Abiy Ahmed se convirtió en primer ministro de Etiopía en abril de 2018, a sus 41 años. Encontró el país en estado de emergencia y en tres meses consiguió levantarlo, liberar a presos políticos y periodistas encarcelados, legalizar partidos anteriormente considerados grupos terroristas y arreglar en un santiamén un conflicto con la vecina Eritrea que duraba ya más de 20 años. En solo un año y medio, Ahmed ha cambiado radicalmente el aspecto político de Etiopía, que ha pasado de no saber solventar sus propios conflictos a ser clave como mediador en otros como el de Sudán. A ello se le une su compromiso con el feminismo, que le ha llevado a nombrar al primer Gobierno partirario de la historia del país y promover el nombramiento de la primera jefa de Estado etíope, Sahle-Work Zewde, nombrada por el Congreso tras la renuncia del expresidente Mulatu Teshome en octubre de 2018. Además, su aperturismo económico ha terminado por encandilar a Occidente, que le ha convertido en referencia reformista frente a los tradicionales dinosaurios políticos que todavía gobiernan en numerosos países africanos.
Sin embargo, Occidente y el Comité Noruego del Nobel obvian otros preocupantes acontecimientos, como la creciente tensión intercomunitaria que ha destapado Ahmed al abrir la caja de Pandora de un país con unas relaciones delicadas entre etnias, que causó el fallido golpe de Estado contra el Gobierno de la región de Ahmara en junio de 2019. Además, la tensión internétnica convirtió a Etiopía en el país con el mayor número de desplazados del mundo en 2018, con casi 3 millones de personas que tuvieron que abandonar sus casas. A ello se le une además la violación de los derechos humanos en connivencia con Arabia Saudí para deportar cada mes a 10.000 etíopes del país árabe, que vuelven tras ser abusados en campos de detención.
Para ampliar: “Etiopía, el despertar del león africano”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2016
La crucial paz con Eritrea
“El comité nobel noruego ha decidido otorgar el premio Nobel de la Paz 2019 al primer ministro etíope Abiy Ahmed Ali por su esfuerzo por conseguir la paz y cooperación internacional, y especialmente por su iniciativa para resolver la disputa fronteriza con su vecina Eritrea». Así anunciaba la presidenta del comité Berit Reiss-Andersen el premio para el jefe del Ejecutivo etíope. La resolución de un conflicto que ha durado más de dos décadas ha sido la clave para que Ahmed haya recibido el galardón y que, por segundo año consecutivo, recaiga en un africano, tras el doctor congoleño Denis Mukwege el año pasado por sus esfuerzos por acabar con la violencia sexual hacia las mujeres en su país.
El conflicto con Eritrea se remonta a los años 60. Durante treinta años los eritreos lucharon contra los etíopes por conseguir la independencia, algo que finalmente se les concedió tras un referéndum supervisado por las Naciones Unidas en 1993. Lo que parecía el fin del conflicto fue todo lo contrario, pues cinco años más tarde las tensiones resurgieron tras entrar las fuerzas de seguridad de Eritrea en la región etíope de Badme y comenzar una sangrienta guerra por delimitar la frontera entre ambos países que dejó unos 80.000 muertos. A pesar de firmar un acuerdo de paz en Argel en el año 2000, las tensiones entre ambos países continuaban y la frontera permaneció cerrada y militarizada, con miedo a que pudiera resurgir un conflicto armado.
Sin embargo, a su llegada al Gobierno Ahmed sorprendió al mundo al anunciar que Etiopía aceptaba todas las cláusulas del acuerdo del año 2000 y de la comisión fronteriza de la ONU, que otorga la región de Badme a Eritrea. Ahmed y el presidente de Eritrea, Isaias Afwerki, abrieron juntos la frontera en julio de 2019, en una estampa única que dio paso a imágenes de familias reunidas tras dos décadas separadas y la aerolínea estatal Ethiopian Airlines volando de nuevo a Asmara, capital del país vecino.
Detrás de los motivos altruistas de paz del nuevo primer ministro etíope estaba también un gran interés económico por ambas partes. Con una población de más de cien millones y un crecimiento económico del 7,7% previsto para 2019, Etiopía necesitaba cada vez más de los puertos eritreos de Assab y Massawa para dar salida a sus productos y no estancar sus exportaciones, canalizadas a través del pequeño país de Yibuti durante estos años. Por su parte Eritrea necesitaba abrirse a la región tras quedar totalmente bloqueada después de que Sudan, por donde entraban sus recursos, cerrara también la frontera entre amnbos países en 2018. Ahogada económicamente, la paz con Etiopía era necesaria para el presidente Afwerki para levantar las sanciones que la ONU había impuesto hacía nueve años y mantener la economía y su régimen a flote.
Para ampliar: “Yibuti, el centinela de Bab al Mandreb”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2016
Un medemer acusado de populista
La paz con Eritrea es solo la punta de lanza de la visión que Ahmed ha querido implementar a su llegada. El primer ministro ha promovido el modo medemer que, en lengua amhárica —la mayor del país—, alude a la capacidad de unir y sumar. En ese sentido se entiende también su elección como primer ministro en un principio. Ahmed es el primer líder etíope de la etnia oromo, la mayoritaria del país seguida de la comunidad amhara. Tradicionalmente, los oromo se han visto marginados en la política y fueron jóvenes activistas de esta etnica quienes lideraron las protestas contra el autoritarismo y el arresto del líder oromo Bekele Gerba, que acabaron propiciando la caída del primer ministro Hailemariam Desalegne, antecesor de Ahmed. Tras acceder al poder, Ahmed dio un paso histórico viajando a la región de Oromia y ser el primero en dar un discurso de unión en la lengua oromo, no oficial en el país como el inglés o el amhárico. A ello se le unió la legalización del Frente de Liberación de Oromo y Ginbot 7, dos partidos opositores considerados como terroristas anteriormente, y la bienvenida a sus líderes que vuelven del exilio, como Berhanu Nega, jefe de Ginbot 7 que hasta entonces coordinaba ataques contra el Ejército etíope dede Eritrea.
Sus políticas de unión, reconciliación y convivencia han dado mucho prestigio a Ahmed, pero también ha aflorado unas tensiones entre grupos étnicos que datan desde el final de la época comunista en 1991, cuando la pequeña etnia tigray se hizo con mucho poder en el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, la coalición de cuatro partidos de diferentes etnias que gobierna desde entonces el país. Ahmed se ha granjeado opositores entre miembros de las etnias tigray y amhara, que le acusan de populista. El fallido intento de asesinato mientras daba un mitin dos meses después de su llegada al poder se consideró como la reacción de un sector conservador de la población que no comparte su agenda reformista.
Para ampliar: “El origen del nacionalismo étnico en Etiopía”, Alejandro Salamanca en El Orden Mundial, 2018





