En el foco Geopolítica Oriente Próximo y Magreb

Oriente Próximo y el Magreb en 2019

Oriente Próximo y el Magreb en 2019

Oriente Próximo cierra 2018 con una Arabia Saudí en plena crisis diplomática, una Turquía que anuncia una nueva operación en el norte de Siria e Irán en su mejor momento en cuanto a influencia exterior. En 2019 veremos un Al Asad más cerca de su victoria y un Teherán que continuará con su expansión regional mientras intenta mantener la estabilidad política interna. Por su parte, Arabia Saudí tendrá que replantear su política exterior para recuperar las relaciones diplomáticas que los escándalos han dañado. Todo esto vendrá acompañado de un aumento del descontento social por la incapacidad de los Gobiernos de la región para solucionar los problemas de sus ciudadanos.

El tablero sirio

Siria se ha convertido desde 2011 en una representación a escala de la geopolítica de Oriente Próximo. En 2019 las luchas de poder regionales van a tener su representación en las dinámicas de uno de los conflictos más dramáticos de las últimas décadas. Se seguirá avanzando hacia la resolución, lo que no implica una pacificación absoluta del país. La forma en que evolucione influirá en la política regional de los principales actores implicados.

Las grandes potencias van haciéndose a la idea de que Al Asad ha conseguido mantenerse en el poder y de que cualquier tipo de salida al conflicto va a tenerlo sentado a la mesa. 2019 estará marcado por el esfuerzo de las fuerzas asadistas para asentar su poder y recuperar el control total del país y, lo que es más importante, volver a ser visto como un actor válido en las negociaciones.

La cada vez más próxima victoria del mandatario no va a agradar a todas las potencias involucradas en el conflicto. Las posibles concesiones que Turquía, EE. UU. o Israel tendrían que hacer en caso de triunfar Al Asad es, probablemente, el elemento más relevante de cara a este 2019 en el conflicto sirio. Cada uno buscará una solución que satisfaga sus intereses en la región, sin olvidar que toda victoria de Al Asad tiene una implicación aún mayor: supone un éxito de la política exterior iraní.

Para ampliar: “Pulso de fuerzas sobre Siria”, Andrea Moreno en El Orden Mundial, 2018

Los intereses de Washington y Ankara van a seguir chocando a lo largo de 2019. Ante el peso de Al Asad, Washington se decantará por el pragmatismo y buscará una solución que le permita poner fin a la amenaza del Dáesh a la par que mantener fuerzas afines en las que tenga influencia, como las Fuerzas Democráticas Sirias —lideradas por kurdos—. Esto, sin embargo, entra en confrontación directa con los intereses de Turquía en Siria, un conflicto que se ha desarrollado a lo largo de 2018 y que van a seguir arrastrando el próximo año. Para Ankara no cabe la posibilidad de realizar ningún tipo de concesión de autonomía a los kurdos: es una cuestión de seguridad nacional. Esto supone que Washington tendrá que debatirse entre mantener el apoyo a las fuerzas kurdas y enfrentarse a su aliado tradicional o prescindir de ellos, coordinar con otros actores sus esfuerzos contra el Dáesh y calmar las relaciones con Ankara.

El otro eje lo encontramos en el choque entre Israel e Irán. Si bien existe un enfrentamiento por la influencia en la región, Siria es una representación a pequeña escala de las tensiones entre los dos Estados. El avance de fuerzas chiíes en el suroeste del país es un riesgo estratégico para Israel; 2019 estará marcado por los esfuerzos del Gobierno de Netanyahu para frenar a estos grupos. Un afianzamiento de estas fuerzas, sumado a la victoria de Al Asad, abriría un corredor entre las fuerzas de Irán y los grupos chiíes del suroeste que Netanyahu no puede permitir.

