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Prohibir las bolsas de plástico no va a detener el cambio climático

Prohibir las bolsas de plástico no va a detener el cambio climático
Fuente: Altus Air Force Base

Las bolsas de plástico han sido frecuentemente clasificadas como el producto más consumido del planeta, pero esta posición de honor tiene los días contados. Convertidas en el enemigo número uno del movimiento ecologista, el debate sobre su prohibición está cada vez más extendido en muchas regiones del mundo, y ya se cuentan por decenas los países que han impuesto prohibiciones parciales o totales a su uso. Sin embargo, ¿es realmente esta una medida efectiva para reducir la cantidad de residuos contaminantes?

Las bolsas de plástico son, sin lugar a dudas, uno de los productos más característicos del siglo XXI. De ser un producto relativamente extraño hace apenas 30 años ha pasado a estar presentes en cada rincón del planeta, al igual que muchos otros productos de plástico. Cada año se utilizan alrededor de 1 billón de bolsas de plástico en todo el mundo, lo que hace de ellas uno de los productos más consumidos a nivel global. También se producen más de 300 millones de toneladas métricas de plástico, de las que el aproximadamente entre el 40 y el 50% se destina a plásticos de un solo uso (botellas, envoltorios, bolsas, etcétera). En general, el plástico representa el 12% de los residuos sólidos del mundo, por lo que no resulta difícil imaginar por qué su prohibición se ha convertido en uno de los principales objetivos del ecologismo.

A día de hoy 127 países ya han introducido medidas restrictivas al uso de las bolsas de plástico, que van desde la prohibición total hasta impuestos especiales, pasando por restricciones a su comercialización. En 2002, Bangladés fue el primer país en prohibir el uso de las bolsas de plástico por los problemas que causaban en sus sistemas de drenajes en la época de lluvias, uno de las consecuencias más notorias que causa su presencia masiva; desde entonces han sido treinta y dos los países que han dado el paso de prohibir las bolsas de plástico, de los cuales la mitad, quince, son africanos. Los motivos que explican que sean los países africanos quienes están liderando este movimiento son variados, pero grosso modo están relacionados con la falta de servicios de limpieza para recoger los plásticos, los mencionados problemas en el alcantarillado y su deseo de promocionar el turismo.

Países que prohíben, total o parcialmente, la compra de bolsas de plástico, que las gravan o que desincentivan su compra. Fuente: Statista

Sin embargo, detrás de esta prohibición hay muchos matices: mientras que en países como Kenia sí que está prohibida la venta y comercialización de toda bolsa de plástico, en China esta limitación afecta únicamente a las bolsas de menos de 0.025 milímetros de grosor. Además, veinticinco de estos países permiten excepciones para medicinas o alimentos perecederos. Por otro lado, medidas como la tomada recientemente por la Unión Europa de prohibir ciertos plásticos de un solo uso como cubiertos o pajitas, que entrará en vigor en 2021, no afecta a las bolsas.

Efectividad y eficiencia

Varias razones permiten cuestionar la efectividad de estas medidas. Por un lado, está el cumplimiento real a pie de calle en países que en ocasiones carecen de medios o voluntad para realizar un seguimiento exhaustivo. Por ejemplo, un estudio llevado a cabo en nueve ciudades chinas concluyó que únicamente el 9% de los negocios cumplían con toda la normativa, mientras que en países como Nepal pareciera como si nunca se hubiera llegado a imponer realmente un veto a las bolsas de polietileno, puesto que continúan siendo un objeto omnipresente en Katmandú y alrededores. En países africanos como Marruecos o Tanzania el triunfo es a medias: la prohibición ha disminuido significativamente el consumo, hasta un 50% en Marruecos; pero ha proliferado el contrabando de bolsas de plástico, que siguen utilizando las personas con menor poder adquisitivo.

Los grandes y pequeños empresarios de múltiples países se han opuesto generalmente a estas medidas por considerar que incrementa significativamente los costes de producción —y por lo tanto, disminuye sus beneficios— al no existir alternativas igual de baratas que el plástico. En países como la India, la patronal y sus lobbies han conseguido parar en tan solo dos meses la propuesta de Modi de eliminar hasta seis tipos de plásticos de un solo uso. En Estados Unidos, los lobbies de la gran industria y de los productores de plástico han invertido decenas de millones de dólares para luchar contra estas iniciativas.

