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Turquía no estaba preparada para el terremoto y eso va a pasar factura al Gobierno. Erdoğan lo sabe, pues llegó al poder en 2003 gracias al descrédito de sus antecesores, incapaces de gestionar el seísmo de İzmit de 1999. Entonces Erdoğan era un joven islamista, demócrata y reformador. Dos de sus promesas estrella eran transparencia y leyes de protección frente a terremotos, imprescindibles en un país de gran riesgo sísmico donde solo en 2022 se registraron más de 22.000 temblores. Sin embargo, durante su mandato no ha habido grandes cambios.
Veinte años después otro terremoto ha dejado decenas de miles de muertos y edificios destruidos, y un Gobierno cuestionado por su lenta respuesta y la falta de medidas de prevención. Llega en el peor momento para Erdoğan: tres meses antes de las elecciones del 14 de mayo, con la inflación disparada en el 64% y unas encuestas ajustadas que le dan ventaja a la oposición. Hasta el seísmo el debate se centraba en la economía, el recorte de libertades o los refugiados. Pero esta catástrofe se ha convertido en el asunto que determinará el futuro político de una Turquía polarizada y sumergida en una grave crisis económica.
Construcción descontrolada y fondos desaparecidos
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