Después de sufrir la derrota más abultada de la Historia del parlamentarismo británico cuando 230 diputados —muchos de ellos de su propio partido— votaron en contra de su acuerdo el 15 de enero, May se vio obligada a optar entre dos caminos opuestos para atraer más votos: conseguir el apoyo del ala más radicalmente favorable al brexit dentro del Partido Conservador o tratar de acercarse a la oposición laborista negociando una salida más blanda. Como era previsible, May descartó en un primer momento negociar con los laboristas para evitar el peligro de enfrentarse a su propio partido: optó por intentar forzar a los conservadores críticos a aprobar su acuerdo presentándoselo como la mejor manera de evitar que el Reino Unido siga en la Unión Europea y consiguió algunos apoyos más. Pero siguió sin ser suficiente y Westminster volvió a rechazar el acuerdo con solo 149 y 58 votos en sucesivas votaciones.
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