
Conflictos que terminan y luchas estancadas
De las guerras y conflictos abiertos que asolan Oriente Próximo, el único que tiene alguna posibilidad de finalizar en 2020 es la guerra en Siria. Tras el abandono de Estados Unidos a sus aliados kurdos, y la invasión turca del norte de Siria, el Ejército de Asad consiguió de la noche a la mañana un territorio que había perdido ocho años atrás. El pacto alcanzado por el Gobierno sirio con las milicias kurdas ha sido un avance estratégico clave en vistas a un posible final de la guerra, y a lo largo de este año Asad continuará ganando control sobre el Kurdistán sirio. Cómo se enmarcarán los kurdos en la Siria de posguerra es algo que se verá más adelante.
A ese respecto serán muy importantes las posturas que tomen Rusia y Turquía: los rusos se han posicionado como los mediadores en el conflicto sirio y los turcos continúa demandando una zona de separación entre su frontera y las milicias kurdas. Mientras tanto, en la zona noroccidental de Siria, los remanentes de los rebeldes sirios siguen atrincherados en el enclave de Idlib y, pese al alto el fuego, continúan los bombardeos del Gobierno, que presumiblemente recuperará gran parte de ese territorio a lo largo de 2020. En el aspecto diplomático, un grupo de cuarenta y cinco personas en representación del Gobierno sirio, la oposición y la sociedad civil, se reunieron en Ginebra en noviembre de 2019 para discutir sobre la nueva Constitución siria. Sin embargo, no se han producido avances, y Asad ya ha avisado de que el final de la guerra no tiene que ver con una nueva Constitución, sino con una victoria militar.
Para ampliar: “Idlib: ¿jaque mate a la rebelión armada en Siria?”, Álvaro Conde en El Orden Mundial, 2019
El otro gran conflicto de Oriente Próximo es el de Yemen. Pese a que los avances y las treguas en esta guerra suelen durar poco, hay ciertos movimientos que permiten vislumbrar alguna esperanza de terminar con el conflicto. La campaña militar está dando poco resultado a los saudíes y, tras el ataque del pasado 14 de septiembre contra refinerías saudíes por parte de los rebeldes hutíes, Riad parece haber dado un vuelco a su estrategia: en adelante preferirá continuar por la vía diplomática, temerosa también de que nuevos ataques perjudiquen el desempeño económico de la petrolera estatal, Saudi Aramco, que acaba de salir a bolsa. En esa línea, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han patrocinado un acuerdo entre el Gobierno de Yemen y los separatistas sureños. Los saudíes están incluso manteniendo conversaciones con los rebeldes hutíes, y se esperan más diálogos a lo largo de 2020. Pese a todo, no es previsible que el conflicto en Yemen termine en el próximo año, y la crisis en el país seguirá acentuándose.
Por último, tanto en Libia como en Afganistán, los conflictos siguen estancados. En Libia, la guerra continúa sin decantarse por ningún bando, los avances son lentos por ambos lados y, aunque recientemente el mariscal Jalifa Haftar —líder de la facción rebelde— haya recibido ayuda de un grupo de mercenarios rusos, no parece que la situación en el país vaya a cambiar radicalmente a corto plazo.
En Afganistán, las conversaciones entre el Gobierno afgano y los talibanes permanecen paradas. Tras las elecciones de noviembre de este año, el partido del primer ministro, Abdulá Abdulá, anunció que boicotearía los resultados por posibles fraudes en el recuento de votos. Durante la reciente visita de Trump a sus tropas en Afganistán, el presidente estadounidense anunció que su intención es retomar el diálogo con los talibanes y retirar parte de las tropas estadounidenses destinadas en el país, en el contexto de un año en el que Trump se juega la reelección. Sin embargo, la política afgana no parece estar en estos momentos en la mejor posición para dialogar con unos talibanes que controlan casi el 46% del país, y mucho menos para solucionar en 2020 uno de los conflictos más longevos de la región.
