Sol y playa en el Chipre dividido: el verdadero origen de ABBA

Extracto del libro ‘Atlas de sonidos remotos’, del politólogo y colaborador de EOM Víctor Terrazas, publicado por Menguantes. Muestra cómo es la música en lugares menos conocidos de todo el mundo. Uno de ellos es Varosha, el distrito turcochipriota abandonado donde nació el grupo ABBA antes de volverse un fenómeno con Eurovisión.
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Sol y playa en el Chipre dividido: el verdadero origen de ABBA
El grupo ABBA en 1979. Fuente: Fernando Pereira / Archivo Nacional Neerlandés (Wikimedia Commons)

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Boutiques de ropa, elegantes joyerías, acogedoras librerías-café y coloridos restaurantes discurren a lo largo de la calle Ledra, una de las principales arterias de la ciudad de Nicosia, en Chipre. En este sencillo y bullicioso boulevard de edificios ocres todo parece discurrir con aparente normalidad. Sin embargo, a cierta altura de la calle, junto a una tienda de souvenirs y un cajero automático, hay algo extremadamente inusual: un puesto fronterizo para cruzar al otro lado de la vía.

Al igual que sucedió en Berlín décadas atrás, un muro divide Nicosia. La Línea Verde o Green line se extiende más allá de la ciudad y, a lo largo de 160 kilómetros, atraviesa la isla mediterránea de este a oeste, separando la República Turca del Norte de Chipre, —reconocida únicamente por Turquía—, de la República de Chipre —miembro de la Unión Europea desde 2004—. Nicosia es una capital fragmentada y su superficie pertenece a dos países.

En el territorio chipriota, dominado por diversos imperios y Estados a lo largo de la historia (griegos, romanos, bizantinos, venecianos, otomanos y británicos), coexisten hoy en día diversas identidades nacionales, representadas principalmente por griegos y turcos. Las tensiones entre grecochipriotas y turcochipriotas comenzaron en 1960, cuando Chipre obtuvo su independencia del Reino Unido. Estas tensiones persistieron durante el proceso de configuración de un nuevo país y se intensificaron gradualmente, culminando en 1974 con un golpe de Estado liderado por nacionalistas progriegos. Su objetivo era anexionar la isla mediterránea al país heleno, por aquel momento sumergido en una dictadura. Ese mismo año, como respuesta, Turquía invadió el norte de la isla, desencadenando un conflicto armado. Aunque el golpe de Estado fracasó y fue restaurada la democracia, las fuerzas militares turcas nunca se retiraron, y muchos grecochipriotas, en su mayoría de fe ortodoxa, se vieron obligados a abandonar sus propiedades y a huir hacia el sur. Desde entonces, una zona de seguridad se impone en la isla. 

Esa línea divisoria también fragmentó a Famagusta, la ciudad costera que había sido hasta entonces uno de los mayores destinos turísticos de Europa. Allí, en las playas cristalinas del lujoso barrio de Varosha, se habían paseado estrellas de Hollywood como Brigitte Bardot, Paul Newman, Elizabeth Taylor o Richard Burton. Con el golpe de Estado, las manecillas de los relojes de Varosha se detuvieron y el tiempo quedó congelado en un eterno final de agosto.

Los cerca de 40 000 habitantes de Varosha dejaron atrás sus hogares con la esperanza de volver allí una vez finalizada la guerra. Sin embargo, tras los combates, la zona quedó en manos de la República de Chipre del Norte. A los que huyeron no se les permitió regresar y se convirtieron en refugiados dentro de su propio país. Una década después, una resolución de la ONU evitó que el distrito de Varosha fuese repoblado con población turca. 

Hoy sus antiguos hoteles de lujo, sus restaurantes con vistas al mar y sus playas de arena dorada son testigos mudos del dolor y del paso del tiempo. Todos los complejos vacacionales se han convertido en ruinas conquistadas por la naturaleza, las viviendas permanecen vacías y las paradisíacas playas están cercadas por alambradas. Carteles de zona restringida advierten un paso prohibido.

La música, un puente en tiempos de posconflicto

El conflicto ha trazado huellas profundas en la historia y la cultura de la isla. Los sonidos de morteros y balas han dejado ecos en la música chipriota. De nostalgia, dolor y pérdida habla la canción Famagusta, compuesta por el talentoso cantante Stelios Chiotis, quien regresó a Chipre después de haber emigrado a Inglaterra tras la invasión turca. Esta canción se convirtió en un himno que encapsula un sentimiento de pérdida, pero también de esperanza.

Si algo caracteriza la música chipriota es la variedad de sus influencias: escalas y melodías helénicas, instrumentación y ritmos otomanos, técnicas vocales bizantinas. Las danzas tradicionales también revelan las raíces eclécticas de Chipre. El syrtos, donde los bailarines se toman de las manos para formar una cadena, proviene de Grecia. El antikristos, un baile para parejas, es muy similar a la danza karsilamas extendida en Turquía. 

Desde tiempos históricos, la música ha desempeñado un papel fundamental como puente cultural. Un claro ejemplo de ello es la propuesta musical del aclamado artista de jazz Mehmet Ali Sanlıkol quien, siendo de ascendencia turcochipriota, ha logrado crear una conexión genuina a través de su álbum Music of Cyprus. En esta obra, Sanlıkol colabora con talentosos músicos grecochipriotas y rinde un emotivo tributo a las canciones folclóricas de ambas regiones divididas por la Línea Verde. Su enfoque innovador y su capacidad para unir a dos comunidades cuyas heridas aún siguen abiertas es verdaderamente efectivo y trascendental.

