Cuando Erdoğan decidió hace tres meses adelantar las elecciones un año y medio —estaban previstas para noviembre de 2019— y pasar la convocatoria a este domingo 24 de junio, debió de hacerlo con el convencimiento de que escogía el mejor momento para asegurarse una victoria que acabaría por apuntalar su poder. Buscaba dos cosas: dar poco tiempo a la oposición para organizarse y esquivar los efectos de una creciente crisis económica que previsiblemente podía restarle apoyos. No ha conseguido ninguna de las dos cosas. Y, a falta de tres días para la cita, Erdoğan ha pasado de esperar una victoria fácil a sentirse vulnerable.
Estas son, sin duda, unas elecciones cruciales, probablemente las más importantes a las que se ha enfrentado el veterano dirigente en sus 15 años al frente de Turquía —11 como primer ministro y 4 más después como presidente—. Con las urnas no vendrá solo un nuevo Gobierno, sino que se inaugurará también el nuevo sistema presidencialista, aprobado bajo mínimos en abril de 2017 en un referéndum manchado por las sospechas de fraude. Esta reforma —que deja exánime la ya débil separación de poderes en Turquía al dar enormes atribuciones al presidente— parece hecha a la medida de Erdoğan y se ha estado aplicando de facto desde hace años; a nadie escapa que es él quien dirige el país, a pesar de que bajo el actual sistema sus funciones como jefe de Estado son, en teoría, ceremoniales, alejadas de la labor de gobierno.
Para ampliar: “Turquía: la añoranza del sultán”, Jacobo Llovo en El Orden Mundial, 2017
Así, la victoria de Erdoğan —y de su formación, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco)— en estas elecciones, en las que se elige simultáneamente al presidente y la composición del Parlamento, cerraría un ciclo que lo convertiría definitivamente en el líder turco más poderoso desde Kemal Atatürk. Dadas las circunstancias, queda claro que no será un proceso limpio: entre otras cosas, se votará bajo estado de emergencia, todos los medios de comunicación están bajo control directo o indirecto del Gobierno y decenas de periodistas críticos con el régimen han sido encarcelados —se llama a Turquía “la mayor cárcel de periodistas del mundo”—, al igual que los principales líderes del tercer partido del país, el prokurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP por sus siglas en turco). Pero, sobre todo, Erdoğan mantiene, incluso ahora, un apoyo electoral masivo: desde que él y su partido se presentan a los comicios —la primera vez, en 2002— solo en una ocasión obtuvieron menos del 40% de los votos en elecciones consideradas limpias. Las encuestas vaticinan un respaldo parecido de cara a la cita del domingo.
Con todo, a pesar de jugar con dados trucados y de contar con semejante volumen de votantes fieles, Erdoğan no las tiene todas consigo. Las elecciones serán injustas, pero no son una pantomima: son reales, hay verdadera competición. Y al presidente se le han puesto en contra dos fuerzas que esperaba poder controlar: la economía y la oposición política.
El AKP siempre ha basado su electorado en una masa social —procedente en gran medida del interior de Anatolia— que ha visto mejoradas sus condiciones de vida gracias a una política económica expansionista que distribuía mejor la riqueza a base de una gran inversión pública. Mientras la economía ha ido bien, los votos no se han resentido. Sin embargo, en los últimos tiempos la inflación no ha dejado de subir y la lira se devalúa a ritmo de récord. En un país muy castigado por el terrorismo, que vivió un intento de golpe de Estado en 2016 y que sufre un conflicto armado en la zona kurda en el sudeste de su territorio —que se ha trasladado también al norte de los vecinos Siria e Irak—, la principal preocupación hoy de los turcos es el mal estado de la economía.
Para ampliar: “La política exterior turca, la eterna esclava del Gobierno”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2018
Por su parte, la oposición ha conseguido organizar —sorprendentemente— una campaña inteligente y coordinada a pesar de contar con tan poco tiempo. Desde que la máquina de ganar elecciones que es el AKP apareció en escena en 2002, el resto de los partidos habían sido incapaces de ofrecer un discurso atractivo y quedaron durante años relegados a una posición irrelevante en la escena política. Ahora han entendido que esta quizá sea la última oportunidad que tienen de evitar la entronización definitiva de Erdoğan y se han unido con el objetivo de evitar lo inevitable.
Para ello han aprovechado cada error de un Erdoğan aparentemente más torpe y desubicado. Y, sobre todo, han afrontado las parlamentarias y las presidenciales con una estrategia diferenciada, orientada a maximizar los resultados en cada una de ellas. En la elección al Parlamento, se han coaligado bajo una misma lista electoral para evitar que ningún voto antierdoganista se pierda por no superar la barrera del 10% de sufragios que como mínimo se exige a una formación para poder entrar en la asamblea. En el voto al presidente, presentan candidatos distintos para restar el máximo de apoyos posibles a Erdoğan por todos los flancos y forzar una segunda vuelta —si ningún candidato consiguiera más del 50% de los votos— y después apoyar todos juntos al candidato que se enfrentara a Erdoğan en la segunda vuelta, con independencia de quién sea. Además, han tenido la prudencia de no incluir en la coalición al HDP, partido que Erdoğan ha estigmatizado relacionándolo con la guerrilla kurda del Partido de los Trabajadores de Kurdistán y que podría restarles votos de turcos nacionalistas.
A la vista de los sondeos, lo más probable es que la coalición que lidera el AKP gane las parlamentarias por poco y deje una cámara partida en dos y que las presidenciales no se decidan en la primera vuelta y haya que volver a votar entre Erdoğan y Muharrem Ince, el candidato del Partido Republicano del Pueblo (CHP por sus siglas en turco) —partido principal de la oposición— y el mejor situado para disputarle el puesto al sultán. Especial atención merece el voto kurdo: si el HDP no consiguiera llegar al 10% de los votos, el AKP se beneficiaría del reparto de sus escaños y ganaría el Parlamento con holgura. Y, ante una segunda vuelta entre Erdoğan e Ince, los votantes del HDP podrían decantar un resultado previsiblemente ajustado, y no está claro que votaran a Ince: a pesar de que Erdoğan ha relanzado la guerra contra los kurdos, el CHP representa el nacionalismo turco kemalista, que negó y persiguió la identidad kurda durante décadas. Por quién votarán los kurdos es una de las grandes incógnitas de una hipotética segunda vuelta.
Turquía se enfrenta a unas elecciones que no pueden explicarse ya con los tradicionales ejes izquierda-derecha o islamista-secular; el único eje divisorio es entre quienes no quieren otro líder que no sea Erdoğan y a quienes les gustaría desterrarlo del poder para siempre. Un plebiscito sobre la mayor figura de la política turca en lo que va de siglo XXI y cuyo resultado marcará el porvenir del país.