Para ampliar: “La insurgencia hutí en la guerra de Yemen”, Arsenio Cuenca en El Orden Mundial, 2019
Se intensifican las protestas
Las protestas y movilizaciones sociales que han marcado la agenda de la región en los últimos meses continuarán con el inicio de 2020. 2019 comenzó con las revueltas en Argelia y Sudán, impidiendo la reelección de Abdelaziz Buteflika a su quinto mandato consecutivo como presidente de Argelia y expulsando a Al Bashir del poder en Sudan tras 30 años. Aunque podrían haberse quedado ahí, las manifestaciones continuaron y, pese a los logros obtenidos, la ciudadanía dejó claro que no pretendía sustituir a un presidente por otro, sino que pedían cambios estructurales.
Por su parte, Argelia acaba de celebrar unas elecciones presidenciales marcadas por la abstención y las protestas ciudadanas. Los manifestantes, que llevan en la calle más de diez meses, han criticado que los cinco candidatos a la presidencia hubieran formado parte del gabinetes de Buteflika en el pasado y que todos ellos sean parte del “régimen”. Por ello, es probable que gane quien gane las elecciones, la ciudadanía argelina siga manifestándose en las calles durante más tiempo. De la respuesta del Estado, y de la capacidad de mantener pacíficas las movilizaciones, dependerá el devenir de una Argelia que se ha convertido en 2019 en ejemplo de resistencia civil.
A estos países le siguieron las protestas en Egipto. La respuesta del Gobierno, acostumbrado a este tipo de revueltas desde 2011, fue contundente, arrestando a miles de personas y poniendo en marcha grandes dispositivos policiales. Las elecciones legislativas, que se celebrarán en Egipto este año aún sin fecha clara, podrían provocar algún otro episodio de protestas. Pese a ello, nada parece amenazar el control de Al Sisi sobre el país.
Acaba 2019 con protestas en Líbano, Irak e Irán. Cada una de ellas se ha desarrollado en circunstancias particulares y han recibido respuestas distintas por parte de sus Gobiernos. En Irán, las protestas fueron reprimidas con dureza, causando varios cientos de muertos, según Amnistía Internacional. Pese a todo, Teherán consiguió acabar con las protestas relativamente rápido, y la contundente respuesta policial dificulta que surjan nuevas revueltas en 2020. Con todo, las elecciones legislativas del 21 de febrero podrían volver a traer a las calles movilizaciones de carácter antigubernamental.
Las protestas que sí pueden tener más recorrido e incluso desembocar en conflictos de mayor envergadura son las de Irak y Líbano. Como ocurrió con Argelia y Sudán, las promesas de cambio, las reformas cosméticas y las dimisiones de sus primeros ministros no han acabado con las movilizaciones. Mientras que en el Líbano la respuesta del Estado ha sido más contenida, en Irak ya son más de 400 muertos en dos meses de protestas. Tanto por la excesiva dureza en la respuesta gubernamental en el caso iraquí, como por el intento de distintas facciones de aprovechar la inestabilidad para reavivar conflictos sectarios en el caso libanés, las posibilidades de que se pueda desencadenar un conflicto están muy presentes en ambos países.
Para ampliar: “La triple crisis tras las protestas en Líbano”, Alejandro Salamanca en El Orden Mundial, 2019
Decadencia y auge de las potencias
Si de algo se ha caracterizado la política exterior de Trump en Oriente Próximo es de la pérdida de influencia de Estados Unidos en la región. Decisiones como la del traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, dejar de considerar ilegales los asentamientos de Israel en Cisjordania o abandonar el pacto nuclear con Irán, han demostrado el poco respaldo internacional de que goza Washington en estas cuestiones. Además, la jugada electoralista de traer a los soldados destinados en Siria de vuelta a casa le acabó estallando en la cara: se le criticó dentro y fuera de su país por abandonar a sus aliados kurdos y permitir que Rusia, Turquía y Asad se hicieran con la zona. Semanas después intentó contrarrestar ese fracaso con el asesinato del líder de Dáesh, Al Baghdadi, pero la influencia estadounidense en Siria ya está fuertemente mermada. Por si fuera poco, a lo largo de 2020 Trump estará centrado en la política interna a causa del impeachment y de las elecciones presidenciales de noviembre.
