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Repasando los resultados del último Latinobarómetro sobre la situación política en América Latina, se asiste a una paradoja: Venezuela es uno de los Estados en los que más fe se tiene en el sistema democrático. Este dato entra en disonancia con la opinión mediática: o los venezolanos están alienados por la retórica populista de tantos años de chavismo —lo cual no parece probable vistas las protestas—; o la encuesta está manipulada —lo que tampoco parece plausible observando la tendencia, metodología y los malos resultados que obtiene el país en otras cuestiones más críticas para el Gobierno—, o simplemente hay una concepción de la democracia en Venezuela que a quienes vivimos en la zona norte del Atlántico se nos escapa.
Venezuela celebra hoy unas elecciones presidenciales con un resultado previsible, que no es sino la renovación del mandato de Nicolás Maduro. El camino hacia estos comicios ha sido tortuoso por la retorsión de los mecanismos políticos y legales que han ido haciendo el Estado en general y el presidente en particular: atrasos y adelantos de fechas a conveniencia, poderes paralelos, inmensas trabas a los principales candidatos y partidos de la oposición para dificultar o impedir su concurrencia, fraudes electorales y una ristra de irregularidades que no hacen sino caracterizar estos comicios como parte de las mismas dinámicas.
Sin embargo, relegarlo todo a una manipulación del juego electoral sería un análisis incompleto. Es un factor clave, pero no termina de explicar por qué Venezuela, a pesar de estar viviendo la peor crisis de su Historia, no ha terminado de explotar y ni la revuelta ciudadana ni el estamento militar ni la presión exterior ni el colapso de la economía han sacado a Maduro del poder.
El balance del primer mandato de Maduro con las cifras delante es desolador: el país se ha derrumbado económicamente, la corrupción y el crimen siguen en niveles altísimos y la deriva autoritaria es cada vez más patente.
El chavismo sigue teniendo un atr...
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