El grupo Monsieur Domaine, de Nicosia, muestra también de forma contundente cómo la música puede ser un poderoso elemento conciliador. Su estilo fusiona folk, jazz y rock progresivo y sus letras son reivindicativas y actuales. Antonis Antoniou, vocalista del grupo, con su primer álbum en solitario titulado Kkismettin, retrata musicalmente la actual Nicosia y combina influencias turcas y griegas con un claro objetivo: reafirmar la unidad en una ciudad dividida.

“Chipre es demasiado pequeño como para tener dos escenas musicales separadas”

La organización Home for Cooperation, ubicada en la zona de amortiguamiento de la ONU en Nicosia, ha desempeñado un papel fundamental en el fomento del diálogo y la colaboración entre turcos y griegos de Chipre. Sus actividades y proyectos parten del poder transformador del arte y la cultura como medio para fortalecer la paz en la isla. Gracias a ellos nuevos artistas emergentes chipriotas pueden dar a conocer su música y ofrecer una respuesta a las barreras físicas y mentales que existen aún hoy en la isla, como es el caso del álbum The time is ripe, en el que ha participado un colectivo de cuarenta músicos provenientes de ambos lados de la frontera y cuyo mensaje habla de unión y amistad. Según afirman los músicos que firman este esperanzador trabajo, Chipre es demasiado pequeño como para tener dos escenas musicales separadas.

Voces como las del Coro Bicomunal por la Paz, dirigido por Lena Melanidou en el distrito grecochipriota de Paphos, son un ejemplo de unidad y de esperanza. Formado por chipriotas turcos y griegos que cantan juntos en los dos idiomas oficiales, ensayan cada miércoles en el hotel Ledra Palace de Nicosia, en la zona de amortiguación de las Naciones Unidas. La mayoría de los miembros vivieron la guerra de 1974 y se conocieron gracias a la iniciativa de una asociación de vecinos cuyo objetivo era conseguir, de algún modo, la paz. 

El comienzo no fue fácil: al no disponer de un espacio para ensayar, tuvieron que practicar en el bosque, al aire libre, o en cafeterías, donde no eran bien vistos por aquellos clientes que estaban en contra de un acercamiento. Tuvieron que acostumbrarse a la vigilancia e intimidación por parte de ambos frentes y a las frecuentes visitas de espías que pretendían tener al grupo bajo control. No se rindieron. El coro lleva interpretando canciones tradicionales de Chipre desde hace más de 25 años. 

A través de la música, comparten la visión de un país reunificado y en paz. Todos los miembros del coro visten de blanco y es imposible distinguir quién es grecochipriota y quién turcochipriota. Su voz es la de toda Chipre. 

Sol y playa: el verdadero origen de ABBA

Publicada en septiembre de 1970 como cara B del disco Lycka y con una duración de poco más de tres minutos, la canción Hej gamle man! es la primera grabación en la que podemos escuchar juntas las voces de los cuatro miembros del grupo ABBA. Todavía faltarían dos años más para que el cuarteto sueco fuera creado oficialmente.

La idea de la colaboración entre Agnetha Fältskog, Björn Ulvaeus, Benny Andersson y Anni-Frid Lyngstad había surgido unos meses antes, gracias a un paquete vacacional que ofrecía la compañía de viajes sueca Fritidsresor para promocionar el turismo en playas del Mediterráneo. En abril, los cuatro músicos partieron rumbo a Chipre. Una vez allí disfrutaron de once días de sol y playa con todos los gastos pagados en el Twiga Tower, un alto y estrecho bloque de apartamentos vacacionales. A cambio solo tenían que posar durante una sesión fotográfica y ofrecer un concierto a los soldados de la ONU que se encontraban destinados en la isla. Por aquel entonces todos ellos habían empezado sus carreras como músicos en solitario.

La velada musical con la que deleitaron a un público de uniforme apenas duró treinta minutos; interpretaron varias canciones en sueco y, según la audiencia, no fue un espectáculo realmente memorable.  Aun así, este fue el germen de la carrera musical del grupo; el punto cero que precedió al espectáculo que presentarían después en Gotenburgo, llamado Festfolk. Pronto comenzaron a saborear el éxito, pero tenían que resolver una cuestión: necesitaban un nombre adecuado para el grupo. Su productor y representante, Stig Anderson, decidió solucionarlo y les propuso ABBA, un acrónimo (y palíndromo) formado por las primeras letras de sus nombres. Anderson no cayó en la cuenta en ese momento de que el nombre era también el de una compañía de conservas de pescado bastante conocida en Suecia. Afortunadamente, la empresa conservera no se opuso a que la banda utilizara el mismo nombre, siempre y cuando el grupo se comprometiera a no realizar una actividad que supusiera una competencia directa.

En 1974, Waterloo, una canción inspirada en la famosa batalla, cuya letra narraba una derrota amorosa, triunfó en el Festival de Eurovisión y la agrupación sueca conquistó el mundo. Se desataba el fenómeno ABBA. Ese mismo año, Varosha, la ciudad que los había visto nacer, se convertiría en una ciudad fantasma.

Víctor Terrazas

Madrid, 1995. Doctorando en Ciencias Políticas y de la Administración y RRII en la UCM. Graduado en Ciencias Políticas y especializado en Marketing y Consultoría. Mis investigaciones se centran en la relación en todos los países y latitudes entre dos elementos universales: la música y la política.