Tampoco ayudan las contradicciones que muchas veces encierran estas normas: se prohíbe la comercialización, pero se permite la producción; se veta un tipo de bolsa concreto, pero se producen masivamente el resto de modelos… Esta última cuestión lleva directamente al segundo punto que más se critica a este tipo de medidas: la eficiencia a la hora de luchar contra la contaminación. Por mucho que se prohíban las de plástico, las bolsas son un objeto imprescindible de la actividad humana desde hace muchos siglos ya, y si no se producen con plástico se tendrán que producir con otros materiales. Aquí es donde está el quid de la cuestión: ¿son realmente menos contaminantes los nuevos materiales? 

Generalmente, las alternativas a las bolsas de plástico son bolsas reutilizables compuestas de materiales orgánicos, tales como algodón o cáñamo. Sin embargo, su producción no está exenta de elementos contaminantes, hasta el punto de que para que una bolsa de algodón genere menos gases de efecto invernadero que una bolsa de plástico de un solo uso, la primera debe utilizarse por lo menos 131 veces. Además, se requieren grandes extensiones y mucha agua para plantar estos vegetales—por no hablar de los productos químicos que generalmente se utilizan en estas plantaciones—, lo que contribuye al desgaste de la tierra y la biodiversidad. Es cierto que la cantidad de residuos disminuye considerablemente al usar bolsas reutilizables: en Irlanda el consumo de bolsas de plástico bajó un 94%,, mientras que en Kenia se ha reducido un 80%. Pero ¿son esas reducciones tan importantes comparadas con impacto ambiental de otros sectores de la actividad humana?

Para ampliar: “Algodón, la geopolítica del oro blanco”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2017

Resulta comprensible que el foco se haya puesto sobre las bolsas de plástico, puesto que es un elemento constantemente presente en nuestro día a día y sobre el que ciertamente resulta más fácil que otros de cambiar. Sin embargo, varios expertos cuestionan que esta y otras iniciativas, centradas exclusivamente en el ámbito del consumo individual, sean verdaderamente eficaces para solucionar el problema. Las bolsas de plástico se encuadran dentro de los residuos domésticos, los cuales no representan una cantidad mayoritaria del total: en la UE, por ejemplo, este tipo de residuos representan únicamente el 8,3% de todos los generados anualmente. La construcción, las actividades extractivas o la industria manufacturera son sectores que generan muchísimos más residuos contaminantes que el consumo familiar, incluido plásticos, y sin embargo reciben mucha menos atención a la hora de diseñar las políticas e iniciativas medioambientales.

Por mucho que se quiera poner la responsabilidad sobre los consumidores, consumir es un acto principalmente pasivo, es decir; se elige entre una serie de ofertas limitadas y, en muchos casos, no se trata de una elección libre. Es en la producción donde realmente se decide qué productos se fabrican, con qué materiales y con qué técnicas. Iniciativas como la prohibición de las bolsas de plástico, aunque pueden ser importantes en la lucha contra la contaminación, encajan bastante bien en el llamado greenwashing: tienen mucha visibilidad, pero generan pocos cambios reales y no causan grandes inconvenientes en el modelo de producción de las grandes compañías, responsables de la mayoría de los residuos de plástico del mundo. De ahí que muchos Gobiernos estén introduciendo estas medidas: obtienen mucho rédito político sin sacrificar prácticamente nada.

Al fin y al cabo, son iniciativas que responsabilizan al consumidor de cómo se producen ciertos productos, en vez de adoptar políticas que impongan cambios a los productores. Sin embargo, la realidad es que mientras no se lleven a cabo modificaciones estructurales, las acciones individuales servirán para aliviar el problema, pero no para solucionarlo.

Para ampliar: “Ecocapitalismo, o cómo hacer negocio con la salvación de la Tierra mientras la destruyes”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2018