupción de Pashinián, que ponía el foco en Sargsián y en el poderoso Partido Republicano que el presidente lideraba, le otorgaron una gran popularidad.
En aquel entonces incluso se vieron imágenes de soldados uniéndose a las protestas contra Sargsián, que dimitió el 23 de abril y dejó vía libre a Pashinián para ocupar el puesto de primer ministro interino. Su partido, Contrato Civil, formó la alianza Mi Paso, que consiguió un 70% de los votos en las elecciones legislativas de diciembre de ese año. Con esa amplia mayoría y el Partido Republicano sin representación, todo apuntaba a que Pashinián podría gobernar la legislatura siguiente con comodidad.
Las antiguas élites, sin embargo, aún controlaban buena parte de las estructuras del Estado, incluso sin estar en la Asamblea Nacional. El poder judicial ha sido la piedra en el zapato del primer ministro desde que llegó al poder. Pashinián incluso acusó a los miembros del Tribunal Constitucional de estar bajo el control del Partido Republicano e impulsó investigaciones criminales contra varios de ellos para forzar la renovación del órgano.
Las tensiones se dispararon en el verano de 2018 con el controvertido juicio contra el expresidente Robert Kocharián. Kocharián fue detenido hasta en tres ocasiones entre 2018 y 2019 por su papel en la violenta represión de las protestas en Ereván de 2008, en las que murieron dos policías y ocho manifestantes. En septiembre de 2020, una reforma del sistema judicial puso punto y aparte en el conflicto entre el poder ejecutivo y el judicial. Pero Kocharián, en libertad bajo fianza, se ha convertido en una de las voces más críticas contra Pashinián, acusándole de haber forzado a Azerbaiyán a atacar por su desastrosa diplomacia.
2020: pandemia y guerra en el Alto Karabaj
Si la lucha de Pashinián en 2019 había sido interna y contra el sistema judicial, los problemas para Armenia en 2020 vinieron de manos de la pandemia y, sobre todo, de la guerra. La covid-19 golpeó con fuerza al país a principios de año. Apenas dos semanas después de decretar una cuarentena de mes y medio, los hospitales armenios estaban al límite de su capacidad. El estado de emergencia se mantuvo desde marzo hasta septiembre, para cuando la situación había mejorado. De hecho, en julio el 71% de la población aprobaba la gestión de la pandemia y un 81% tenía una opinión positiva de Pashinián. Armenia es además el único país de la región que no ha impuesto una segunda cuarentena. No obstante, los primeros estudios sobre el impacto económico de la covid-19 apuntan a una caída del PIB del 8% y a un empobrecimiento notable de la población.
A las 3.000 vidas que se ha cobrado la pandemia en el país pronto habría que añadir las de la nueva guerra por el control del Alto Karabaj, territorio disputado con Azerbaiyán. Cuando cayó la URSS, la región quedó legalmente en territorio azerbaiyano, a pesar de que su población era mayoritariamente armenia. Las tensiones entre las dos exrepúblicas soviéticas desembocaron en la primera guerra del Alto Karabaj (1992-1994), en la que Armenia se hizo con la región. Desde entonces la ha controlado a través de la República del Alto Karabaj —desde 2017, República de Artsaj—, un Estado satélite de Armenia no reconocido por ningún miembro de la ONU. Más de 20.000 personas murieron en el conflicto, hubo más de un millón de desplazados y el 14% del territorio azerbaiyano quedó bajo control de Ereván y de la República de Artsaj.
Azerbaiyán no ha renunciado a recuperar esos territorios y los enfrentamientos han sido constantes. Bakú lanzó en septiembre de 2020 una potente y sorpresiva ofensiva militar contra la región con apoyo turco y de mercenarios sirios. Los azerbaiyanos avanzaron rápidamente en el sur de la República de Artsaj y en octubre Pashinián se vio forzado a solicitar asistencia a Rusia. Armenia es aliado militar de Rusia en el marco de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, pero el Kremlin se limitó a garantizar que intervendría si se atacaba el territorio armenio oficial, lo cual excluye a la República de Artsaj, autoproclamada independiente.
Azerbaiyán consiguió una victoria decisiva el 8 de noviembre al capturar la ciudad estratégica de Shusha, en la carretera principal entre Stepanakert, capital de Artsaj, y el territorio armenio. Al día siguiente, el presidente ruso, Vladímir Putin, logró orquestar un alto el fuego y un acuerdo histórico entre los dos beligerantes. El texto preveía no solo que Bakú conservara los territorios que acababa de tomar, sino que además le fueran cedidos de forma escalonada los que había perdido en la guerra de 1994. Pashinián, sin posibilidades de imponerse en un conflicto que se había cobrado más de 5.600 vidas y que desplazó a más de 40.000 personas, firmó el documento que certificaba la derrota.