La victoria de Al Asad tiene duras implicaciones para Washington. No solamente porque supone que habrá perdido la influencia en una de las zonas más relevantes en la geopolítica regional, sino porque su rival iraní conseguirá una de las victorias más importantes en materia de política exterior de las últimas décadas. Además, el espacio que ha dejado EE. UU. ha sido ocupado rápidamente por Moscú, que mantiene un perfil bajo, pero constante, y que en 2019 seguirá marcando las pautas.

Nos encontramos, por lo tanto, ante un contexto que tiende por momentos hacia una victoria definitiva de Al Asad —y, por consiguiente, de Teherán y Moscú—. El triunfo de las fuerzas favorables a Al Asad implica una reducción del poder de influencia del bloque washingtoniano, una pérdida que no se pueden permitir, por lo que el conflicto no tiene perspectivas de resolverse este año.

El año iraní

Uno de los factores que mejor puede resumir el papel de las grandes potencias de la región y que define el resto de los conflictos que vemos en Oriente Próximo es la expansión que ha logrado Irán en la región. Por parte de Teherán, veremos un 2019 en el que habrá un esfuerzo por mantener el que es probablemente el mejor despliegue de influencia que ha logrado en décadas. Por otro lado, las estrategias de los enemigos tradicionales del régimen iraní estarán orientadas a reducir la creciente expansión de la presencia iraní en casi toda la región.

La confrontación entre Arabia Saudí e Irán marca buena parte de la geopolítica de Oriente Próximo, aunque en los últimos tiempos Turquía se ha sumado de forma más discreta.

El bloque de Arabia Saudí, Israel y EE. UU. muestra cada vez más preocupación por el peso que ha ganado Teherán en Siria o Yemen. La media luna chií, la estrategia iraní para conectar los principales feudos chiíes con Teherán, está cada vez más definida. Irán, a través de Hezbolá y fuerzas afines al régimen, ha conseguido penetrar en Líbano, el norte de Siria e Irak y llegar hasta Baréin y las costas del golfo pérsico. Esto supone una amenaza directa tanto para Israel como Arabia Saudí. El Gobierno de Netanyahu, con unas elecciones fijadas para noviembre pero que bien podrían adelantarse, no va a dudar en presionar a Hezbolá como forma de minar el avance de Teherán en su periferia y avivar el nacionalismo israelí. Por su lado, Arabia Saudí procurará encontrar una solución al conflicto en Yemen que no suponga una victoria para los intereses de su enemigo iraní. La presión internacional es cada vez mayor, pero Riad no va a permitir que fuerzas afines a Irán se sienten en su retaguardia.

Para ampliar: “Israel y Arabia Saudí, una alianza por asumir en Oriente Próximo”, Jacobo Llovo en El Orden Mundial, 2018

La retirada del acuerdo nuclear, con las consiguientes sanciones, son parte del esfuerzo que veremos en 2019 por frenar la influencia de Irán. Sin embargo, las sanciones han demostrado ser ineficaces para frenar la influencia iraní en Oriente Próximo: tienen un impacto interno en la economía del iraní medio, pero no suponen una coerción para la política exterior iraní ni sus grupos aliados en el exterior. Además, a veces son contraproducentes por convertirse en gasolina para los sectores más extremistas y minar la estabilidad del Gobierno: la presión económica y la agresividad de Washington han potenciado a los sectores más conservadores, lo que pone entre la espada y la pared a Rohaní en este 2019.

La Arabia Saudí de Bin Salmán

Arabia Saudí es el otro gran actor del que vamos a tener que estar muy pendientes a lo largo de 2019. El reino de los Saúd se encuentra en un contexto en el que su archienemigo tiene más influencia regional que nunca. Esto, sumado a un turbulento 2018 diplomático, ponen a Riad en la necesidad de redefinir su política exterior —e interior— y dejar atrás su política de “plata o plomo”, un cambio que se empezará a definir a lo largo de 2019 y que influirá en Oriente Próximo.

