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Rusia y el espacio postsoviético en 2019

Rusia y el espacio postsoviético en 2019

En los últimos tiempos, Rusia ha tratado de recuperar su antiguo estatus de gran potencia, y aparentemente lo está consiguiendo, aun a costa de pagar un gran precio a nivel interno: a pesar de contar con enormes capacidades militares, diplomáticas y energéticas, su economía está estancada. En 2019 el Kremlin mantendrá su ofensiva geopolítica, pero puede que también empiece a sentir el descontento de sus ciudadanos con mayor intensidad.

El espacio postsoviético es una extensa región compuesta por 15 países muy diversos y una clara potencia, Rusia, alrededor de la cual orbitan de una forma u otra todos los demás. Rusia considera esta región su zona de influencia y en 2019 seguirá presionando para hacer valer sus intereses. En Europa del Este y la región báltica esto se traduce en mantener un pulso con Occidente que podría llegar a la escalada militar, pero que también se seguirá dando de manera más sutil mediante sanciones económicas, injerencia electoral o desinformación.

Mientras, el Kremlin seguirá dedicando muchos esfuerzos a la política exterior buscando volver a situar a Rusia en una posición relevante a nivel mundial por puro interés geopolítico, pero también como forma de apartar la atención de los ciudadanos rusos del pobre estado económico y político del país. En 2019 Moscú jugará un papel todavía más activo en Oriente Próximo y Asia, aunque está por ver si los éxitos en el exterior siguen apaciguando el descontento interno.

Pulso entre Rusia y Occidente

A la vista de algunos de los acontecimientos que deja 2018, por un momento podría parecer que nos hemos trasladado de nuevo a la Guerra Fría: la OTAN y Rusia han medido fuerzas poniendo en marcha las mayores maniobras militares desde 1991, Washington y Moscú han abierto una crisis que podría desembocar en la cancelación de un importante acuerdo nuclear y, en el apartado de espionajes, un exespía ruso afincado en el Reino Unido ha sufrido un intento de asesinato a manos de dos compatriotas y una supuesta agente rusa ha sido detenida en Estados Unidos.

El mar de Azov es un enclave estratégico en el conflicto de Ucrania y en la disputa geopolítica entre Rusia y la OTAN.

Desde ese prisma forzado, podría en efecto pensarse que hemos vuelto a esos años en los que dos superpotencias pugnaban por la hegemonía. Pero el mundo actual es muy distinto al de entonces, a pesar de que la comparación sea muy recurrente. En todo caso, la relación entre Rusia y Occidente no ha dejado de empeorar desde la anexión rusa de Crimea en 2014, y en 2019 esta tendencia podría agravarse y llegar a manifestarse en una preocupante escalada militar.

Por un lado, Estados Unidos podría atender las peticiones de ayuda de miembros de la OTAN geográficamente cercanos a Rusia, como Rumanía, Polonia o las repúblicas bálticas, y establecer allí bases militares permanentes. Otros países de la órbita de influencia de Rusia, como son Kosovo y Macedonia, tratan de acelerar su entrada en la Alianza Atlántica para garantizar su seguridad: el primero ya ha dado el imprescindible paso de establecer un Ejército permanente, para preocupación de Serbia; el segundo solo está a la espera de resolver su histórica disputa con Grecia, que impedía su incorporación. Enfrente, Rusia prevé ampliar sus fuerzas militares en puntos estratégicos como Kaliningrado, la frontera con Ucrania, la anexionada península de Crimea y el mar Negro, y Bielorrusia.

Para ampliar: “Rusia en los Balcanes Occidentales: un retorno previsible”, Pol Vila en El Orden Mundial, 2018

Después de la reciente crisis en el mar de Azov, Ucrania se ha confirmado como el punto de fricción más claro entre Occidente y Rusia. Este incidente prueba, además, que Putin no tiene intención de dejar de presionar a Kiev en 2019, año en el que la Iglesia ortodoxa ucraniana pretende librarse del control del patriarcado de Moscú y Ucrania tiene previsto celebrar elecciones presidenciales en marzo y parlamentarias en octubre. Las encuestas dan la victoria a una vieja conocida de la política ucraniana, la ex primera ministra Yulia Timoshenko, pero es difícil adivinar el rumbo que tomaría el país bajo su mandato: este personaje camaleónico bien podría tanto acentuar la disputa con Rusia como reconciliarse con Moscú. Para añadir incertidumbre, el presidente Petro Poroshenko podría tratar de alargar el plazo de la ley marcial que impuso tras la crisis de Azov, con lo que conseguiría aplazar unas elecciones en las que se le anticipa una sonora derrota. Otro país de la región donde las elecciones se interpretarán como un plebiscito sobre el acercamiento a Rusia o a Occidente será Moldavia, que probablemente dará un giro hacia el este en las parlamentarias de febrero.

