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Mukwege y la violencia sexual en República Democrática del Congo

Mukwege y la violencia sexual en República Democrática del Congo
© Claude Truong-Ngoc

La violencia sexual contra las mujeres es una de las caras que toman los conflictos armados, pero también tiene cabida en tiempos de paz. La República Democrática del Congo (RDC), donde la última guerra terminó en 2003, se considera hoy en día la “capital mundial de las violaciones”. Existen múltiples iniciativas frente a esta lacra, pero en estos días cabe destacar la labor del recientemente reconocido como premio Nobel de la Paz, Denis Mukwege.

En la RDC la guerra terminó en 2003, pero algunas dinámicas violentas siguen vivas, especialmente en regiones como Kivu, en la parte oriental del país, donde diferentes grupos armados continúan en conflicto por el control de los recursos minerales y atacan a las poblaciones locales y a las mujeres, como se hacía durante la guerra. ¿Por qué se utiliza la violencia sexual contra las mujeres como arma de guerra o como vía de disputa? A veces se perpetúa como el eslabón final de humillación al contrario vencido; otras veces, como venganza por actos parecidos, y otras, como estrategia para atemorizar a la población civil en un momento de conflicto.

Las mujeres han sido tradicionalmente las transmisoras de la cultura, quienes crean comunidad y fortalecen el sentimiento de pertinencia. Con unas mujeres vulnerables y atemorizadas, su fuerza se diluye y, con ella, la de la comunidad. Además de la voluntad de infundir el miedo entre la población, las pautas sociales que tratan a las mujeres como seres subordinados hacen que la violencia contra ellas sea invisibilizada. La impunidad, la corrupción y unas estructuras sociales e institucionales débiles crean un ambiente perfecto para que la violencia contra las mujeres tenga cabida.

Para ampliar: “La violencia sexual: un problema de guerra y paz”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2016

Según una encuesta de 2007, en la RDC podría llegar a haber 400.000 violaciones al año, casi 48 cada hora. Por ello se considera la “capital mundial de las violaciones”; en ella los grupos armados y el Ejército están inmersos en un conflicto y se valen de la violencia sexual contra las mujeres para demostrar su poder al mismo tiempo que la entienden como parte de sus vidas. En 2014, en la región de Kivu sur, hubo con frecuencia ataques a menores de diez años y hasta a bebés. Se rumoreaba que algunos hombres utilizaban la sangre de estas niñas porque creían que, untándose con ella, las balas podían traspasar sus cuerpos sin hacerles daño. En 2016 un tribunal militar acusó al político representante de un grupo de rebeldes, Frederic Batumike, de liderar esos ataques. Desde su condena, no se han conocido ataques nuevos en la región, pero la violación sexual sigue marcando la vida de los congoleños y tiene efectos negativos incalculables.

Sanciones y prevalencia de la violencia sexual contra las mujeres en 2011. Fuente: WomanStats

Si no se responde contundentemente, las víctimas sufren consecuencias físicas y psicológicas. Culpabilizadas, reciben el rechazo de sus familias, ya que pierden su honor y, en muchas ocasiones, también su trabajo. En caso de quedar embarazadas, sus descendientes también son rechazados y estigmatizados de por vida, fácilmente identificables debido a sus nombres: Fortuna si es niña y Dieu-merci —‘gracias a Dios’ o ‘Dios mediante’— si es niño. Para evitar esta segregación y ante una falta de recursos judiciales, muchas son silenciadas. Lo peor de esta impunidad es que las futuras generaciones suelen ser más tolerantes a la violencia sexual.

En la RDC mueren durante el embarazo o el parto 693 mujeres por cada 100.000 nacidos vivos. La probabilidad de fallecimiento por causas relacionadas con la maternidad es del 4%, una de las diez más altas del mundo. Algunas mujeres, por falta de recursos, no dan a luz mediante cesárea y acaban con lesiones internas y externas que les provocan dolores en el abdomen y la segregación permanente de flujos malolientes, lo que las aparta de la vida en comunidad e incluso las obliga a quedarse encerradas en casa. Aunque se trata de una operación normalmente sencilla, suelen sufrirlo en silencio y evitan ir al médico.

Tasa de mortalidad materna (2015). Fuente: WomanStats

Denis Mukwege, premio Nobel de la Paz en 2018, y su equipo dan respuesta a estas dos lacras: las consecuencias de las violaciones sexuales y las de los partos y embarazos mal programados. El hospital de Panzi, que reabrió sus puertas un año después de ser destruido en 1998, ha tratado a cerca de 40.000 víctimas de lesiones ginecológicas graves causadas por violaciones o partos. Quienes no pueden pagar la intervención reciben tratamiento gratuito.

La reconstrucción para mujeres cuya vagina o recto han sido enteramente destruidos con cuchillos u otros objetos mejora significativamente su calidad de vida, ya que debido a estas lesiones no controlan su orina o defecaciones. También se da apoyo psicológico, financiero, legal y de empoderamiento. A pesar de las amenazas e intentos de asesinato, Mukwege continúa con su labor en Bukavu. Su trabajo es fundamental para afrontar las consecuencias de la violencia obstétrica y sexual, pero hay que ir más allá de las puertas del hospital con estrategias que pongan fin a la desigualdad entre hombres y mujeres, especialmente en las normas relativas al matrimonio, el empleo o el derecho a la propiedad.

Para ampliar: “Las mujeres somos víctimas de violencia sexual en Congo, pero también agentes para la paz”, Oriol Puig en El País, 2018

El premio Nobel ha dado a conocer el trabajo de Mukwege, pero también ha sacado a la luz una lacra que arrastra la sociedad congoleña en silencio. Afortunadamente, Mukwege no está solo: muchas ONG, como Cruz Roja o Médicos Sin Fronteras, trabajan en el país para empoderar a las mujeres y dar respuesta a sus necesidades. También Naciones Unidas ha impulsado misiones de estabilización para investigar y confirmar casos de violencia sexual. El hecho de que estas misiones se mantengan indica que no parece que haya una mejora destacable. Es más, el anuncio del presidente Kabila de que aplaza las elecciones hace temer la escalada del conflicto entre grupos armados, con la sombra siempre presente de la violencia sexual como arma de guerra.

Dar visibilidad a este tipo de violencia, crear espacios donde compartir dolor y esperanza y garantizar entornos seguros para todas las mujeres mediante la educación en la igualdad son estrategias necesarias para que Panzi pueda ser un día un hospital donde solo se cree vida y no tenga que reconstruir cuerpos de mujeres. Mientras tanto, el temor a que renazca con fuerza una guerra civil como la que azotó el país entre 1997 y 2003 crece debido al deterioro de la autoridad central, la presencia de milicias que controlan el territorio en distintos puntos del país, la inseguridad alimentaria y la pobreza crónica, y también aumenta el temor a que, con una escalada del conflicto, la violencia sexual no vea su fin.