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Casi tres años después del inicio de la pandemia y uno de la guerra en Ucrania, Europa sigue teniendo problemas de abastecimiento de algunos metales raros para su industria tecnológica. En paralelo, los aviones de guerra chinos sobrevolaron el estrecho de Taiwán en 2022 el doble de veces que en 2021. Con Pekín amenazando con invadir la isla, que fabrica más del 90% de los chips más avanzados, cualquier disrupción puede paralizar sectores tan importantes para la economía europea como el del automóvil.
Por todo ello, el centro de la agenda tecnológica en 2023 será reducir la dependencia de Occidente hacia terceros países en favor de la deslocalización industrial. Garantizar que el talento y los materiales estén cerca será clave, igual que controlar las instituciones internacionales para gobernar la tecnología. 2023 es el Año Europeo de las Capacidades para la Comisión Europea y comienza con un compromiso con Estados Unidos para gobernar el panorama tecnológico internacional a través del Consejo de Comercio y Tecnología. En su última reunión, en diciembre, acordaron una hoja de ruta para la inteligencia artificial.
Más gasto en I+D+i
En 2022, Estados Unidos, la Unión Europea, Corea del Sur o Japón anunciaron jugosos paquetes de inversión en microchips para paliar una crisis de oferta y las consecuencias del deterioro geopolítico mundial. Aunque pueda parecer una buena idea (“si no puedes comprar chips fuera fabrícalos tú”), los analistas advirtieron que con tanto dinero de repente esa guerra de subsidios podría poner en peligro el suministro que la inversión en microchips quiere garantizar.
Estas ayudas para mejorar la posición de los países en las cadenas de valor de ciertos componentes ahondarán sus rivalidades, también dentro de la Unión Europea. Aunque España haya planificado más de 12.000 millones de inversión pública para microchips, las primeras plantas de fabricación de Europa las alojarán Francia, Italia y Alemania. Igualmente, a pesar de la campaña europea, el gigante de los microchips TSMC abrirá sus primeras fábricas fuera de Taiwán en Japón y Estados Unidos.
En 2023 también habrá otras industrias más presentes en los discursos políticos. Es el caso de las tierras raras, componentes necesarios para la industria tecnológica y cuya producción y exportación domina China. La Unión Europea ya ha anunciado una Ley de Materias Primas Críticas y países como Kazajistán están utilizando su riqueza mineral, necesaria para la industria tecnológica, para depender menos de Rusia.
Estas iniciativas dejan claras dos cosas: que los sectores relacionados con la tecnología son cada vez más y son estratégicos, y que la cooperación internacional se deja de lado por la regional, en el caso europeo, o por un “sálvese quién pueda”. La interdependencia, tantas veces descrita como fundamental para la paz mundial, también puede usarse contra los adversarios geopolíticos. Términos como “seguridad de suministro”, que definen la relación entre seguridad nacional y económica, han venido para quedarse.
Proteccionismo intelectual y tecnológico
A pesar de una mayor inversión en ciencia y tecnología, la incertidumbre por el deterioro del panorama geopolítico evidencia que la protección tecnológica es lo mejor, aunque no lo más eficiente. Ya no solo los conflictos amenazan a los países con no poder conseguir componentes, sino que la tecnología da ventaja allí a quien la controle. Además, con el deterioro de la cooperación internacional y el auge de Gobiernos autocráticos no se puede descartar que unos utilicen esa tecnología contra otros.
Esto ha llevado a los países a poner sobre la mesa iniciativas para controlar la inversión de otros en sus empresas tecnológicas y así evitar la transferencia tecnológica. En 2023, a ello se le sumarán nuevos controles de exportaciones que prohibirán la venta de componentes clave para industrias punteras como la inteligencia artificial y la computación cuántica. En Occidente, estos controles irán dirigidos no solo a países adversarios, como Rusia o China, sino que también afectarán a aliados, como las restricciones de exportación de ciertos elementos a Europa necesarios para avanzar en computación cuántica.
Europa también podría ampliar estas restricciones en la transferencia de conocimiento o componentes de microelectrónica a Estados Unidos, al que ve como principal competidor en algunas tecnologías emergentes. Por ello las conversaciones en el Consejo de Comercio y Tecnología serán clave este año. Además, se intensificarán los debates sobre el valor de la cooperación científica internacional. Poco a poco habrá más obstáculos a estudiantes internacionales, sobre todo en Estados Unidos, como ya lo intentó Donald Trump con China. Eso seguirá poniendo en peligro los principios de la ciencia abierta, que ha ayudado al progreso económico y científico internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La ciencia abierta ha permitido publicar material de investigación, crear equipos de investigación y colaborar a escala internacional para avanzar en desafíos comunes como la lucha contra el cáncer. Pero su fragmentación puede tornarse más real con nuevas políticas para el control del conocimiento en Estados Unidos o Europa, como la necesidad de una licencia de exportación para publicar en revistas científicas internacionales sobre ciertas disciplinas científicas. Ya pasa en la biotecnología.
Más desiguales, más vulnerables
Estas medidas tienen como objetivo evitar que rivales geopolíticos avanzaran más rápido en tecnologías estratégicas como el 6G, la computación cuántica o la inteligencia artificial. Los países fomentarían así el desarrollo nacional o dentro de alianzas internacionales, como la propia Unión Europea o sus posibles acuerdos con Canadá, Corea del Sur o Singapur. Con la humanidad luchando contra peligros comunes como el cambio climático, el proteccionismo tecnológico quizá sea una herramienta para mitigar riesgos a corto plazo, pero limita lo que la humanidad podrá hacer para salvarse.
El auge de potencias autoritarias, el deterioro de la democracia y el auge de más conflictos son clave para entender el proteccionismo tecnológico. Occidente, por ejemplo, puede tener éxito frente a China en la carrera por la inteligencia artificial u otras tecnologías emergentes. Sin embargo, ese proteccionismo también puede perjudicar a países en vías de desarrollo que las necesitan para impulsar su economía o cumplir con los objetivos de sostenibilidad, como las restricciones a las tecnologías verdes.