Uno de los aliados fundamentales de Trump en Oriente Próximo, Israel, pasa por uno de los mayores momentos de inestabilidad política de su historia reciente. La imputación por corrupción del actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, le ha obligado a someter su liderazgo a una primarias el próximo 26 de diciembre, donde se enfrentará a su antigua mano derecha, Gideon Saar, que, pese a no tener tanto apoyo como Netanyahu, podría darle problemas. Ya en 2020 y después de dos elecciones fallidas, Israel acudirá nuevamente a las urnas el 2 de marzo y, aunque no se esperan grandes cambios con respecto a la situación actual, el bloqueo político podría solventarse rápidamente si Netanyahu ya no fuera el candidato tras perder las primarias o si fuera obligado a dar un paso a un lado. Así, es posible que 2020 traiga a Israel un primer ministro diferente por primera vez en más de una década.
Para ampliar: “Netanyahu, el nuevo rey David”, David Hernández en El Orden Mundial, 2018
También en la vecina Palestina podrían darse elecciones en 2020, en este caso por primera vez desde 2006. El octogenario presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás, parece haber llegado a un entendimiento con el partido islamista que controla la Franja de Gaza, Hamás, para celebrar elecciones en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este. Este último enclave, ocupado por Israel, es el que generará mayor tensión, dado que Israel podría querer impedir que los palestinos de la zona ejerzan su voto.
El otro gran aliado estadounidense, Arabia Saudí, será el centro de las miradas a nivel internacional en 2020. No solo por la celebración de la cumbre anual del G20 en Riad en noviembre, sino también por la reciente salida a bolsa de la petrolera Aramco o la celebración de múltiples eventos deportivos, como el rally Dakar o la Supercopa española de fútbol, ambos celebrados por primera vez en suelo saudí. Después de las críticas recibidas a causa del asesinato de Jamal Khashoggi o por el fracaso militar en Yemen, Arabia Saudí tratará de actuar de forma más cautelosa de cara a la galería en 2020. Mientras, seguirá acercándose a Rusia, la nueva gran potencia de la zona.
Rusia, y en menor medida China, terminan este año con un claro incremento de su influencia en la región. Pekín se ha convertido en un aliado cada vez más importante para muchos países de Oriente Próximo gracias a su diplomacia de perfil bajo, alejada de los conflictos sectarios de la región, así como a base de acuerdos económicos, préstamos, contratos de reconstrucción para zonas devastadas por la guerra o megaproyectos como el de la ciudad en medio del desierto egipcio.
Con un método opuesto, pero igual de efectivo, Rusia ha conseguido amasar una gran influencia en la zona, apoyando claramente a aliados como Asad. En el escenario sirio, 2020 traerá el inicio de la pugna entre Rusia e Irán por los beneficios que reportará la reconstrucción de Siria. Por el momento, Moscú se ha asegurado la concesión del puerto de Tartus para los próximos 49 años, y los iraníes han intentado conseguir el arrendamiento del puerto de Latakia.
2020 será un año de gran actividad política en Oriente Próximo y el Magreb. Las protestas, conflictos, bloqueos políticos y cambios de poder serán la tónica habitual. Como ha ocurrido durante los últimos años, habrá que prestar especial atención a cómo se desenvuelve el conflicto sirio, ya que tras la guerra se esconden las luchas de poder e influencia que luego se trasladan al resto de la región. Indudablemente 2020 será un año de cambios en una zona acostumbrar a convivir con ellos.
Para ampliar: “Oriente Próximo y el Magreb en 2019”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2018
