Tras más de cuatro años de conversaciones y seis meses de retraso, África inauguró el 1 de enero el Tratado de Libre Comercio Africano (AfCFTA, por sus siglas en inglés), el área de libre comercio más grande del mundo por número de países. 54 de los 55 Gobiernos del continente, todos salvo Eritrea, han acordado romper barreras en un momento en el que el mundo las levanta. El AfCFTA pretende eliminar el 97% de los aranceles para 2035, lo que se espera que impulse el comercio entre los participantes en un 81% en el mismo periodo. Si todo va según lo previsto, el comercio intrarregional pasará de representar un 12% del total en 2019 a un 50% en 2040, en línea con otros continentes como Asia, con el 59%, o Europa, un 69%.
Una unión comercial complicada
La economía africana depende en exceso de un intercambio comercial con el exterior de bajo valor. Más de la mitad de las exportaciones de África subsahariana son de materias primas como el petróleo crudo, el gas natural, el oro y los diamantes. En cambio, las importaciones son en su mayoría de bienes de consumo como el petróleo ya procesado, medicamentos o coches. Un buen ejemplo es el té. A pesar de que desde el continente sale una quinta parte del té del mundo y Kenia es el tercer país exportador mundial por volumen, África importa de China el 43% del té que consume.
El intercambio comercial con la Unión Europea es una prueba de cómo la región exporta mayoritariamente materias primas e importa productos finales, generalmente más caros. Mientras que el 65% de los productos que viajan de África a Europa son bienes primarios como el petróleo, el gas y alimentos, el 70% de los que hacen el camino inverso son productos manufacturados, principalmente maquinaria y vehículos. En cambio, en el comercio entre países africanos sí predominan los productos ya procesados, que representan un 42% del total de las exportaciones.
El AfCFTA pretende impulsar un cambio estructural en la economía continental. Al mirar hacia dentro de sus fronteras, África busca incrementar sus exportaciones de productos manufacturados, ganando valor añadido y creando puestos de trabajo. El Banco Mundial prevé que, si se consigue, de aquí a 2035 los salarios subirán en torno a un 10% tanto para mujeres como hombres, lo que contribuirá a sacar a treinta millones de personas de la pobreza extrema.
Sin embargo, la diferencia en los beneficios que puede traer el AfCFTA alrededor del continente puede dificultar una puesta en marcha coordinada. El ingreso medio de los países africanos aumentará en un 7% para 2035, pero subirá un 14% para Costa de Marfil mientras que para Malaui tan solo un 2%. Este problema es especialmente grave en economías grandes y poco diversificadas como la de Nigeria, último país en ratificar el acuerdo en 2020. Su dependencia de la exportación de petróleo reduce el beneficio del AfCFTA para este país y, con él, los incentivos para el acuerdo. Por su parte, los países más pequeños y menos desarrollados temen que las grandes potencias acaben dominando el espacio comercial. La propia Nigeria, Sudáfrica y Egipto suponen más del 50% del PIB continental, mientras que sumados, los seis países isleños —Cabo Verde, Comoras, Madagascar, Mauricio, Santo Tomé y Príncipe y Seychelles— solo contribuyen un 1% al PIB de África.


A ello se le añade la necesidad de coordinar la industrialización del continente para que no haya conflictos de intereses. Cada país africano debe buscar la especialización en un sector o producto que le permita abrirse a nuevos mercados y reducir precios al incrementar la producción. Esto también puede dañar sectores no primordiales en algunos países, para los que se necesitarán políticas de reestructuración.
Asimismo, existen dificultades a la hora de incrementar la producción en el continente o mejorar el transporte. Por un lado, los Gobiernos necesitan potenciar la industria, la tecnología y la formación de sus ciudadanos con medidas como incentivos fiscales o subsidios. También deberán mejorar la conexión con ciudades apartadas. Aunque un 90% del transporte de mercancías y pasajeros en África se hace por carretera, menos de una tercera parte de las vías están asfaltadas. De estas, tan solo la mitad están en buenas condiciones, lo que aumenta en un tercio los costes de transporte.
Para mejorar su infraestructura, África también depende en exceso del exterior. China es el principal inversor en este sector, involucrado directamente en la construcción de uno de cada tres proyectos de transporte y financiando uno de cada cinco. Hasta cuarenta países africanos han firmado acuerdos con el gigante asiático desde 2015 para modernizar carreteras, vías férreas y puertos dentro de la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, proyectos que no siempre son beneficiosos para estos países.


