Dune: una lección de geopolítica
“Dune” no es solo una obra culmen de la ciencia ficción, también es toda una lección de geopolítica. Narra la historia de Paul Atreides, el heredero de una casa noble de un imperio galáctico, y de su camino para vengar a su familia y recuperar el poder. En el centro de la trama está Arrakis, un hostil planeta desértico donde se encuentra la especia: un recurso clave para la navegación espacial.
Cuando se publicó el primer libro de la saga en 1965, la historia ya hablaba del mundo del momento: la competición entre soviéticos y estadounidenses, la descolonización o el poder de los líderes carismáticos. Pero el relato de Frank Herbert también consiguió adelantarse a su tiempo, convirtiéndose en una historia universal. Hoy, cuando se estrena la segunda parte de la adaptación al cine de Denis Villeneuve, “Dune” sigue hablando del mundo de hoy.
La competición imperialista entre las casas nobles de Dune se asemeja a la de Reino Unido y el imperio otomano en la Primera Guerra Mundial. O a la invasión soviética de Afganistán en 1979 y la ayuda estadounidense a los muyahidines. Los fremen, los “indígenas” de Arrakis, son un gran ejemplo de asimetría. Se parecen a los hutíes que atacan a barcos en el mar Rojo, saboteando el comercio global.
La especia se asemeja a otros recursos como el petróleo, el litio, las tierras raras, los microchips o, incluso, la información. Sin embargo, pierde importancia frente al agua, el bien más preciado de los fremen y cuya escasez ya es motivo de conflicto en la actualidad, pero lo será todavía más en el futuro.
Lucha por los recursos y colapso climático: Dune es un retrato de nuestra época
“Dune” también habla de la influencia de las religiones. Las profecías y el eugenismo de las Bene Gesserit, una organización religiosa de mujeres muy influyente en el imperio, guían el destino de Paul. La película nos muestra cómo las creencias pueden proteger el orden establecido, pero también alentar movimientos emancipadores imparables.