El proverbio “El enemigo de mi enemigo es mi amigo” define a la perfección las alianzas que Riad ha ido estableciendo en estos últimos años y que no va a abandonar en 2019. Su aproximación a Israel y el afianzamiento del bloque con EE. UU. para hacer frente al expansionismo de Teherán serán una realidad. Disminuir la influencia iraní está muy por encima de la defensa del pueblo palestino o de ser la cabeza de los árabes contra Israel: hay una amenaza mayor y hay que pararla.

Sin embargo, el fantasma de Khashoggi no va a desaparecer tan pronto como al príncipe Bin Salmán le gustaría; es un arma que Erdoğan no va a dudar en usar para avivar el nacionalismo turco antisaudí. De este modo, 2019 verá una actividad frenética de la diplomacia saudí por disminuir las tensiones y recuperar las relaciones que se han dañado a lo largo de este 2018. El asesinato del periodista, junto con la limpieza política interna y la guerra en Yemen, han puesto de manifiesto el peligro que tienen las ansias de poder del heredero de la corona. Washington necesita a Arabia Saudí como contrapeso de Irán, pero ha comprobado el riesgo que supone que Bin Salmán se crea el dueño y señor de Oriente Próximo.

Para ampliar: “Mohamed bin Salmán, el rey del desierto”, David Hernández en El Orden Mundial, 2017

En cuanto a las alianzas que se buscarán a lo largo de este año, destacará el interés saudí por recuperar el beneplácito de Bruselas y reforzar su alianza con Moscú. La Administración Trump ha dejado claro su pragmatismo y su apoyo al príncipe, pero Washington ha dejado de ser un mediador legitimado de cara a la región. Además, el apoyo que recibe de EE. UU. está estrechamente vinculado al Gobierno de Trump, lo que no supone que tenga el beneplácito de otros sectores políticos estadounidenses. 2019 será importante para restablecer alianzas diplomáticas estratégicas que le permitan disminuir su dependencia de la Administración Trump.

El latido de la primavera

No debemos perder de vista la política interna de los países de la región. La geopolítica de las grandes potencias es relevante, pero Oriente Próximo ha demostrado que sus calles pueden cambiar el curso de la Historia. 2018 ha estado marcado por protestas en países como Líbano, Jordania, Túnez, Irak o Palestina que nos han dejado entrever que las reformas que se prometieron no se han materializado. La crisis económica ha hecho que las políticas y las reformas se utilicen para mantener a unos Gobiernos cada vez más autoritarios; han buscado afianzar su poder haciendo caso omiso al contrato social.

Las elecciones de Israel se enmarcan en un descontento general con los escándalos de corrupción que han salpicado a Netanyahu, que va a intentar tapar de cara a los comicios agitando el nacionalismo israelí. El conflicto palestino no va a estar en su año más favorable: las elecciones israelíes, junto con la falta de consenso entre Hamás y Fatá, no van a traer avances favorables para el 2019. Si 2018 estuvo marcado por protestas, 2019 no va a ser nada nuevo.

Para ampliar: “Fatá y Hamás: reconciliar lo irreconciliable”, Camila Parón en El Orden Mundial, 2018

Otras elecciones que tendremos que mirar con atención este año son las presidenciales de Afganistán en abril, unas elecciones en las que las negociaciones de paz con los talibanes tienen un papel central: Ashraf Gani ya ha sugerido que estos podrían ser oficialmente parte en los comicios. Por otro lado, en Argelia todo apunta a que Buteflika buscará revalidar su quinto mandato; hace cuatro años su candidatura ya generó protestas en la sociedad argelina. Otros países del Levante, como Líbano y Jordania, han visto cómo la crisis siria y el estancamiento de sus economías empezaban a incendiar sus calles, y 2019 no augura nada mejor. Ocho años después del comienzo de las revueltas en el mundo árabe, la crisis de legitimidad de los Gobiernos de Oriente Próximo ha ido creciendo, las reformas no se han materializado y el descontento va en aumento. Nada parece haber cambiado.