España mira a China. En un contexto internacional en el que Pedro Sánchez se ha erigido como la voz europea más crítica con Donald Trump, la relación con China atraviesa, en contraste, su mejor momento: el comercio bilateral entre ambos países se encuentra en máximos históricos, y la visita del presidente español es el cuarto viaje que realiza al gigante asiático en apenas cuatro años.
La vista, iniciada este fin de semana, debería haber tenido lugar precisamente después de la del mandatario estadounidense, prevista para finales de marzo, pero que finalmente se pospuso en vista de la escalada del conflicto en Irán.
La guerra comercial iniciada por el magnate neoyorquino tras su vuelta a la Casa Blanca ha provocado un seísmo en las relaciones históricas de Estados Unidos con la Unión Europea, que ahora busca nuevas alianzas. Para España, las relaciones con China no son nuevas: en 2007, los intercambios comerciales con el gigante asiático ya superaron a los de Estados Unidos, y hoy ya es un socio más importante que Portugal o Reino Unido.
Sin embargo, el récord comercial que han batido ambos países también ha despertado los fantasmas de la dependencia económica. No en vano, el nuevo viaje de Sánchez tiene entre sus objetivos reducir el déficit comercial de los dos países, que ha alcanzado su máximo histórico con 40.000 millones de euros. La intención es abrir paso a las empresas españolas en el gigante asiático y, de paso, atraer nuevas inversiones.
Mientras tanto, para China las inversiones en España —sobre todo el sector de la automoción y la transición verde— le permiten saltarse los aranceles europeos, al tiempo que la buena sintonía diplomática y ubicación geográfica hacen de España una buena puerta de entrada a Europa.
Pero este acercamiento tampoco está exento de fricciones a nivel europeo. La UE lleva tiempo advirtiendo de los riesgos asociados a la creciente dependencia de China y a la entrada de capital extranjero en sectores sensibles, por su potencial impa...
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