Algunos armenios residentes en los territorios que han pasado a Azerbaiyán tras el acuerdo han preferido quemar sus hogares antes que dejarlos en manos azerbaiyanas. Además, en el Alto Karabaj hay monumentos que vinculan la cultura, religión e historia regional con la nación armenia desde hace más de mil años, como el monasterio de Amara o la basílica de Tsitsenavank. Su cesión, por tanto, es traumática para el pueblo armenio.
El golpe de Estado militar que no llegó
Armenia recibió el alto el fuego como una derrota absoluta que provocó un terremoto social y político. Las protestas contra Pashinián fueron especialmente virulentas en la capital: los manifestantes llegaron a acceder por la fuerza a edificios públicos y a la residencia del primer ministro, de donde sustrajeron objetos personales. El portavoz de la Asamblea y miembro del partido de Pashinián, Ararat Mirzoián, corrió peor suerte: fue agredido por los manifestantes y tuvo que ser hospitalizado.

Tras semanas de tensión, toda la oposición se unió en diciembre para nombrar un candidato que sustituyera a Pashinián en el Gobierno: Vazgen Manukián, primer ministro en 1991 y ministro de Defensa durante la guerra de 1992 a 1994. Sin embargo, la Ley Marcial, en vigor desde el comienzo de las hostilidades, y la reticencia de Pashinián a abandonar el cargo mantuvieron la situación en punto muerto. La oposición retomó el pulso en la calle a finales de febrero, pero los sondeos mostraban una intención de voto por la alianza Mi Paso, liderada por Pashinián, de más del 30% y al primer ministro como el político mejor valorado, con 2,8 puntos sobre 5. Además, el 32% de los encuestados culpaba a las antiguas élites del resultado del conflicto con Azerbaiyán, frente a un 28% que hacía responsable al Gobierno. A pesar de la tensión institucional, Pashinián se sentía respaldado.
Sin embargo, el primer ministro cometió un error que le ha sumido en una nueva crisis. El detonante fue la destitución el 25 de febrero del subjefe del Estado Mayor, el general Tigrán Jachatrián, que se había burlado de unas declaraciones de Pashinián en las que lamentaba la poca efectividad de los sistemas de misiles rusos. En respuesta, cuarenta altos mandos del Ejército firmaron el mismo día un documento en el que criticaban la destitución y exigían la dimisión de Pashinián, pero el primer ministro contestó con el despido del jefe del Estado Mayor, el coronel general Onik Gasparián.
Pese a que no hubo movimientos más allá de la carta colectiva, Pashinián denunció en sus redes sociales un intento de golpe de Estado. Por su parte, el presidente armenio, Armén Sarkisián, se negó a firmar la destitución de Gasparián y delegó la decisión en el Tribunal Constitucional, que tendrá que pronunciarse sobre la ley actual del Ejército y su relación con el Ejecutivo. Entretanto, Pashinián confirmó la destitución del coronel general el 10 de marzo, provocando una nueva escalada de tensiones. La situación ahora es crítica: se han llegado a ver francotiradores en la Asamblea Nacional y el primer ministro trata de ganar control sobre el Servicio Nacional de Seguridad, encargado de su protección.
Ni golpe, ni dimisión, ¿elecciones?
En paralelo a la tensión con el Ejército, el antiguo primer ministro Vazgen Manukián sigue representando a la oposición en las negociaciones con el Gobierno, que pretenden desembocar en unas elecciones anticipadas. Pero el 3 de marzo se abrió una investigación criminal contra Manukián por haber llamado “a la toma del poder y a alterar el orden constitucional por la fuerza”. Esta última crisis ha recrudecido la lucha en las calles entre partidarios y detractores de Pashinián, pero ningún bando ha logrado reunir a más de 20.000 personas en la capital, de un millón de habitantes. Durante la Revolución de Terciopelo en 2018 llegaron a congregarse más de 200.000.
Pese a que la situación cambia día a día, la baja movilización popular hace que el escenario más probable sea una resolución electoral en los próximos meses. La duda es si Pashinián se mantendría en el poder hasta entonces. La relación entre el Gobierno y el Ejército aún es tensa y el bloqueo político podría alargarse durante semanas. No obstante, el primer ministro puede haber perdido apoyo tras la derrota en la guerra, pero sigue siendo popular y buena parte de los armenios duda de si otros lo hubieran hecho mejor en su lugar.