Sin embargo, las elecciones más importantes que se celebrarán en Europa en 2019 son, sin duda, las elecciones europeas de mayo, y Rusia tendrá un ojo puesto en ellas. No en vano, se espera un avance importante de partidos eurófobos o ultraderechistas, como la Liga de Salvini, la Agrupación Nacional de Le Pen o el Fidesz de Orbán, a los que Rusia ha apoyado y que abogan por una reducción de las sanciones impuestas a Moscú por la anexión de Crimea. En los meses que restan hasta las elecciones, es probable que se empiecen a ver las habituales tácticas de desinformación promovidas por Rusia, como el reciente intento de exagerar en redes sociales la situación de crisis vivida en Francia durante las protestas de los chalecos amarillos.

Por último, se abre un escenario incierto y potencialmente muy peligroso con el ultimátum estadounidense a Rusia sobre el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF por sus siglas en inglés). Estados Unidos pretende renegociar el acuerdo para incluir en él a otras potencias nucleares, como China, pero un error de cálculo por parte de alguna de las dos partes podría provocar una escalada militar con potencial para agravar las tensiones en Europa del Este y el Báltico y, de paso, amenazar la seguridad de Europa, cuya protección motivó la firma del acuerdo en un primer momento. En el momento de escribir este artículo, Rusia se niega a sentarse a la mesa.

Problemas internos

Internamente, el Kremlin debe de haber notado a lo largo de 2018 síntomas de agotamiento del sistema, que se acentuarán en 2019. Cuando en 2014 la popularidad de Putin empezó a resentirse ante la falta de reformas económicas que impulsaran la maltrecha economía rusa, la anexión de Crimea encendió el nacionalismo de los rusos y la popularidad de Putin volvió a subir hasta cifras récord por encima del 80%.

Sin embargo, cuatro años después, el patriotismo sigue sin dar de comer a los rusos y el descontento se extiende, como probaron las protestas contra la subida de la edad de jubilación y el retroceso de Rusia Unida —el partido de Putin— en las elecciones municipales y regionales de septiembre de 2018. Dado que las victorias en política exterior ya no sirven para contentar a los ciudadanos y en la medida en que la situación económica —lastrada por la falta de reformas y las sanciones occidentales— no mejore, 2019 también traerá turbulencias internas para Rusia. Quizá incluso sea el año en que se constate que el capital político de Putin no es, como se pensaba, infinito.

Para ampliar: “La Rusia de un hombre”, Jacobo Llovo en El Orden Mundial, 2018

En ese sentido, la nueva cita electoral a nivel regional que se celebra en septiembre de 2019 será un buen momento para comprobar si Rusia Unida sigue retrocediendo y qué otros partidos recogen el voto descontento. El resto de los partidos con representación parlamentaria están cooptados y no suponen una amenaza real para el sistema; no así los opositores, entre los que destaca el cada vez más popular Alexéi Navalni.

Recuperando la influencia mundial

Aprovechando los errores estratégicos y los vacíos dejados por Estados Unidos, Rusia lleva años labrándose una posición como actor de referencia en Oriente Próximo, y la confirmación de la victoria de Al Asad en la guerra de Siria le permitirá apuntarse un tanto en 2019.

Durante este año, Rusia seguirá trabajando para atraer a aliados tradicionales de Estados Unidos, como Turquía, Arabia Saudí, Israel, India o Egipto, gracias a la venta de armas o a su habilidad para presentarse como mediador. Moscú buscará involucrarse en la resolución de los conflictos de Afganistán y Libia esperando obtener resultados favorables a sus intereses y cimentar su influencia en la región. También seguirá tratando de controlar el mercado mundial de petróleo junto a Arabia Saudí —con la que colabora de forma cada vez más estrecha—, a pesar de que, desde que Estados Unidos es el nuevo primer productor mundial, la Organización de Países Exportadores de Petróleo y Rusia cada vez influyen menos.

Y, con más de 16.000 kilómetros de fronteras en el Cáucaso y Asia central, Rusia también está obligada a atender a su patio trasero. En el Cáucaso, los dos nuevos liderazgos recién elegidos en Georgia y Armenia no supondrán una amenaza a su primacía en la región: Georgia querría poder desafiar más abiertamente a Rusia, pero no cuenta con verdadero respaldo de la OTAN, y Armenia depende demasiado de Rusia como para aventurarse con otras alianzas.

Más al este, China está dejando de ser considerada por los rusos como un adversario para empezar a verse como un potencial colaborador: en 2018 realizaron maniobras militares conjuntas y seguirán apoyándose en el marco del Consejo de Cooperación de Shanghái, más si cabe en materia económica o de defensa, entre otras, ante la actitud agresiva de Estados Unidos para con ambos. Eso sí, China nunca será un aliado pleno de Rusia: Moscú mira con recelo la creciente influencia de Pekín en Asia central gracias a su megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda en una zona tradicionalmente dominada por Rusia.

Para ampliar: “La Unión Económica Euroasiática o la reconstrucción del espacio postsoviético”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2015