Un ejemplo es el mastodóntico ferrocarril keniano que conecta la costa con el interior del país. El proyecto es el más caro desde la independencia de Kenia: 3.600 millones de dólares para el primer tramo desde el puerto de Mombasa hasta la capital, Nairobi, y otros 1.500 millones para llegar hasta Naivasha, en el interior. La obra se ha financiado en un 90% con dos préstamos chinos concedidos en 2014 y 2015. Para poder pagarlos a tiempo, el Gobierno keniano obliga a usar este tren para transportar productos desde y hasta Mombasa, una decisión criticada por los comerciantes, que aseguran que las altas tarifas del viaje incrementan los costes de transporte en un 50%. En sus tres primeros años, los resultados no han sido los esperados: el ferrocarril ha dado pérdidas por valor de casi doscientos millones de dólares, lo que hace temer que Kenia no pueda pagar el préstamo. A este problema se suma que un tercio de los empleos generados los ocupan chinos, en su mayoría en puestos de dirección y supervisión, mejor remunerados.
China y la diplomacia trampa de la deuda
La deuda que Kenia debe a China se ha multiplicado por diez en los últimos cinco años, y ha pasado de suponer un 24% de la deuda bilateral del país en 2013 a un 72% en 2018. Con todo, Kenia es solo el cuarto país africano al que más dinero ha prestado China. En total, Pekín ha concedido préstamos por valor de 148.000 millones de dólares desde el año 2000 hasta el 2018, el doble que el Banco Mundial. El gigante asiático ofrece más dinero, pero con una tasa de interés más alta, del 4,14% por un 2,1% de la institución internacional.
Todo ello ha causado que muchos países africanos entren en una espiral de deuda difícil de pagar. En 2019, el Fondo Monetario Internacional (FMI) clasificó a un tercio de los países africanos de países con riesgo alto de impago. Ahora la pandemia ha empeorado gravemente la situación. Para evitar una cascada de impagos, el G20 —que reúne a los países más industrializados y a los emergentes, incluida Sudáfrica como único representante africano— han acordado por dos veces suspender el pago de la deuda, hasta junio de 2021, de los 73 países considerados los más pobres del mundo. La mitad de ellos son países africanos.
No obstante, muchos líderes del continente han considerado esta medida insuficiente. Argumentan que solo ha permitido retrasar el pago de una parte menor de la deuda, 5.700 millones de los 178.000 que deben. Además, la suspensión no incluye a países considerados más desarrollados como Sudáfrica o Mauricio, ambos con una deuda pública que alcanza el 80% de su PIB. Dirigentes como el primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, han pedido paquetes de estímulo y la cancelación efectiva de la deuda durante el tiempo que dure la pandemia.


Por otro lado, la suspensión acordada por el G20 no ha venido acompañada de acuerdos bilaterales con los dos principales acreedores de la deuda africana: China y los prestamistas privados. Zambia se declaró en impago en noviembre de 2020, el primer país africano tras la pandemia, incapaz de llegar a un acuerdo con los inversores privados que controlan el 40% de sus bonos. Por su parte, China ha animado a los países que más le adeudan a participar de las ayudas del G20. Así ha sido con Angola, cuya deuda asciende al 120% del PIB y al que China ha prestado 43.200 millones de dólares desde comienzo de siglo, tres veces más que a ningún otro país africano. Pekín busca así igualar sus esfuerzos al resto de países y, aunque se ha mostrado reticente a dar más ayudas, estará obligado a reestructurar la deuda que posee con varios países para mantener su papel de socio preferente del continente. China ya ha llegado a un acuerdo con la República Democrática del Congo para suspender el pago, al que le seguirán negociaciones con Etiopía, Kenia o el país más endeudado del continente, Yibuti, con una deuda del 150% sobre el PIB.
El analista indio Brahma Chellaney ha calificado este dominio chino de la economía africana de “diplomacia de la trampa de la deuda”. China invierte en proyectos mastodónticos orientados a su Nueva Ruta de la Seda y con ello carga de deuda a esos países, cuyas economías se vuelven dependientes del país asiático. Una estrategia con la que Pekín busca controlar infraestructuras vitales para las economías locales, según algunos analistas. Sin embargo, otros aseguran que esas acusaciones son infundadas y que muchos países se están desarrollando gracias a un dinero chino sin el cual no lo estarían haciendo. El acuerdo del ferrocarril keniano obliga a Kenia a usar los ingresos del puerto de Mombasa para pagar la deuda con China si es necesario. La diplomacia china ha descartado esa posibilidad, pero eso no disipa el temor de que China acabe controlando vías de ingresos vitales para muchos Gobiernos africanos.
Independencia económica a largo plazo
África sufrió su primera recesión en veinticinco años en 2020, con una contracción del 3,3% causada por la pandemia. A pesar de que se espera que en 2021 el continente vuelva a la senda del crecimiento, el FMI estima que África dejará de crecer más rápido que el resto del mundo, a un ritmo del 3,7% frente a un 4,3% global. La desaceleración, causada por el descenso del comercio internacional, dificultará el pago de la deuda externa de África, que sufrirá a corto plazo. En esta difícil situación, la entrada en vigor del AfCFTA supone una oportunidad para dejar de depender del exterior. Más de sesenta años después de que la mayoría de sus países alcanzaran la independencia, África busca la independencia definitiva, la económica.



