El acusado se pone en pie para escuchar la lectura del veredicto: culpable. De estampa imponente, con barba y pelo canoso, nada más hacerse el silencio proclama con voz rotunda: “¡Juez! Slobodan Praljak no es un criminal de guerra. Con desprecio rechazo su sentencia”. Se lleva a los labios un frasco que llevaba oculto y apura hasta el fondo su contenido, que le matará en cuestión de horas. Hasta su suicidio ante las cámaras de televisión en noviembre de 2017, Slobodan Praljak apenas era conocido fuera de la antigua Yugoslavia, a diferencia de otros reos del Tribunal de La Haya como Slobodan Milošević o Ratko Mladić.
Nacionalista en parte por convicción, en parte por sentimiento de culpa respecto al pasado de su padre, Praljak comandó el ejército croata en la guerra que asoló Bosnia-Herzegovina y el tribunal le condenó a veinte años de cárcel por crímenes de guerra y lesa humanidad. Su inmolación al recibir la sentencia generó reacciones encontradas: el nacionalismo croata la ensalzó como un acto de dignidad patriótica mientras el resto del mundo, en particular en las redes sociales, se ensañaba haciendo burlas sobre él.
Mala conciencia por ser hijo de un represor comunista
Slobodan Praljak nació en la región de Herzegovina en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, hijo de dos miembros de la guerrilla partisana. Con la posterior instauración del régimen socialista, su padre, Mirko, se convirtió en uno de los individuos más odiados de la comarca. Durante la guerra, la mayor parte de croatas de Herzegovina se habían implicado en el Estado Independiente de Croacia, país títere de Alemania e Italia, y, tras su derrota, se había formado una guerrilla que las fuerzas yugoslavas trataban de erradicar. Mirko Praljak, alistado en la policía secreta, tenía una complexión robusta que luego heredaría su hijo y dos manos enormes con las que derramó sangre de sus connacionales croatas: daba palizas a los familiares de los rebeldes, torturaba a los presos clavándoles agujas b...